El Portaaviones "Independencia" en la Armada Argentina

Por el Prof. Sebastián Matías Roa

Con el derrocamiento del gobierno de Juan Perón en septiembre de 1955, Argentina se vio sumida en un proceso de reestructuración a nivel social, político y económico de gran envergadura, en el cual se pretendía borrar la huella de la administración peronista.

Durante los gobiernos de los generales Lonardi y Aramburu, en los cuales las decisiones de Estado pasaban por la aprobación de los comandos del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea, se buscó eliminar el recuerdo de Perón de la sociedad argentina, y tras asegurar lo que ellos consideraban el orden constitucional, se llamó a elecciones presidenciales en febrero de 1958.

El resultado de los comicios consagró el triunfo a la fórmula de la UCR Intransigente, representada por Arturo Frondizi y Alejandro Gómez. El nuevo titular del Ejecutivo, si bien no contaba con la simpatía de las Fuerzas Armadas, se movió con astucia al comprometerse a continuar con la mayoría de las dcisiones políticas adoptadas por los militares, logrando una ambigua sensación de tranquilidad entre éstos.

Frondizi asumió el cargo el 1º de mayo de 1958. En su discurso de asunción se comprometió a incrementar los salarios tanto en el sector público como en el privado, y la restauración de los sindicatos y proclamó una amnistía, comprometiéndose a “eliminar el odio y el temor de los corazones de todos los argentinos”(1). Además prometió consultar a todos los partidos acerca de los grandes problemas nacionales.

Su principal interés se centraba en la economía, su gobierno estuvo signado por la doctrina conocida como “desarrollismo”, que afirmaba que “el desarrollo implicaba que la industria pesada le aseguraría a las naciones un lugar entre las potencias mundiales” (2). Además se pretendía lograr el autoabastecimiento de petróleo, y para llevar a cabo su proyecto, era necesario contar con capital extranjero.

La Armada durante el gobierno de Frondizi

Si bien la relación de Frondizi con las cúpulas militares no era ideal, la mayoría de los almirantes se oponían a cualquier tipo de ruptura del orden constitucional. Durante su gobierno se dio un importante desarrollo de la industria naviera, tanto mercante como militar. Entre otras concesiones, la Armada recibió la administración de la Policía Federal.

Entre 1958 y 1962 la Armada vio aumentada su flota considerablemente: se incorpora a la fuerza efectiva los submarinos Santa Fe y Santiago del Estero, los avisos Zapiola e Irigoyen, los destructores Almirante Brown, Espora y Rosales, fueron algunas de las incorporación más importantes.

Para analizar las posibilidades de crecimiento real de la flota argentina en 1956 se formó una comisión que estudió el régimen de crédito naval, y tras presentar sus informes se decidió solicitar préstamos a través del Banco Industrial, cuyos fondos serían destinados a los armadores nacionales que decidieran construir, modernizar o transformar buques en el país.

Por otro lado, otorgó créditos para los astilleros y talleres de reparaciones navales con el objetivo de modernizarlos y equiparlos. Los préstamos podrían alcanzar el 80% del valor de la inversión y por plazos de hasta 20 años, con un interés anual del 5%(3).

 


Además de una fructífera actividad en los astilleros en relación con los petroleros–se construyeron buques para las petroleras ESSO e YPF- y mercantes, entre 1957 y 1959 los Astilleros AFNE y ASTARA entregaron a la Armada las fragatas Azopardo, Piedra Buena y tres remolcadores más.

El Warrior: un proyecto cuestionado

Con el retiro del servicio de los acorazados Moreno y Rivadavia la fuerza naval argentina disminuyó su tonelaje de unidades de superficie. Si bien se contaba con los cruceros 17 de Octubre (4) y 9 de Julio, la experiencia recogida por los aliados durante la Segunda Guerra Mundial, presentaba al portaaviones como elemento ideal para la presencia del poder naval, fortaleciendo la defensa de la soberanía.

Nuestro país, con uno de los litorales marítimos más extensos del planeta, necesitaba de medios disuasivos ante las posibles intromisiones extranjeras, y la conducción de la Armada estaba consciente de ello. Es por este motivo que desde hacía tiempo atrás insistía en la necesidad imperiosa de contar con un portaaviones. El proyecto de adquisición de una nave de éstas características fue discutido durante varios años en la Argentina, pero recién en 1957 comenzó a plantearse la situación seriamente.

Por entonces en Gran Bretaña, la Real Armada anunció la venta del HMS Warrior, un antiguo portaaviones que databa de la segunda guerra mundial, y las autoridades de la Armada Argentina se aprontaron a manifestar su interés en adquirirlo.

Si bien desde el primer momento se puso de manifiesto que de concretarse la compra los fondos provendrían de la venta de viejas unidades (5) y que no representarían erogaciones extras al presupuesto, el país continuaba sumido en una crisis económica y la opinión pública, plasmada en las páginas de los principales diarios, no tardó en desatar una ola de críticas, reclamando ese dinero para invertirse en salud y educación (6).

     
     
Página 1 2 3