Un eterno surcador de los mares: El mascarón de proa.

Por la Lic. Ana María Musicó Aschiero

En el idioma marinero, es frecuente denominar a los mascarones que se colocan en la proa de los buques con el término “violines” al que se le da el mismo sentido que en arquitectura, o sea que se considera al mascarón como si fuera el capitel de los barcos, siendo un equivalente de la metopa(1) en la arquitectura civil.

La costumbre de decorar la proa de las naves con los motivos más diversos se originó en épocas muy remotas de la prehistoria, cuando los hombres aspiraban a establecer una relación simbólica con el mundo sobrenatural, y creían adquirir mediante esos dibujos ciertos poderes sobre los objetos representados.

Así fue como intentaron reproducir la realidad de la manera más fidedigna posible, ofreciendo una impresión visual de manera totalmente directa y pura, con la que no se puede encontrar un paralelismo pictórico sino hasta llegar al impresionismo moderno.

Ya desde la Edad del Bronce las pinturas rupestres de las cuevas escandinavas presentan como motivo bastante recurrente un largo barco a remos, con la proa y la popa realzadas en forma de espolón. En algunos casos el barco se encuentra aislado, y en otros integrando una flotilla.

Cabe señalar además que en toda la Europa Septentrional (norte de Alemania, Suecia, Noruega y Dinamarca), se encuentran en esa época imágenes de elementos marinos que aparecen vinculadas a un contexto mágico-religioso vinculado con el culto solar.

En un bajorrelieve hallado en el desierto de Nubia y perteneciente al período predinástico egipcio se puede observar la representación de una nave, cuya elevada proa ostenta un cráneo de buey de larga cornamenta. Su antigüedad se estima en alrededor de 6.000 años.

La cultura egipcia es la que nos ha proporcionado hasta ahora la mayor cantidad de testimonios ilustrativos acerca de la forma y la decoración de las naves en el mundo antiguo.

En el extenso período transcurrido entre los años 2850 y 715 A.C. se representaron todo tipo de embarcaciones: mercantes, de paseo, de guerra y de carácter ceremonial.

En el Imperio Antiguo éstas aparecen tanto en forma de grabados en las paredes de las tumbas reales, como en estatuillas de diversos tamaños que forman parte de los ajuares funerarios.

Las embarcaciones de recreo que transportaban al faraón y a su familia en sus paseos por el Nilo llevaban la proa y la popa decoradas con un toro, considerado símbolo de realeza, o bien con motivos fitomorfos, principalmente de plantas de loto.

La más detallada representación de naves de guerra egipcias exhumadas hasta ahora data de la época de Ramsés III , faraón del Imperio Nuevo que inició su reinado aproximadamente 1.200 años A.C., el que debió soportar la invasión de pueblos oriundos de las islas del Mediterráneo, los que luego de saquear los grandes puertos marítimos de la costa fenicia se lanzaron como marejada sobre Egipto, penetrando en el Nilo.

Ramsés los hizo retroceder y los empujó hacia el mar. Para celebrar su victoria, erigió un gran templo cerca de la ciudad de Tebas, en cuyas paredes se relataron y dibujaron las principales acciones de ese encuentro, que tiene la particularidad de ser la primera y única representación de una batalla naval histórica del mundo antiguo que hasta hoy ha llegado hasta nosotros.

La proa de las naves egipcias que intervinieron en el encuentro se prolonga en un espolón alargado, rematada en una cabeza de león de bronce.

Las naves invasoras presentan la proa y la popa elevadas verticalmente, y terminan en cabezas de ave de largo pico. Algunas ostentan en la proa la figura de un felino.

Al descubrirse el enorme y valioso tesoro que encerraba la tumba de Tutankamón, se encontraron embarcaciones de diferente funcionalidad: algunas eran objetos exclusivamente ceremoniales, y otras réplicas de las que se utilizaban en la vida diaria.

La más llamativa es una barca de alabastro que presenta en la proa y la popa la imagen de un ciervito de origen sirio al que se le colocaron en la cabeza cuernos naturales.

Está decorado geométricamente con pintura verde y delgadas láminas de oro, con incrustación de piedras preciosas.

Excavaciones efectuadas en la ciudad de Sidón demostraron que los fenicios decoraban la proa de sus embarcaciones con cabezas de animales de aspecto ambiguo, con un largo cuello corvo semejante al de los cisnes.

En un bajorrelieve asirio del siglo VIII A.C. se observan los barcos del rey Sargón II, transportando desde Fenicia maderas destinadas a la construcción del palacio real de Khorsabad.

En su proa aparecen ejecutadas con gran realismo, la cabeza y el cuello de un caballo. Hacia el siglo V A.C. los buques griegos, especialmente los corintios que según Eucídides aportaron grandes novedades en el arte de la construcción naval, mostraban en la proa espolones de hierro y bronce, representando cabezas de serpientes y de dragones.

Relatos mitológicos expresan que la nave que sirvió para consumar el rapto de Europa, tenía en su proa un mascarón que representa la cabeza de un toro.

Los historiadores romanos informan que cuando Ovidio, el poeta protegido por el Emperador Augusto cayó en desgracia, la nave que lo condujo al destierro tenía tallado en la proa el yelmo de Minerva, diosa tutelar de esa embarcación.

En los buques escandinavos del período medieval, principalmente en los hallados en Oseberg y Gokstad aparecen talladas en su proa cabezas de reno, de alce, o de fabulosos dragones en actitud amenazadora.

Pero si bien en toda Europa por regla general en esa época se colocaron en la proa de los buques figuras de animales fantásticos, cabe destacar que las galeras destinadas a la guerra jamás fueron ornamentadas.

     
  BIBLIOGRAFIA CONSULTADA  
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