Guillermo Brown, Almirante

Por la Lic. Cristina Montalbán
Subdirectora del Museo Naval del Uruguay

Es de orden dejar en claro desde el inicio nuestra intención de no ser irrespetuosos pretendiendo aportar datos inéditos sobre alguien tan conocido y merecidamente reconocido- como el Almirante Guillermo Brown.

El Instituto Browniano puede enorgullecerse de haber practicado las investigaciones más profundas respecto al máximo héroe naval de la República Argentina y ante su solicitud creemos irrelevante cuantas páginas podamos remitir con informes reiterativos sobre acciones y enfrentamientos que lo tuvieron al comando de la flota.

Con el prestigio ganado por sus méritos en sus largos años de servicio, quienes estamos en el estudio de la historia naval nos acostumbramos a relevar documentos probatorios de su protagonismo en largos períodos del convulsionado acontecer platense.

Irlandés de nacimiento, al igual que el Primer Comandante de Marina Artiguista, continuó en estas tierras esa tradición marítima cuyos datos se pierden en antecedentes que los vinculan en el servicio de la flota inglesa, donde ambos recibieron el adiestramiento en la vida de mar, logrando alcanzar sitiales preponderantes.

Los inicios de Brown en la marina mercante- tal como nos indican sus biógrafos: propietario de la «Jeanne», de la «Elisa», naufragada en proximidades de Barragán, o con la la fragata «Industria» dedicada al comercio entre Buenos Aires y Colonia hasta su apresamiento por la escuadrilla española de Montevideo, nos demuestran un espíritu emprendedor, pero este último episodio da oportunidad a una actitud más trascendente que el mero deseo de resarcirse en forma justa de su pérdida económica.

Así el armamento en corso de dos faluchos en La Ensenada evidenció no sólo el procurar venganza y reparación, sino que a nuestro juicio estuvo imbuido también de rebeldía ante la representación de poder e ideales no compartidos.

Su experiencia, acrecentada por el conocimiento de las dificultosas navegaciones entre islas ensenadas y puertos que constituyeron para otros marinos obstáculos insalvables, le dieron un dominio en la materia que constituyó su mejor carta de presentación.

Esta idoneidad, su capacidad técnica y don de organización, se unió a su carisma, logrando el mejor homenaje para un jefe: el apoyo de su gente, por encima de las órdenes por lealtad, y antes que por reglamentos por la convicción de servicio, en suma, por el respeto ganado.

Estos factores, en mayor medida que el poderío de la flota, hicieron la diferencia las más de las veces, a la hora de definir los combates, en ejemplos tan significativos como la toma de Martín García o la trascendente campaña de Montevideo que significó el fin del dominio español en el Plata.

Alentado por su espíritu aventurero y temperamento no fue obstáculo el no contar con la autorización del gobierno para que izara sus ideales por bandera en un crucero de corso por el Pacífico.

 

Ese proceder, marcado por la impronta de la época y de los conceptos valorados en las guerras en el mar, le involucra en episodios que pautan su valor, y dan razón para la admiración de parciales y enemigos.

Gráfico es en este sentido, su amenaza de hacer volar la santabárbara de la “Trinidad” , donde arriado el pabellón los enemigos no respetaban la vida de los heridos de acuerdo a las leyes de guerra, hecho que le muestra en toda su dimensión de militar y marino.

Al regreso de este periplo, el comienzo de las operaciones contra el Imperio de Brasil, le llevaron nuevamente el mando de la flota. En este desigual enfrentamiento de fuerzas, las ventajas estuvieron instrumentadas por sus acertadas concepciones navales y la organización de campañas corsarias de excepcionales resultados logrando con su conjunción el daño más efectivo.

En su condición de comandante de la escuadra, Los Pozos o Quilmes, resultan hitos en esa campaña que lo engrandecen como conductor, como líder, ajustados a sus condiciones militares, que resultan el prólogo de la gran victoria de Juncal donde el pueblo en pleno aclamó su gesta. Gobernador Provisional, más tarde, renunció a un puesto que encontraba “fuera de la esfera de sus talentos” expresión que evidencia en realidad su incomodidad en un servicio tan disímil al cumplido desde la cubierta de su nave capitana.

Retirado en su chacra y a pesar de su discrepancia con el gobierno de Rosas, ante el bloqueo del Almirante Leblanc ofreció sus servicios para un logro superior a las diferencias políticas: “salvar la dignidad del país”.

Su reinserción en el mando naval se realizó sin embargo en Uruguay a donde, vinculado por aspectos familiares y amistades y de acuerdo a su ofrecimiento, el Presidente Oribe le nombró Comandante en Jefe de las Fuerzas Navales de la República.

La partida hacia Buenos Aires motivada por la resignación del cargo a que fue obligado Oribe, impidió su ejercicio y el que llegaran a hacerse realidad sus iniciativas que conjugaban la citación de oficiales, la previsión de remuneraciones y la solicitud de vestuario.

La declaración de guerra de Rivera a Rosas y el establecimiento del corso contra los buques bajo bandera de la Confederación llevaron al reingreso de Brown en servicio de la flota argentina y una vez más el río volvió a contemplar su figura entre las velas desplegadas, buscando el dominio de las aguas que bien sabe es la llave del triunfo.

Las energías y eficacia del veterano marino no fueron cuestionadas, pero los análisis de investigadores uruguayos y argentinos plantearon el peso que habrá significado mutuamente enfrentar como adversarios antiguos compañeros, y para él particularmente luchar contra el pueblo hermano que entonces se había convertido en el enemigo.

Sus estudiosos acallan estos juicios resaltando su conducta de caballero, su aversión a los actos de crueldad y sus esfuerzos para que se cumplieran los usos de la guerra.

     
     
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