La Armada Española al inicio de la Guerra Civil en 1936

Por el Lic. Jorge N. Mangas

“El 17 de julio de 1936, poco después del mediodía, recibí un telefonazo del capitán Varela, secretario del Ministro, para que fuese al Ministerio, pues en Melilla se había sublevado la guarnición.

Cuando llegué encontré al Ministro en el antedespacho bromeando con sus ayudantes sobre la rebelión de Melilla.

Don Santiago Casares, presidente del Gobierno y Ministro de la Guerra, a pesar de la gravedad de la noticia, continuaba sin dar importancia a la sublevación.

Era tan grande su inconsciencia que, habiendo recibido a las diez de la mañana el telegrama en que se daba cuenta de la rebelión asistió tranquilamente al Consejo de Ministros Ordinario, que duró tres horas, y sólo cuando terminó, acordándose de que tenía en el bolsillo el telegrama, dio cuenta a los Ministros, como si aquella noticia no tuviese la menor importancia”.

Así relata estas primeras horas del alzamiento quien iba a ser Jefe del Aviación Republicana, el comunista Ignacio Hidalgo de Cisneros.

El detonante de este levantamiento español de 1935 fue el asesinato de José Calvo Sotelo, uno de los principales jefes políticos de la oposición.

Lo más grave es que fue sacado de su domicilio por un grupo de la guardia de asalto de la policía y asesinado en venganza por la muerte a balazos del teniente de asalto José Castillo. Este hecho brutal fue realizado en el marco latente de guerra civil que se vivía desde hacía años y que era cada vez más acentuado. Pero el asesinato por parte de un organismo policial, dentro del mismo vehículo policial y arrojado a un cementerio; todo fuera del control del Gobierno; se transformó en un magnicidio, en el cual el estado aparecía como el directo responsable.

Hasta los extremistas más politizados se dieron cuenta que se les había ido la mano.

Las dos muertes no eran equiparables, Castillo era un oficial de mediana jerarquía, asesinado por terroristas comunes. Calvo Sotelo era la figura más importante de la oposición, que además no tenía ninguna conexión con el asesinato.

A partir de aquí todos los acontecimientos se dan, en el curso de una semana, en pleno verano. El domingo 12 de julio es asesinado Castillo, el lunes 13 de julio la policía asesina a Calvo Sotelo, el miércoles 15 las dos principales figuras que quedan en el Parlamento se manifiestan duramente (José Gil Robles y el conde de Vallellano). Anuncia el segundo que los monárquicos se alejan para siempre de la difunta legalidad parlamentaria de la república.

Mientras que Gil Robles jefe de la CEDA, el partido de la derecha, habla de “… la liberación de la opresión impuesta por el gobierno”.

El viernes 17 se levantan las primeras tropas en los enclaves marroquíes y el sábado 18 de julio de 1936 se inicia la guerra civil.

 

Santiago Casares Quiroga el hombre que ocupaba la jefatura de gobierno en esa reunión de gabinete del viernes 17 de julio y que había tomado con tanta liviandad el telegrama que le anunciaba el alzamiento, ese viernes sería expulsado del gobierno; reemplazado por parte del Presidente de la República Manuel Azaña, por Martínez Barrio.

La Armada

En la conciencia de las marinas europeas estaba muy fresco el recuerdo de violentas sublevaciones del personal contra la oficialidad.

La del acorazado Potemkin en 1905 (31 años atrás) en Rusia. La de los marinos del Kronstadt durante la revolución bolchevique de 1917 (19 años). La de la marina alemana en Wilhelmshaven en 1918 (18 años antes) y la flota francesa del Mar Negro.

Todos estos levantamientos eran contra el poder, el de 1936 va a ser a favor. Una parte del personal subalterno de la marina española de 1936 estaba trabajada políticamente por comités anarquistas y comunistas, que actuaron rápidamente, en especial dentro de los buques, para oponerse a que la flota pasase a manos de los sublevados.

Lo ocurrido en el acorazado Jaime I es revelador de lo acontecido en cada una de las naves de guerra.

El Comandante del Jaime I que junto a la nave se encontraba en Vigo recibe la orden de trasladarse a Cádiz. Si bien el comandante tenía una posición dudosa, el resto de la oficialidad, del cuerpo general, estaba a favor de la insurrección.

Un relato de los hechos cuenta que “…cerca de las once, cuando el navío estaba ya en las aguas fronteras a la costa portuguesa, se encontraba casualmente en el puente, además de los oficiales de servicio, otros que cambiaban impresiones, sobre la inacción en que permanecían.

Era preciso actuar de cualquier manera, pero sin demora alguna. El contacto del acorazado con los navíos al servicio de Madrid podría ser funesto para la causa de la revolución. ¡No sabían los oficiales a aquella hora que la marinería espiaba y que iba a tomarse imposible la adhesión del navío al movimiento!

Toda la oficialidad llevaba armas. Algunos vigilaban el puente para evitar que lo asaltasen por sorpresa los marineros, de los cuales cada vez se desconfiaba más. Y así, en esta dolorosa incertidumbre, prosiguió el viaje a lo largo de la costa portuguesa. En la cámara de mando procuraban los oficiales inclinar el ánimo del comandante para que decidiese su adhesión al movimiento y poner rumbo a Ceuta con el fin de presentarse al General Franco, y, al mismo tiempo, para embarcar fuerzas del Tercio, a fin de asegurar el éxito de la adhesión del navío y dominar cualquier tentativa de contrarrevolución por parte de la marinería.

Una vez más se mostró el comandante significativamente reservado, evitando dar una respuesta concreta a los oficiales. Y éstos resolvieron actuar por su cuenta, si a determinada altura no se hubiese decidido el jefe. Los marineros parecían darse cuenta de todo esto y preparaban su golpe.

     
     
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