La hija del Almirante
En memoria de Elisa Brown y Francis Drummond

Por Enzo Luna
Ganador del primer premio del Concurso de cuentos 2004 de la A.T.N.A. (Amigos de las Tradiciones Náuticas)

La brisa agita los juncos que emergen entre las aguas marrones. Y sobre la superficie del ancho río hay bellas flores silvestres, celestes, blancas, amarillas, que la corriente arrastra bajo un cielo cubierto de nubarrones... La tormenta ha pasado...

Elisa

“Mi carácter es más irlandés que inglés, o sea que me parezco a mi padre más que a mi madre, cualquiera puede decirlo. Amo vivir, amo este paisaje agreste. Amo a Buenos Aires, y este río es un sitio inmejorable para jugar y nadar...¿que si sé nadar? como que mi padre es marino, como que mis tíos son marinos y como que en mi vida no he oído hablar de otra cosa que de barcos, luchas y tempestades.”

El Almirante y su esposa

Desde la casona de dos plantas que da al río, doña Elisabeth Chitty no deja de vigilar a sus hijos. A ella no le gusta que pasen las horas tan salvajemente. La culpa es de su marido y de su hija mayor, porque él no la regaña y la deja hacer. En el fondo él sencillamente confía en que cuidará de ellos lo suficientemente bien. Pero no es poca tarea. Además le preocupa el futuro de Elisa. Ya tiene edad de casarse pero no da muestras de tomar nada seriamente. Inquieta como su esposo, es un enigma. Desde que se mudaron a ese país del Río de la Plata han pasado juntos muchas cosas buenas y malas. Nada fue nunca fácil ni lo será con la profesión de su esposo, Guillermo Brown. Pero para sus hijos, ese es el sitio.

Elisa Brown está acostumbrada a las ausencias de su padre y a los vaivenes de la situación económica que hacen sufrir a su madre. Por eso ha tomado una decisión “Jamás me casaré con un marino”, lo que la madre aprueba. Su hija no tiene su proverbial paciencia.

-Eres una chiflada- dice su hermano cuando élla pretende hablarle seriamente de su futuro -Además las mujeres no nadan- le reprocha, recordando los comentarios de los mayores -¿De donde sacaste eso?- ríe ella -no entiendo como puedo perder el tiempo contigo-.

Será porque ha crecido y se siente sola. Desde hace un tiempo pasa de la risa al llanto, de la suavidad a la ira con inexplicable facilidad. Cuestión de hormonas dice doña Elisabeth a su marido el almirante, que a veces la observa preocupado. Esa niña, dice él tamborileando los dedos sobre la mesa ¿ qué va a ser de ella?

Francis

A los veintitrés años el teniente Francis Drummnond llega por fin al Río de la Plata. Se ha escapado de una cárcel brasileña en la ciudad de Montevideo y ahora aspira el aire alegre de la mañana que bate su cabello mientras se acerca a la ciudad bañada por el sol. Confía en que su suerte cambiará.

Francis es huérfano y tres de sus hermanos ya murieron en las guerras europeas igual que su padre. Por eso mientras el ancla se hunde en las aguas marrones recuerda a su lejana Escocia natal. La dulce y melancólica música de aquellas gaitas, las verdes colinas donde solía jugar en los breves y escasos días de sol. Las mañanas neblinosas, la bruma de las Highlands, el río Tay, los rebaños de ovejas, los toscos habitantes reunidos en la feria, los sermones de los pastores de saco negro y cuello blanco, las tabernas, el mar.

En sus oídos aún resuenan las viejas melodías, el beso de su pobre madre cuando partió, la mirada de las muchachas que quedaban y lo veían pasar con su paso ágil y pronto para alejarse cuanto antes a ver cuan ancho era el mundo, mientras silbando dejaba atrás la Real villa rumbo al puerto de Dundee, a jugar su destino.

–Este jóven oficial es Mr. Francis Drummond, un marino que ha servido en el Brasil y desea combatir a nuestro lado. Esta es mi familia, mi esposa Elizabeth, mi hija Elisa, mi.-.

Elisa hizo la pequeña reverencia que les había enseñado su madre y que todas las niñas de su edad acostumbraban, mientras el Almirante seguía presentando amablemente a los demás oficiales que lo acompañaban. Sólo que sus diecisiete años se ruborizaron inmediatamente e hicieron que un calor le hormigueara por todo el cuerpo, pues lo había visto apenas entraron, apenas sintió voces y apenas acudiera a atender con desgano a esos nuevos invitados. Y sólo que los ojos del teniente habían detectado en el acto la gracia y la frescura de aquella muchacha tan parecida a las de su villa de Dundee y en cuanto aquellos ojos celestes levantaron la vista después de la reverencia, algo le batió en el pecho como un tambor. A partir de allí la reunión se manejó en dos planos.

En uno, su padre relataba cosas y preguntaba otras, todas relacionadas con la situación de la marina imperial. Y en otro, todo lo que el teniente Drummond decía, pues extrañamente ella no abría la boca, aunque esta vez no sólo por urbanidad sino porque todo lo que él decía era absolutamente original, bello, varonil, agudo. Francis se sentía más confundido de lo que había supuesto sería esa reunión, pues estaba casi seguro que aquella muchacha lo había mirado dos o tres veces con bastante disimulo y él quería que lo hiciera una cuarta vez pero temía que todos terminaran dándose cuenta. Esa noche Elisa no durmió. Bueno sí, un poco. Todo en su sueño-vigilia estuvo pleno de teniente Drummnond, teniente Drummnond.

La segunda vez que se vieron, él se ingenió para llevar un mensaje a casa del almirante. Y allí cayó Mrs. Elisabeth que algo ocurría entre esos jóvenes. Elisa acudió antes que nadie a abrir, allí estaba él, esbelto en su uniforme azul. Se miraron, él tomó su mano con suavidad y quedó contemplándola, luego por suerte se animó a preguntarle si podía verla una vez más, claro con permiso de sus padres. Ella respondió, que... tal vez.

     
  NOTAS | BIBLIOGRAFIA CONSULTADA  
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