Un capillero ilustre

Por Ricardo Dillon

A muchos llamará la atención el término “Capillero”, este es aplicado a los nacidos y criados como así también a quienes han vivido y viven en Capilla del Señor, localidad ubicada a unos 75 kilómetros hacia el norte de esta Ciudad de Buenos Aires, perteneciente al partido de Exaltación de la Cruz.

Allí precisamente, el 7 de enero de 1869 nacía un capillero ilustre, nada más y nada menos que el Almirante D. Julián Irízar.

Hijo de Don Juan José de Irízar, natural de la Villa de Oñate (Guipúzcoa) y de Doña Anita Bautista Echeverría, natural de la Villa de Zumárraga (Guipúzcoa), ambos vascos españoles.

Desde muy niño sintió inclinación por el mar, y aún cuando no lo conocía, gustaba frecuentar las márgenes del arroyo de la Cruz de la orilla del pueblo, para refrescar sus ansias en él.

La niñez transcurrió en un clima de frontera y transformaciones que habrían de conformar el perfil de la Argentina moderna. Aquellas costumbres patriarcales y severas que eran una verdadera forja del carácter honesto, valeroso, leal a los valores de la estirpe. Así, pues, en ese yunque se templó el alma de aquel descendiente de vascos que tan altos servicios rendiría a la República.

En el dintel de la adolescencia pasa a Buenos Aires y, el 8 de marzo de 1884, encontró el paso inicial de su destino al ingresar como aspirante a la Escuela Naval Militar donde, tras cuatro años de estudios, egresaría el 21 de enero de 1888.

Su primer destino se define cuando cruza el portalón del viejo buque-escuela La Argentina que, al comando del ilustre Comodoro D. Martín Rivadavia, sería el escenario de la verdadera iniciación profesional.

A bordo de aquel buque cumpliría dos campañas por el Mar Argentino y un crucero al Pacífico perfeccionando estudios y realizando trabajos hidrográficos, oceanográficos y de navegación, lo cual vino a consolidar la formación marinera del joven, en una época en que la precariedad de los medios solo podía suplirse con capacidad, coraje, sacrificio y sangre fría. Así fue desarrollándose esa carrera bajo la mirada atenta de los superiores hasta demostrar las aptitudes que recomiendan para mayores responsabilidades.

En 1891 Julián Irízar recibe los galones de Alférez de Navío. Entonces se lo designa para integrar la oficialidad del crucero Libertad, a la sazón en Inglaterra. Para ello debió trasladarse a Europa en la Rosales, que iba en escuadra a representar al país en los homenajes del IV Centenario del Descubrimiento de América.

Un violento temporal hizo naufragar a la débil embarcación frente al Brasil. Irízar tuvo la suerte de salvarse junto con 25 compañeros de viaje, entre oficiales, maquinistas y marineros.

Por su capacidad profesional se destacó tempranamente entre los jóvenes marinos, y así fue como, frente a la necesidad de demarcación de la frontera con Bolivia que ya había originado una serie de dificultades al gobierno de la nación, y en cumplimiento del Tratado de 1889, por el cual la Argentina renunciaba a la posesión de Tarija y Bolivia a la posesión de la Puna de Atacama, ambos gobiernos resolvieron dar comienzo a tal demarcación, designándose al efecto una comisión de personal competente y especializado, siendo designado Julián Irízar miembro de la misma, quién, con sus compañeros de tareas emplazó 17 hitos desde el Río Pilcomayo hasta la serranía de Ipaguazú, límite éste del valle.

Al regreso de su misión en la frontera, Irízar fue ascendido a Teniente de Fragata en 1895 y tres años después alcanza la jerarquía de Teniente de Navío.

 
Almirante Julián Irízar.

Para esa época, más precisamente en 1898 la firma Laird Brothers, con astilleros en Bimkenhead, Gran Bretaña estaba construyendo un buque que llegaría a convertirse en el símbolo de la patria en el mar. Un buque airoso, blanco y perfecto, a cuyo bordo se formaría profesionalmente más de treinta promociones de marinos.

A ese advenimiento fue destinado Julián Irízar formando parte de la Plana Mayor, que presidida por el Capitán D. Manuel Domecq García, se encargó de la inspección, alistamiento y recepción de dicho buque que fue bautizado con el nombre de Presidente Sarmiento el gran visionario sanjuanino que fundara la Escuela Naval el 5 de octubre de 1872. Así las cosas, al año siguiente, Irízar en calidad de Jefe de navegación, realizó el primer periplo del buque-escuela que zarpó de Buenos Aires el 12 de enero de 1899 para una travesía que habría de durar hasta el 30 de septiembre de 1900. Cuarenta y un oficiales hicieron el histórico viaje de la Presidente Sarmiento a las órdenes de Onofre Betbeder, un argentino poco recordado.

Entonces, la Presidente Sarmiento enfiló hacia el sur, hacia los austros…, esos austros que ya Irízar conocía lo suficiente, y que más de una vez habrá acariciado con la mirada fija, en algún atardecer sobre la proa de la Sarmiento.

El Presidente de la República había querido que se dirigieran hacia el pacífico. Eran los días de la discordia argentino-chilena, y en el confín remoto, allá donde los canales fueguinos rugen su potencia soberbia, la Sarmiento asistió al histórico abrazo de Punta Arenas, donde la Argentina y Chile cimentaron una trayectoria de amistad que ya no habría de ser desmentida.

Pocos deben ser los marinos argentinos que alguna vez no hayan pisado la cubierta de la histórica nave, viviente reliquia de la historia naval argentina, a la que bien calificara Gallegos Luque con esas palabras: … para ellos, los marinos, más que para nadie, la Sarmiento es pedazo flotante y jirón romántico de su propia existencia de hombre de mar.


El buen eco de aquel periplo inicial de la Sarmiento movió al gobierno nacional a cooperar con la expedición antártica internacional que a bordo del ballenero Antartic al mando del Capitán noruego Carlos Larsen, conduciendo el equipo científico sueco Otto Nordenskjold zarpó hacia el sur en Enero de 1901 con la intención de tentar una serie de trabajos en el continente antártico.

     
     
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