Rescatar del olvido
A mi abuela; Elisa Ballvé Pallejá de Corrales que compartió la vida con él.
A mi madre, Blanca Corrales Ballvé de González, que admiró tanto a su tío.
Primavera 2005

Por Estela Leonor González Corrales
 

En la misteriosa grandeza de su inclemente soledad, Irízar, jerarquizado almirante, parte rumbo a la Antártida.

Hace cien años, el entonces teniente Irízar comandó la corbeta Uruguay para rescatar a la expedición de Otto Nordenskjöld perdida entre los hielos antárticos. En el rescate actual, llevado a cabo por los marinos argentinos, los científicos y los tripulantes son rusos, y el buque atascado se llama Magdalena Oldendorff.

Hace cien años los sabios eran suecos y el Antarctic, el barco despedazado por los témpanos polares.

Entonces, el joven teniente Irízar comandaba la corbeta Uruguay y, entre otros, lo secundaba el oficial Ricardo Hermelo, egresado de la misma promoción que Horacio Ballvé.

Dos cabos de manila me atan fuertemente a él: mi madre y mi abuela. Tanto es así que, en la constelación fotográfica que iluminaba las paredes del cuarto de mamá emergía, entre las sonrisas infantiles de sus hijos y las tiernas y queridas imágenes de los abuelos, la mirada seria y enérgica de su dilecto tío.

Más aún podría decir, en los testimonios de tantos y tan distintos periódicos que mostraban el acto del sepelio en el Cementerio de la Recoleta, se reconoce claramente la cara de mi padre y la del hijo mayor de nuestro protagonista, Horacio Ballvé Cañás(1).

Un verde matinal lustra los campos, y mientras viajaba en tren hacia Mar del Plata, una imagen, sólo una, emergía en mí con una fuerza ciclópea. ¿Por qué, por qué pensaba en ese momento precisamente en Auguste Rodin y en su monumento a Domingo Faustino Sarmiento? ¿Por qué volvían a mí las cartas que su nieto Auguste Belin Sarmiento le había enviado al escultor francés sobre su abuelo, por qué era el grande entre los grandes, el que surgía en mí, mientras otros escritos, por ejemplo, los de Octavio R. Amadeo me susurraban al oído: viajaba con la nariz pegada al vidrio, como devorando el paisaje... o sino como aquellos de Bartolito Mitre cuando relataba el pasaje de El doctor de Michigan. ¿Por qué sólo esa imagen majestuosa, como la de la pampa que atravesaba, se me fundía con la de él y mientras yo repetía ese verde lugoniano tan querido, él, sólo él, era el grande que surgía? ¿Por qué una y otra vez se me alzaba aquel que como un caso de exhibición leonina aparece en la historia de la patria, y además se jacta de ser un año menor que ella?

Claro, no tardé mucho en develar la incógnita. Si, en realidad, mi objetivo era intentar el abordaje -Sandokán literario- de un escrito sobre mi tío abuelo Horacio Ballvé Pallejá, y mi razón personal era ir a ver ese Mar Atlántico en el que él vivió tanto, era algo más fuerte que yo el asociar inconscientemente a Horacio con Sarmiento el creador de la Escuela Naval Militar en la que mi tío estudió y el presidente que comandaba el país cuando él nació y cuyo nombre bautizó la fragata que llevó a todas las tierras del planeta la imagen celeste y blanca de la nuestra.

Al decidirme a escribir estas páginas, lo hago en la seguridad de poder aportar respecto de Horacio Ballvé algunos datos originales sobre su biografía, ya que considero que él fue un hito histórico principal de la Armada.

Por otra parte también quiero dejar sentado que esta tarea me la propuso, hace ya años, cuando era Capitán de Corbeta el Vicealmirante Héctor Agustín Tebaldi.



     
  NOTAS
 
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  (1) Horacio Ballvé se casó dos veces, la primera con Sofía Cañás Giribone, unión de la que nació Horacio Ballvé Cañás (1912-1985), y en segundas nupcias con Leonor Piñero Stegmann, con la que tuvo tres hijos: Jorge Horacio (1920- 1986), Leonor (1921-) y Héctor Horacio (1923-1958).