El almirante Brown y el general Rivera

Por el Profesor Alejandro Nelson Bertocchi

     

La correspondencia, tanto privada como oficial, de los grandes prohombres de la independencia rioplatense guardan dentro de sus letras sentimientos y anécdotas tan interesantes como lo fue el mismo tiempo histórico que vivieron. Y en sus letras se traslucen tanto sus triunfos como sus derrotas y desvelos, sus alegrías y sufrimientos, sus esperanzas y sus agonías. Sin duda la investigación mucho debe a aquellos que supieron conservar todas esos preciosos documentos para la posteridad, pues sin estos vetustos papeles jamás habría sido posible develar tantos espacios de aquel pasado cada día mas lejano, para darlos al entendimiento de las noveles generaciones; estas, cada día mas y mas lejanas de una cabal interpretación de nuestros héroes a causa del pensamiento posmodernista y la partidocracia que domina la educación estatal.

Rivera, el gaucho oriental por antonomasia, fiel representación del caudillo rural hispanoamericano, tuvo en su tormentosa existencia, notables éxitos como Guayabos, Rincón, Misiones, Cagancha, Palmar, donde surgió su leyenda y también su diatriba conexa e inevitable, cosa de la que prácticamente ningún personaje de época logro librarse. En realidad de tal tipo de circunstancias se halla abonada la vida de todos ellos.

Rivera, a quién el gobernador Dorrego denominó en una oportunidad como “Don Diablo”, tuvo en 1826 un año terrible. Había sido figura principal del levantamiento oriental contra los imperiales brasileños luego del denominado “abrazo del Monzón”, un hecho poco claro que ha llevado a interminables discusiones, pero que supuso que su compadre Lavalleja, recién desembarcado con sus 33 orientales en la Agraciada, le diera ese lugar dada la ascendencia que tenía el hasta entonces brigadier cisplatino en la campaña. Pero, para desgracia de las Banda Oriental, nunca existió unidad de criterio entre ambos “tenientes de Artigas” a causa de la inevitable rivalidad entre dos formas claramente disímiles de entender la vida y sus circunstancias y por ello tras la gran batalla de Sarandí, donde las huestes orientales en una carga memorable: “sable en mano y carabina a la espalda” habían dado al traste con la caballería brasileña- Rivera cayó en desgracia con el general Alvear, a causa de las intrigas del momento, situación insostenible que lo llevo a pasar a Buenos Aires para intentar informar de su situación al superior gobierno de la Confederación.

Empero se da una serie de hechos que obligan al caudillo a alejarse de la capital subrepticiamente, ayudado por un notable grupo de amigos que este tenia desde larga data en la Banda Occidental, entre ellos el mas destacado: el hacendado Julián de Gregorio Espinosa, que no solo facilitó generosamente los medios materiales para que Rivera pudiera dirigirse a Santa Fe para quedar bajo la protección del gobernador López, sino que hizo publicar en la prensa porteña una larga carta del general oriental, donde este señalaba varios descargos a su favor, avisando a sus contemporáneos de la injusticia que se cometía contra su persona. Y su lectura no tiene desperdicio pues no solo refleja una hora mas que difícil para su causa- que no es otra que la de la Patria Grande- pues entre sus líneas, hace especial referencia al almirante Brown, en un arranque de picardía, muy señalada en la vida de este personaje tan famoso y decisivo en la existencia del Uruguay.

 

“El 14 de Septiembre el presidente de la República dictó un decreto poniéndome a disposición de la Policía; yo creí broma, pero cuando se apoderaron de mi ayudante me puse aquella misma noche a salvo. Al día siguiente, empezaron las persecuciones. Asómbrese: el presidente pone otro decreto que se presente el general Rivera en el perentorio término de veinticuatro horas a responder en juicio público a un crimen de alta traición, etc. Estuve para regresar y presentarme, pero temí exponerme y atendiendo las súplicas de los amigos seguí la marcha. Estoy abismado a menos que sea crimen de alta traición haber peleado con los españoles desde el año 10 y haber sido de los primeros orientales con que se contó para la insurrección contra los tiranos. Tal vez sea crimen haber consumido en esa guerra la fortuna grandiosa que había adquirido mis padres con el sudor de su rostro y el de mis hermanos. Pudiera ser crimen haber visto padecer en los crueles calabozos de Montevideo, cargado de grillos, procesado, sentenciado tres veces a morir en la horca, por traidor, el y sus tres hijos, a un padre de mas de setenta años, a quien una fortuna inesperada- la rendición de Montevideo por el general Alvear- facilitó la libertad. Pudiera ser crimen correr las guerras del año 15, en que yo era oficial subalterno de Artigas, y que hice como los demás orientales. Dígalo Alvear a quién devolví su equipaje, y con el una porción abultada de onzas de oro. Pudiera ser crimen haberme batido incesantemente el año 16 con los portugueses para sostener una guerra superior a nuestros esfuerzos, pisar sangre de tiranos, perder un hermano, ver derramada la sangre del otro, verlo sufrir una prisión de tres años, así como a innumerables amigos muertos en los campos de batalla, o prisioneros, sufriendo martirios; así como ver con frente serena robar tres veces a mi cara esposa, verla fugar a los montes a pié, llena de espanto. Es verdad que a mi esposa no le sería extraño ir presa y ser conducida a la Ciudadela de Montevideo, como lo fueron las dignas señoras de José Llupes, de Julián Laguna, de Juan José Florencio, de Lorenzo Medina, de José Antonio Ramírez; mi señora escapó en ancas del gobernador Joaquín Suárez, su compadre y buen amigo, que la tuve que ocultar en los montes como a un criminal.

Le cito estos detalles porque creo que a mi señora no le sería extraño estar en prisión, pues en el año 15 ya había sido presa y conducida al fuerte de Montevideo, y depositada por dos meses en la casa de las señoras de Navia. Pudiera ser crimen haber tomado el partido de los americanos brasileros contra los portugueses europeos, hacer que se dividieran, influyendo lo posible por que germinase entre ellos un odio implacable.

Puede ser que haya sido crimen de alta traición que cuando la pasada del general Lavalleja, el año 25, yo me aviniese con él y pusiésemos en planta un plan que había convenido mucho antes, y que no había tenido efecto por acasos que suceden, pero que yo esperaba una oportunidad. Puede ser que haya sido crimen el consorcio que con aquel héroe tomé desde el día en que nos dimos las manos en la barra del Monzón, en el Arroyo Grande.

     
  BIBLIOGRAFIA CONSULTADA  
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