Facetas brownianas

Por Armando Alonso Piñeiro

   

Que la Argentina carezca de una tradición histórica aeronáutica tiene algún sentido, considerando las razones temporales, es decir, su relativa cercanía desde la constitución de la fuerza respectiva. Pero siempre me ha resultado llamativo que ello ocurra de alguna manera con la tradición náutica, no por falta de antecedentes legendarios, sino en cuanto a su escaso conocimiento generalizado en diversos círculos de la población.

Obsérvese que los orígenes navales son anteriores a los castrenses, como que Manuel Belgrano soñaba ya a fines del siglo XVIII con la Escuela de Náutica. Los hechos de la marina de guerra en ejemplos como la epopeya de la Independencia y el conflicto armado con el Brasil Imperial –para recordar apenas dos sucesos fundamentales-, habrían cambiado nuestra historia de no haber existido. Y no es que tales cosas no se sepan, sino que se conocen casi superficialmente. Se cometen errores como mencionar al almirante Guillermo Brown en calidad de inglés, cuando por cierto era irlandés. Un mero conocimiento de la historia de Irlanda desde el siglo XII prueba que nuestro gran almirante no podía ser jurídicamente inglés, pero la gente suele quedarse con los lugares fáciles y comunes.

Creo necesario acentuar la educación naval en las juventudes argentinas, y proceder a campañas periódicas de concientización en la totalidad de la población. Sería necesario organizar empresas de divulgación, acaso sobre uno de los aspectos más atractivos del almirante: su personalidad, su psicología, sus actos humanos, su sentido del honor.

La acción naval en el Plata contra el Imperio del Brasil dio lugar a uno de estos hechos característicos. Al mando de la “Sarandí” –y por supuesto, de varias cañoneras- Guillermo Brown atacó fuertemente a las naves enemigas. Algunas se dispersaron, otras quedaron encalladas y varias debieron rendirse, en particular las naves comandadas por el brasileño Sena Pereira. Este capituló formalmente y le entregó su espada al almirante argentino, quien tuvo un gesto singular: ordenó cesar el fuego y dispuso que nuestras tripulaciones tributaran homenaje a la bravura del enemigo, saludándolas con prolongados hurras y vítores.

En estos avatares de la guerra argentino-brasileña, Brown había ofrecido un espectáculo asombroso, con sus escasas cuatro naves combatiendo con éxito a treinta barcos enemigos. Así se fue formando una constelación de nombres gloriosos, a la sombra de encuentros legendarios: Los Pozos, Yaguary, Juncal, Quilmes, Bacacay, Ombú, Patagones, y por supuesto la aplastante victoria de Ituzaingó, que constituiría por más de ciento ochenta años la espina más dolorosa clavada en el pecho de nuestros vecinos.

El sentido del honor

La historia de los duelos en la Argentina es apasionante. Desde el encuentro Mackenna-Carrera de 1814, hasta el del almirante Benigno Varela-Yolivan Biglieri, en 1968, en nuestro país se celebraron aproximadamente seiscientos desafíos. Aunque una parte mínima de ellos terminó mortalmente, fue en el siglo pasado cuando los duelistas comenzaron a considerar con mayor cariño sus respectivas vidas, de manera que los resultados ya no fueron tan dramáticos.

 

A las muertes registradas en los desafíos del siglo XIX, se añaden a veces curiosas anécdotas. San Martín, por ejemplo, siempre tuvo gran respeto por la institución del duelo, y cuando lo estableció rígidamente para el Regimiento de Granaderos a Caballo que él había creado, don Manuel Belgrano se fastidió con el Libertador. Devoto católico y adversario de estas actitudes, el creador de la bandera no comprendió las razones disciplinales y de formación moral que trataba de insuflar San Martín en un cuerpo militar nuevo.

Cierto día, en plena guerra argentino-brasileña, dos héroes de la Armada argentina decidieron batirse, nunca se supo bien por qué. Eran Leonardo Rosales y Espora, conocidos bajo el mote de “los gemelos de la gloria” por sus bravías hazañas. Como estaban a bordo y bajo las órdenes de Guillermo Brown, le pidieron a éste autorización para bajar a tierra. El creador de nuestra Armada era ciertamente muy puntilloso en cuestiones del honor, pero evidentemente tenía gran predilección por ambos contendientes.

El caso fue que Brown pidió ser director del duelo, a lo cual ambos se sometieron sin condiciones.“Ante todo, hay que postergar el encuentro”, dijo el almirante. “El enemigo está cerca y debemos salir en su busca. En cuanto a ustedes, les prometo que pronto se batirán”.

A los pocos días, estando frente a frente las naves argentinas y brasileñas, Espora y Rosales fueron llamados a conferenciar con el jefe de la escuadra. “Llegó el momento de realizar el lance pendiente –les dijo Brown-. No olviden que cuento con su promesa de cumplir escrupulosamente mis órdenes”.

Asintieron los marinos y el jefe naval prosiguió: “Dentro de unos momentos entraremos en combate. Nosotros estamos listos. ¿Distinguen ustedes la insignia de la capitana brasileña?”. Es de imaginar el asombro de Rosales y Espora ante estos prolegómenos, pero el caso fue que al asentir nuevamente, Brown lanzó entonces su bomba: “Bien. Ustedes van a atacar esa nave por ambos costados. Aquel de ustedes que consiga hacer arriar su pabellón, será el vencedor del duelo. La sangre de unos bravos como ustedes sólo debe derramarse en aras de la patria. Andando, pues”.

Rosales y Espora parecieron olvidar de pronto sus agravios personales, y electrizados por el combate, se lanzaron cada uno por su lado al abordaje. Vencida al cabo de poco tiempo la resistencia enemiga, ambos marinos corrieron hacia el palo mayor casi simultáneamente. Cuando la bandera descendía, se dieron un fuerte abrazo.

Durante muchos años se comentó en la Armada argentina esta curiosa actuación de Guillermo Brown como director de duelo. Era evidente que el gran marino quiso hacer coincidir la reconciliación de Rosales y Espora con un acto de arrojo patriótico, sin que el honor de los afectados estuviera en duda.

Como nunca estuvo en duda el honor y el valor de aquel almirante memorable, que por un error del destino había nacido en Irlanda, cuando debió haberlo hecho en nuestra tierra.