Congreso Internacional de Historia
Bicentenario de la Campaña Browniana en el Rio de la Plata (1814-2014)

ESCUELA DE DEFENSA NACIONAL, 22 y 23 de octubre de 2014. Ciudad Autónoma de Buenos Aires.


"Los fieles de Montevideo bajo cinco banderas" por D. Francisco Valiñas(1)
Capitán de Navío (RE)

 
   
   
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Montevideo español en 1805
           
El núcleo de población inicial de Montevideo (1723-1726) fue de 300 individuos, mayormente canarios arribados en dos viajes de la nao “Nuestra Señora de la Encina”.  En 1761 el Gobernador Joaquín de Viana levantó un censo que registró 2.089 habitantes, y un nuevo registro de 1772 contabilizó 3.332 personas, de las que 1.056 vivían en “el recinto” (dentro de las murallas), 180 entre el fuerte y el ejido, y 2.086 en la amplia jurisdicción extramuros de la ciudad.

Pero Montevideo siguió creciendo, y en 1805 el Subteniente Nicolás de Vedia levantó un nuevo empadronamiento, que arrojó 9.359 personas, de los cuales 5.915 eran blancos, 138 indígenas, 294 pardos libres, 146 negros libres, 88 pardos esclavos y 2.778 negros esclavos. Como puede verse, los blancos eran mayoría aún contra los demás grupos étnicos sumados, en una relación 55%-35%, muy diferente a la realidad de otros virreinatos como Perú o México, donde la proporción era del orden de 25%-75%.

Los blancos afincados en el recinto correspondían al grupo económicamente mejor posicionado.  Hacendados poseedores de grandes extensiones de tierras en el interior de la Banda Oriental, comerciantes mayoristas, apoderados de casas comerciales españolas, saladeristas, funcionarios reales y oficiales del Apostadero constituían el patriciado de la ciudad. Entre ellos descollaban: Francisco Antonio Maciel (terrateniente, saladerista, exportador de frutos del país, propietario de fábricas de jabón, velas y cerámicas, y el mayor traficante de esclavos) y Mateo Magariños y Baliñas (terrateniente, saladerista, exportador de frutos del país, prestamista y servicios jurídicos), y en un segundo escalón, en los mismos rubros comerciales pero de menor cuantía, Miguel Vilardebó, Francisco Errazquin, Miguel Zamora, Juan Martínez, José Gestal, Carlos Camuso, Francisco Ferrer, Pedro Berro y José Batlle y Carreó (fundador de una dinastía que daría al Uruguay cuatro Presidentes de la República).

En un rango social alto, aunque inferior a los anteriores, estaban los españoles, los criollos y otros europeos que se desempeñaban como comerciantes minoristas, artesanos, profesionales y sacerdotes, y por debajo de esos estaban los jornaleros libres (hombres de la tierra, indios, mestizos, pardos y negros libertos) que trabajaban por un salario.  En el fondo de la escala social quedaban los esclavos (negros y mulatos), ocupados en chacras, fábricas, tareas domésticas y establecimientos ganaderos.
           
Dios, el Rey, la Iglesia y la Armada Real eran los referentes de la vida de los montevideanos a principios del Siglo XIX. Los tres primeros estaban fuera de discusión en todas las colonias de España, pero el Apostadero dio un signo de identidad a la población de la ciudad por la presencia de los buques de la Marina de Guerra, que además se proyectaba a los ámbitos político, comercial y cultural.  Esta conjunción de intereses llevó a que, cuando los dineros de la corona comenzaron a flaquear, el patriciado de Montevideo no hesitó en mantener el aprovisionamiento y el apoyo a la Escuadra.  La lealtad a la corona era total.

La lealtad durante las invasiones inglesas
           
En julio de 1806 una fuerza invasora de Inglaterra desembarcó en las costas de Buenos Aires, logrando para el día 27 la rendición de una ciudad que rondaba los 40.000 habitantes. Una tropa veterana de infantes reales arrolló a las bisoñas tropas rioplatenses, que no obstante la derrota lograron retroceder para reagruparse.

En Montevideo, la invasión de “los infieles” provocó prácticamente una cruzada.  Además de las tropas del Apostadero y el Fuerte, se organizaron milicias criollas, las que junto con los regulares iniciaron la reconquista de la capital virreinal uniéndose a los efectivos remanentes de las fuerzas derrotadas de Buenos Aires.  Entre ambos, lograron la capitulación de William Carr Beresford y su retirada.  Premiada con el título de “La muy fiel y reconquistadora” la población de Montevideo alcanzó el ápex de su lealtad hispana inmediatamente después de la retirada de los británicos.

Pero los ingleses vencidos aprendieron una lección: para conquistar el Río de la Plata primero debían doblegar el bastión militar montevideano.  Con un refuerzo importante de tropas, en la primavera de 1806 los británicos reiniciaron las operaciones de conquista estableciendo una cabecera en Maldonado, desde donde progresaron hacia Montevideo, cuyo fuerte lograron doblegar en 3 de febrero de 1807.  No obstante, un grupo de vecinos montevideanos se retiró a la Villa del Guadalupe (hoy Canelones) desde donde llamaron a resistir al invasor.

La entrada británica a la ciudad puerto fue arrolladora.  A las tropas se sumaron unas sesenta naves mercantes que descargaron mercaderías y bienes de consumo provenientes de Albión junto con una pléyade de comerciantes anglosajones dispuestos a venderlas. Pronto no quedó en Montevideo una casa o local libre que no estuviera alquilada por un mercader inglés. Al mismo tiempo, la plaza se vio saturada de mercancías, muchas de las cuales eran de mejor calidad que las provenientes de España y a un precio más bajo.  Los comerciantes vernáculos se vieron desbordados por la competencia inglesa, quedando con sus depósitos llenos de bienes españoles que ya nadie compraba porque no eran competitivos, y muchos quedaron cerca de la ruina.

Por otra parte, el invasor impuso su ley y su rey.  Se obligó a la población de Montevideo a jurar fidelidad a George III, pero como el juramento se tomó en inglés y muchos de los sometidos no hablaban el guiri, la mayoría de los montevideanos no se sintieron obligados a respetarlo.  Por lo tanto, siguieron siendo en secreto fieles a Carlos IV de Borbón.

Si bien los invasores respetaron la práctica religiosa del pueblo ocupado, no hicieron lo mismo con los templos, que fueron mayormente saqueados por la soldadesca británica.  Para la grey católica de la ciudad, esta fue una ofensa cometida por infieles, y no dudaron en catalogarlos de “herejes” y considerarlos como tales. A causa de esto, la religión tuvo un importante peso en el rechazo a los invasores.

Continuando con la progresión de la invasión, los ingleses intentaron retomar Buenos Aires, donde fueron definitivamente derrotados y obligados a abandonar definitivamente el Río de la Plata.  Entre las condiciones impuestas a los vencidos, estuvo la retirada total de la Banda Oriental.

La bandera británica ondeó sobre las murallas de Montevideo durante siete meses y seis días, desde el 3 de febrero al 9 de setiembre de 1807.  La ocupación militar generó profundas modificaciones en el pensamiento y la vida colonial, tanto en las esferas administrativas como las políticas, comerciales y sociales.  Los ingleses habían fundado en Montevideo un diario bilingüe: “The Southern Star”, “La Estrella del Sur”, dando cabida a la expresión libre de algunos montevideanos que se atrevieron a escribir allí.  Esto, junto con la introducción de una biblioteca pública, dejaría una semilla de libertad germinando en las mentes de los montevideanos, que entre los fieles a la corona de Borbón fructificaría bajo la idea de un cierto grado de autogestión, pero nunca de independencia.

La Junta De Montevideo
           
La lealtad de los montevideanos a la Corona de España volvió a ser exteriorizada un año después en circunstancias de excepción.  Las noticias de las desavenencias reales en España entre Carlos IV y Fernando VII, la invasión francesa de Napoleón Bonaparte, la subsiguiente formación de la Junta Suprema de España e Indias en junio de 1808 y su posterior Consejo de Regencia, alteraron el relacionamiento político entre las autoridades coloniales y las de la metrópolis. 

Surgió una importante divergencia de derecho por diferentes formas de interpretar la situación.  El Consejo de Regencia pretendía gobernar las posesiones de ultramar bajo el criterio de que España y América Española eran una solo unidad política.  Pero los criollos sostenían que según las Leyes de Indias estaban vinculados a la corona (o sea el Rey) y no a la nación española.  En consecuencia, estando ausente o prisionero el monarca, que para los americanos era Fernando VII, la soberanía retrovertía a los pueblos americanos a través de los Cabildos, que tendrían derecho a darse su propio gobierno mientras esperaban el retorno del rey legítimo.  Al mismo tiempo, los peninsulares comenzaron a recelar de la lealtad de los criollos y a mirar con hostilidad a los partidarios de las juntas de gobierno.

Pero en América la idea de formar Juntas de Gobierno fue cundiendo cada vez con más fuerza entre los criollos, tendencia que se reafirmaba en cada llegada de noticias de la península develando un cuadro militar cada vez más favorable a los invasores franceses.  El intento de colocar en un trono americano a Carlota Joaquina de Borbón, esposa del príncipe heredero al trono de Portugal, solo sirvió para fortalecer el deseo de autogestión.

El movimiento juntista americano se inició en junio de 1808 en México, pero influenciado por colonos peninsulares, muy numerosos y muy ricos, pronto se convirtió en un organismo totalmente subordinado al Consejo de Regencia. Hubo también Juntas de Gobierno en Santiago de Chile, La Paz y Quito, que fueron de vida efímera.  Diferente fue el pronunciamiento de la Junta de Gobierno de Montevideo, que el 23 setiembre de 1808 ratificó la lealtad a Fernando VII y se enfrentó frontalmente con el Virrey Santiago de Liniers, tildándolo de agente al servicio de Napoleón.

El rechazo de los montevideanos al rey Bonaparte impuesto en Madrid fue total.  Si bien los ingleses habían atacado el territorio del rey, los franceses habían llegado demasiado lejos, atacando al propio rey, convirtiéndolo en un cautivo forzado a abdicar, usurpando derechos dinásticos, y haciendo de Fernando VII “el deseado”. 

La Junta de Gobierno de Montevideo actuó del 21 de setiembre de 1808 al 30 de junio de 1809, cuando arribó un nuevo virrey, Baltasar Hidalgo de Cisneros, con órdenes de disolver la junta y enviar el gobernador militar Francisco Javier de Elío de regreso a España a dar cuenta de su lealtad a la Junta de Sevilla.  Los montevideanos acataron plenamente el mandato de Cisneros, y desaparecido el “virrey sospechoso” ratificaron su obediencia a la corona, manteniendo la lealtad a ultranza.  Se vivió entonces un período de calma, pero la paz sería aparente, y el impulso por la autodeterminación haría eclosión antes de un año.

Derrotada y ocupada por tropas francesas, con el bloqueo inglés sobre sus puertos, España perdió contacto con América.  No tenía formas ni recursos para mantenerlo, aunque en las mentes de muchos aún primaba la idea de unidad y pertenencia.  Pero los pueblos de ambos lados del Atlántico pensaban diferente, y para América había llegado la hora de las definiciones.  1808 fue el año que marcó la inflexión.  Los americanos tuvieron que ocuparse de su propio destino y tomar decisiones autónomas.  En esas circunstancias, la emancipación fue inevitable.

Montevideo frente a la Revolución de Mayo
           
En 1810 el movimiento emancipador se hizo incontenible.  Primero fueron los criollos de Caracas en abril, después los de Buenos Aires en mayo, seguidos por los de Cartagena de Indias y Bogotá en julio, y los de Santiago de Chile en setiembre.  En todas esas ciudades las autoridades españolas fueron depuestas y sustituidas por cabildos o juntas integradas por naturales del lugar que impusieron la soberanía del pueblo, entendiéndose por “pueblo” a la aristocracia criolla dominante por su riqueza y su prestigio social.  Entonces, España no pudo conservar los territorios del Virreinato del Río de la Plata bajo la corona de Borbón, porque los eventos de 1810 derivaron inexorablemente de la autogestión a la independencia.  Excepto en Montevideo.

El 14 de mayo de 1810 arribó a la capital virreinal la fragata inglesa Mistletoe con la noticia de la disolución de la Junta Central y el establecimiento de un Consejo de Regencia en España.  Para los bonaerenses, esto significó el fin de la legitimidad de las autoridades peninsulares dominadas por Francia, y para tratar el tema se convocó a un cabildo abierto.  El 25 de Mayo de 1810 la autoridad del Virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros fue revocada por el Cabildo, y en su lugar asumió una Junta de Gobierno presidida por el Coronel Cornelio Saavedra. De inmediato la Junta envió un oficio al Cabildo de Montevideo, anunciándole su formación, la nulidad de la autoridad del virrey destituido, y el envío de un delegado para informar lo actuado. Esto provocó una disyuntiva a los montevideanos: reconocer la autoridad del Consejo de Regencia o de la Junta de Buenos Aires.

En Montevideo, el Gobernador, Brigadier Joaquín de Soria, y el Comandante del Apostadero, Capitán de Navío José María Salazar, manifestaron lealtad a ultranza al Consejo de Regencia.  Para aclarar su posición, la Junta envió a Juan José Paso como informante al Cabildo de Montevideo, quien explicó la postura de Buenos Aires, pero para contrarrestar sus argumentos Salazar introdujo al recinto de los debates doscientos marineros de la Flota vestidos de paisano, que volcaron la votación a favor de la Regencia, transformando la ciudad en el bastión hispano del Atlántico Sur.

Para los leales a España, Montevideo se convirtió en un “foco leal”, al que acudieron fieles de otras partes del virreinato.  Es que la pertenencia o identificación a ese “foco” tenía algunas ventajas. 

La primera fue la “simbólica”.  Los montevideanos se aferraron a auto representaciones que daban satisfacciones ilusorias, como creer que en España todos los miraban con admiración, que alcanzarían el título de “reconquistadores del virreinato”, y que serían vistos como los mejores españoles.

Después estuvieron las ventajas “económicas”.  Montevideo pasó a ser “el puerto” y como tal a manejar directamente el Tribunal del Consulado y las rentas de aduana (que antes estaban en Buenos Aires).  España continuaba enviando bienes de consumo que llegaban al interior desde Montevideo, e importando frutos del país que zarpaban desde el puerto.  Los comerciantes siguieron comerciando, y con más facilidades al no tener la opresiva carga impositiva y sin retornos de Buenos Aires.

Otra ventaja fue de carácter mercantil.  El patriciado montevideano se convirtió en prestamista y acreedor de un gobierno que después solo pudo pagarles con títulos de deuda que, aunque devaluados, se convirtieron en cuasi moneda de intercambio.  El abastecimiento de las tropas, el armado de los navíos fueron a la vez emprendimientos económicos, inversiones con expectativas de ganancias monetarias o políticas.  Pero la mayoría de estas expectativas terminarían después defraudadas.

Por último, hubo “razones cotidianas”, desideologizadas pero impregnadas de valores y reglas sociales.  Llegaban a Montevideo rumores distorsionados de comportamientos violentos y atávicos contra españoles en Buenos Aires y sus alrededores, de la suerte corrida por Santiago Liniers (antes odiado y ahora llorado). Por otra parte, imperaba el deseo de sustraerse a la inquietud política reinante en la otra orilla del Plata.  Ambas variables llevaron a creer que en la lealtad a España y en la protección de la Flota estaba la seguridad del futuro.

Esa posición se mantuvo firme hasta que la presión del Segundo Sitio (1812), con su secuela de hambre y privaciones, puso a pensar a los montevideanos.  Mientras el frente marítimo estuvo abierto, muchos miembros del patriciado aprovecharon para poner a buen recaudo en Río de Janeiro o en España misma la mayor parte metálica de su fortuna, en particular cuando comenzaron a vislumbrar la necesidad de abandonar la ciudad por algún tiempo.

El lugar de lo español

El 1 de octubre de 1812 se formalizó el Segundo Sitio de Montevideo, que culminó el 23 de junio de 1814 con la capitulación de Gaspar de Vigodet, comandante y gobernador de la plaza desde fines de 1811. Durante los 21 meses transcurridos, la ciudad se convirtió simbólicamente en “el lugar de lo español”, donde se brindaba refugio a los hispanos y a los americanos leales a la causa de España, una ciudad con claros signos de pertenencia y fidelidad al rey Fernando VII, leal y orgullosa de representar al león ibérico ante los irrespetuosos revolucionarios americanos.

Esto convirtió a Montevideo, sus muros y su flota, en el refugio de los leales a las autoridades españolas, recibiendo una corriente migratoria de casi 4.000 personas procedentes de diversas partes del virreinato que huían de la revolución, por temor o por lealtad.  Este conjunto humano estuvo compuesto por “puros” y por “pasados”; siendo los primeros personas que nunca dudaron de su fidelidad al rey, mientras que el segundo grupo se integró con revolucionarios arrepentidos, los que no siempre fueron tratado con benevolencia por los montevideanos y que para probar su nueva lealtad terminaron indefectiblemente incorporándose a los batallones de defensa de la ciudad.

La confianza de los habitantes de Montevideo en sus tropas y en su flota fue decreciendo con el paso de las jornadas del sitio.  Si bien recibieron con mucha esperanza el arribo de refuerzos procedentes de la Península Ibérica, el estado de los efectivos dejó mucho que desear, porque en cuatro meses de travesía con alimentación inadecuada el escorbuto cobró su peaje. Por ejemplo, de los 700 hombres del Regimiento de Lorca solo 181 desembarcaron en condiciones de asumir funciones de inmediato. El navío San Pablo y las fragatas Prueba y Topacio arribaron a puerto con un refuerzo de 1.500 soldados, de los cuales solo 615 pudieron bajar a tierra por sus propios medios, debiendo hospitalizarse el resto hasta su recuperación. Y más grave fue el naufragio del navío El Salvador, en la bahía de Maldonado, donde fallecieron 505 de los 549 integrantes del Batallón de Albuera.

La escuadra del Apostadero también comenzó a perder crédito, porque a toda vista se la veía endeble, integrada por buques viejos, mayormente mercantes armados y no verdaderas naves de guerra, mal cuidadas, y artilladas sin un criterio de unidad de calibres.  Además, el adiestramiento de las tripulaciones era bajo y la moral de los hombres caía en picada, según lo reconoció el nuevo comandante naval, Capitán de Navío Miguel de la Sierra, en un informe al Gobernador Vigodet.  Los rumores pronto ganaron la calle, aunque la flota siguió recibiendo el apoyo logístico de los comerciantes y el emocional de los pobladores en la medida que era la única capaz de mantener abierta una línea de aprovisionamiento de alimentos a la ciudad.

Montevideo fue también el refugio de los funcionarios reales que fueron abandonando sus plazas a medida que la revolución se extendía por el caduco virreinato, acudiendo a intramuros para conservar puestos y tratamientos o en espera de embarcar hacia España.  Entre estos estuvieron los Ministros de Consulado, los Jueces, Oidores y Veedores de las Reales Audiencias, los Tesoreros de la Real Aduana, y cualquier otro funcionario designado desde Madrid o Sevilla.  Como en la ciudad conservaban honores, títulos y privilegios, muchos decidieron quedarse, en espera de una reconquista de la que estaban convencidos de su ocurrencia.

El clero no fue ajeno a las consecuencias de la Revolución de Mayo.  Existía desde varias décadas atrás un cisma entre los clérigos provenientes de España y los ordenados en seminarios americanos. Esa división, poco cristiana, era profunda y bien marcada, lo que llevó que ante el levantamiento de Buenos Aires el clero vernáculo se plegara de inmediato a la Revolución y que los sacerdotes españoles migraran en masa hacia Montevideo(2).

Con la prolongación del sitio, el “lugar de lo español” paso a convertirse en “el lugar de encierro”.  Una ciudad desarrollada para 7.000 habitantes pasó a tener 11.000, con el consecuente hacinamiento.  El desabastecimiento derivado del bloqueo hizo que hubiera alimentos a nivel de subsistencia, pero faltaban otros artículos también necesarios para la vida diaria, como el jabón para la higiene personal o la leña para cocinar.  Las familias del patriciado sorteaban la penuria un poco mejor. Varios de ellos tenían quintas extramuros o buques menores que los proveían de bártulos diversos adquiridos en poblaciones, villas costeras o en la misma Buenos Aires, pero cuya distribución fue un coto cerrado de las familias asociadas.  Para el resto de los montevideanos, las penurias del desabastecimiento se fueron agudizando con el correr de los meses.

Montevideo, símbolo puro de la lealtad a España en el Atlántico Sur, comenzó a sufrir el descreimiento en la resistencia, y esto se fue haciendo evidente en la división entre los pobladores.  La primera fue entre criollos y españoles, pero esta fue pronto superada por la subdivisión entre los mismos peninsulares.  Por un lado estaban los “Vicentinos”, grupo de ancianos radicales convencidos de la inminencia de una reconquista militar que habría de fusilar a todos los revolucionarios y simpatizantes, y por otro los “Empecinados”, integrado por hombres de mediana edad también convencidos de una reconquista pero a más largo plazo y dispuestos a negociar el futuro con los revolucionarios vencidos. Pero el enfrentamiento de estos subgrupos nunca pasó de la retórica, quizá porque la rápida caída de la ciudad no les dio tiempo a materializar la polarización.

En esas circunstancias, se sucedieron los fracasos militares.  En tierra, a Las Piedras se sumó la derrota de Cerrito y la pérdida de la Isla de Ratas.  En el mar las victorias pírricas de Martín García y Arroyo de la China fueron superadas por la pérdida de Martín García, verdadera llave de los ríos, y la derrota final en el combate del Buceo.

Montevideo enfrentó la rendición, y dejó de ser un bastión leal a la corona española.  De allí en más sería gobernada por bonaerenses, artiguistas y portugueses.  Cada uno de esos gobiernos tuvo diferentes tratos y formas de control sobre los montevideanos, aunque con un único punto común: considerarlos sospechosos de seguir siendo leales a España.

Montevideo bajo bandera de Buenos Aires

Al día siguiente de la derrota naval del Buceo, Montevideo amaneció dividido, entre la ciudad leal y la ciudad quebrada, y una cierta anarquía ganó las calles, produciéndose una seguidilla de actos delictivos contra la propiedad de los particulares, en particular los españoles, y la profanación de templos y cementerios.

El control bonaerense sobre Montevideo se extendió desde el 23 de junio de 1814 al 1 de marzo de 1815, en que la ciudad fue entregada a José Artigas a través de su primo, Fernando Otorgués.  La figura más visible del nuevo gobierno fue Nicolás Rodríguez Peña como delegado extraordinario del Director Supremo, gobernador político y militar de la Provincia Oriental, cargo que ostentó hasta el 21 de agosto.  Fue subrogado por el Coronel Miguel Estanislao Soler y luego por los interinatos de los también coroneles Domingo French e Ignacio Álvarez. La Escribanía de gobierno fue ocupada por Esteban Agustín Gascón y la Secretaría de Gobierno por Pedro Feliciano Cavia.

La etapa bonaerense fue pródiga en negociaciones diplomáticas en las que el equilibrio entre las fuerzas bajó a segundo plano las definiciones políticas.  Procurando mantener el control de Montevideo, Buenos Aires negoció un acercamiento con Artigas, mientras que por canales reservados no dudó en aproximarse a España para subyugar a las demás provincias (prometiendo lealtad  a Fernando VII), ni en negociar con la corte portuguesa (alabando a su regente), en un período en que las tendencias monárquicas campeaban en el Directorio en forma paralela al republicanismo de Artigas.  Esto llevó a un enfrentamiento que se materializó en Guayabos, enero de 1815, con el triunfo militar de los orientales.
La mediación de Nicolás Herrera, delegado extraordinario de Buenos Aires ante Otorgués, permitió encontrar una fórmula de paz para el desalojo ordenado de la ciudad de Montevideo. Artigas reclamó la suspensión del embarque de botín de guerra de la Banda Oriental, la retirada de todas las tropas de Buenos Aires y de Entre Ríos, y la devolución de la mitad del saqueo ya trasladado, lo que fue aceptado en palabras, porque en los hechos se continuó con el acarreo de armas, bienes y haciendas, y nada se devolvió de lo ya saqueado.  El 25 de febrero comenzó la retirada de las tropas, y el 1 de marzo de 1815, en el saladero de Durán los vecinos de Montevideo nombraron a sus electores.

El trato que Buenos Aires dispensó a los montevideanos durante los nueve meses de gestión estuvo signado por medidas de persecución contra las elites de  los fieles a España. La plaza había sido rendida “a discreción”, pero bajo ciertas condiciones que pronto fueron ignoradas por los vencedores.  Luego de confiscar armas, barcos y otros suministros de guerra del gobierno, se actuó sobre los bienes de los “Españoles Ausentes”, doblemente estigmatizados por ser enemigos de la revolución y por la cobardía de haber huido(3). Después vino la confiscación para los “Españoles Presentes” en la ciudad, los comerciantes (barcos, depósitos de mercaderías, inmuebles esclavos, alimentos, herramientas, etc.) algunos de los cuales ya habían puesto a buen recaudo parte de sus activos porque nunca creyeron en la buena fe de la capitulación anunciada por Vigodet.  Pero como la maniobra no había pasado desapercibida para informantes del Directorio, los comerciantes que lo hicieron o sospechados de haberlo hecho) recibieron multas y embargos a pagar con ganancias futuras, si alguna vez llegaban a tenerlas.

Por otra parte, se aplicaron en Montevideo las mismas disposiciones de orden público que rigieron en Buenos Aires después del 25 de mayo de 1810.  Los “españoles europeos” (sintagma aplicado a los leales a España en lugar del gentilicio “montevideano”) no podían montar a caballo sin previa autorización, no podían reunirse en grupos de más de tres, no podían portar armas (antes fueron obligados a entregar todos los armamentos que tuviesen), no podían mudarse, ni cambiar de domicilio, ni salir de la ciudad sin previa autorización, ni tener más de un esclavo por familia. Quien violara estas normas corría el riesgo de ser acusado de “conspirador”, cuyo castigo iba desde cárcel a la pena capital.

Los clérigos que permanecieron en la ciudad durante el sitio fueron detenidos y remitidos a Buenos Aires.  Acusados de haber “perturbado y seducido las conciencias de los habitantes de esta Plaza”, fueron desterrados a monasterios de lugares inhóspitos del territorio pampeano, para que a través de la oración y la reflexión la dureza del clima los ayudara a purificar sus ideas.

Los leales a España que permanecieron en Montevideo soportaron con estoicismo y silencio las imposiciones de los gobernantes.  Pero las que no permanecieron indiferentes fueron sus mujeres, las que nunca ocultaron el desagrado que les producían los nuevos amos. El periódico “El Sol de las Provincias Unidas”, en su edición del lunes 22 de agosto de 1814 informó que la tarde anterior, cuando se reabrió la Casa de la Comedias, al ejecutarse el himno de la Revolución de Mayo, las esposas e hijas de los “españoles europeos” permanecieron sentadas, sin ponerse de pie, como sí lo hicieron criollas e inglesas. También que, durante una jornada de reflexión en la Iglesia de San Francisco las damas iniciaban sus oraciones con la frase “En la muy Fiel Reconquistadora y Benemérita Ciudad de San Felipe y Santiago  de Montevideo”, título que había sido declarado nulo por las autoridades de ocupación.

Montevideo bajo bandera de Artigas

José Artigas asumió por primera vez el control total de la Provincia Oriental en marzo de 1815, sentando su capital política en Purificación, sobre el río Uruguay, su Cuartel General desde donde ejerció como gobernante y capitán general.  En la campaña, la autoridad del estado era ejercida por los comandantes militares mientras que en los poblados lo hacían los cabildos.

En Montevideo, la autoridad recayó sobre el Coronel Fernando Otorgués, primo de Artigas, quien detentó  el cargo de gobernador político y  militar, secundado por Miguel Barreiro como Secretario y un Cabildo integrado por once cabildantes elegidos entre los electores surgidos de la reunión del Saladero de Durán.

Apenas Otorgués entró en la plaza publicó un bando que básicamente criminalizaba la condición de ser español en Montevideo.  Ningún hispano podría en más intervenir en los asuntos públicos de la Provincia (quien es lo hicieran serían fusilados), perdieron los derechos de reunión pacífica y sin armas, de opinar en contra del gobierno, y de profesar ideas contrarias a las que inspiraron la Admirable Alarma.

Después vino la confiscación de los pocos bienes que habían quedado sin incautar por los bonaerenses, y la expulsión de los españoles europeos de la ciudad.  Esto último, más que una pena fue una bendición para aquellas familias hispanas que poseían establecimientos de campo en el interior, donde pudieron recogerse y ocultarse, viviendo tranquilos en el olvido. Esta situación de ausencia de la ciudad facilitó la tarea confiscatoria de la Comisión de Propiedades Extrañas.

Pero los que carecían de establecimientos de campo fuera de la ciudad no pudieron acogerse a la bendición de la expulsión, y debieron afrontar todo el peso de la culpa de ser españoles. Intimados por el gobierno a pagar contribuciones obligatorias que estaban más allá de sus posibilidades, y forzados a entregar lo poco que tenían, pasaron a vivir en extrema miseria.

A fines de mayo corrió el rumor de la próxima aparición de la fuerza del Mariscal Morillo a reconquistar el virreinato. Buenos Aires envió varios buques a Montevideo para evacuar familias criollas que quisieran buscar refugio en otras localidades  de la provincia, mientras que el Cabildo montevideano inició preparativos de defensa, cuyo costo fue cargado sin clemencia a los pocos comerciantes españoles que aún quedaban.

A estas penurias, se sumó el comportamiento indisciplinado de algunas tropas de Otorgués, que a menudo ebrias recorrían las calles de la ciudad gritando “Mueran los Godos”, cometiendo desmanes en comercios y templos.  Esto provocó la crispación de los pocos españoles europeos que quedaban en Montevideo, quienes perdieron la paciencia y el miedo, quejándose ante el Cabildo sin temor a recibir represalias.

Atendiendo los clamores de los habitantes de la ciudad, en julio de 1815 el General Artigas envió al Coronel Fructuoso Rivera a Montevideo como relevo de Fernando Otorgués, quien fue designado para atender el frente norte fronterizo con el Brasil de Portugal.

Lo primero que hizo Rivera fue disciplinar la tropa propia, la que acostumbrada al libre albedrío no fue sencilla de dominar. Pero no le tembló la mano a Don Frutos a la hora de ordenar castigos ejemplarizantes hasta devolver a la ciudad las garantías para el renacer de la confianza pública y el respeto a los derechos privados.

Después, Rivera propició algunos cambios en la relación con los españoles europeos.  Según una carta de Felipe Contucci, que lograra escapar a Río de Janeiro en julio de 1815, “… en esta ciudad ya no hay un solo español europeo, exceptuando unos cuantos viejos desgraciados. Algunos han emigrado a tiempo, pero los infelices que han quedado han sido víctimas de la ferocidad de los rebeldes orientales … Montevideo es digno de la mayor lástima y compasión …”(4).

Pero para algunos españoles europeos, el cambio de medidas de Rivera no significó una mejoría. Aquellos sospechados de seguir apegados a la corona de Borbón, o de colaborar con los enemigos de Artigas, fueron enviados a Purificación acusados de perturbar el orden social y el sosiego público.  Los condenados eran trasladados con sus familias y debían permanecer trabajando en un campo cercano a El Hervidero, donde se esperaba que las labores rurales los “purificaran”. Allí compartieron labores con un grupo de 60 familias de aborígenes abipones, traídos de Santa Fe para asentarse en un experimento de desarrollo agrícola. Del grupo de españoles europeos llevados a Purificación, ninguno regresaría a Montevideo durante el periodo artiguista.  Unos pocos murieron allí, mientras la mayoría fueron ayudados a huir, encontrando refugio en Brasil.

Entretanto, se produjo la invasión portuguesa de la Provincia Oriental, cobijada en secreto por el Directorio de Buenos Aires para neutralizar el proyecto federal de Artigas.  En diciembre de 1816 cayó Maldonado y un mes después las fuerzas al mando de Carlos Federico Lecor estaban a las puertas de Montevideo.  El 19 se produjo la rendición y al día siguiente el general portugués recibió las llaves de la ciudad de manos de Jerónimo Pio Bianqui en representación del Cabildo.  Después el comandante invasor fue acogido en la Iglesia Matriz, donde se celebro un Tedeum en agradecimiento al orden europeo que habrían de restaurar los conquistadores.  Montevideo dejo de ser libre.

Montevideo bajo bandera de Portugal

La invasión lusitana a la Banda Oriental fue una campaña militar destinada a ser culminada en cinco meses, pero que en realidad se prolongó casi cuatro años.  Como Artigas mantuvo el control de la campaña hasta enero de 1820, Montevideo volvió a ser una ciudad sitiada, con los portugueses adentro y los orientales afuera, aunque esta vez el cerco no sería tan férreo ni tan  cercano.

De inmediato se dio un conflicto interno entre ocupantes y españoles.  Al iniciarse la invasión (1816) el Encargado de Negocios de España en Río de Janeiro reclamó que no se nombraran autoridades lusitanas en la Banda Oriental sin contar con el aval de Fernando VII, ni que se enarbolara en los territorios ocupados otro pabellón que el de España.  La cancillería portuguesa aceptó de recibo estos reclamos, pero informó al diplomático que se habrían de cumplir luego de dominado plenamente el territorio oriental, y cuando Artigas hubiera dejado de ser una amenaza para sus fronteras.  En los hechos, fiel con las tradiciones de la Casa de Bragança, esta promesa fue ignorada.

Carlos Federico Lecor, Gobernador y Capitán General de la Provincia Oriental, nombró al General Sebastiâo Pinto de Araújo Correa como Gobernador de Montevideo y Presidente del Ayuntamiento.  Destituyendo a los cabildantes adictos a Artigas, se nombró a otros en su lugar, los que juraron lealtad a su Majestad Fidelísima Joâo VI de Bragança y no a Fernando VII de Borbón.

De inmediato, por directivas de Lecor, los invasores comenzaron con una campaña de captación de las simpatías de las familias montevideanas hacia la casa gobernante de Portugal, y no a la de España.  Se devolvió la ciudad a la vida social, con un amplio despliegue de oficiales lusitanos procurando entablar lazos afectivos (después familiares) con jóvenes damas del patriciado de la ciudad.  La respuesta de los montevideanos fue favorable, actitud que se vio reforzada al no producirse la anhelada Expedición Morillo. En términos generales, la vida de los hispánicos de Montevideo mejoró notoriamente bajo la bandera de Portugal.

Los fieles españoles montevideanos, hastiados del dominio artiguista, recibieron con beneplácito a los lusitanos.  Sin embargo, el nuevo poder que ocupó la ciudad pronto dio señales de que la corona de Bragança venía a sustituir a la de Borbón, lo que levantó recelos entre los leales a ultranza.

Este sentimiento se vio reforzado cuando Lecor devolvió a España los oficiales hispanos encarcelados en la Provincia Oriental (como José Posadas, José del Pozo, Benito Chaín, entre otros). Habían quedado detenidos por los patriotas y al no ser licenciados del servicio seguían perteneciendo a los ejércitos peninsulares. Sin que nadie les preguntara su opinión, un brigadier, cinco coroneles, un sargento mayor, siete tenientes y treinta y cuatro sargentos y cabos fueron embarcados hacia España previa escala en Río de Janeiro, en lugar de ser restituidos a los puestos o cargos que ostentaran dentro de la estructura orgánica de la ciudad.

Simultáneamente, la corona de Bragança otorgó títulos nobiliarios a varios montevideanos, que los colocó en el estamento superior de la escala social, brindándoles un prestigio propio y la ilusión de integrar la Corte del Barón de la Laguna, el representante de Joâo VI, algo que Fernando VII no les había dado(5).  A los nuevos fieles a Bragança que no recibieron títulos les fueron otorgadas tierras o regalías económicas, todo con el fin de captar a los montevideanos hacia la égida del rey de Portugal. 

Pero no todos los obsecuentes al nuevo amo participaron del reparto de estímulos, y fueron ellos los que protestaron por el cambio de lealtad reclamando a los lusitanos el retorno de la provincia al ámbito de la hispanidad, y criticando a sus pares por el cambio de fidelidad.  Un informe del Coronel español Fernando Cacho, del 29 de setiembre de 1817, dividía  los españoles americanos en tres clases; los realistas, los rebeldes y los indiferentes. Los primeros fueron los leales a ultranza siempre esperanzados en la llegada de la expedición de reconquista, los segundos los que se plegaron al proceso revolucionario, mientras que los últimos fueron los obedientes al nuevo amo portugués(6).

Para fines de 1819 ya no quedaban dudas entre los fieles montevideanos que la bandera de España no volvería a flamear sobre la ciudad, al menos mientras estuvieran bajo dominio de Portugal.  Cuando en 1820 los lusitanos terminaron con la resistencia de Artigas, se confirmó la imposición de la corona de Bragança sobre la de Borbón, expresión que alcanzaría su momento culminante cuando en 1821 la Banda Oriental fue incorporada al Reino de Portugal, Brasil y Algarve con el nombre de Provincia Cisplatina.

Esta no fue la opción más apreciada por los leales españoles, aunque sí la reconocían como mejor al reinado de anarquía de Otorgués.  Para ellos, todo se limitó entonces a esperar, a acostarse cada noche extrañando a Fernando VII y despertando con la ilusión de su regreso, sintiendo que este Montevideo ya no les pertenecía pero querían recuperarlo. Pero esto no pasó de una aspiración de deseo, y aún les restaría vivir una década más de cambios de amos e incertidumbres. 

Colofón

En la primavera de 1822 la bandera de Portugal que ondeaba en el Fuerte fue sustituida por la de Brasil, aunque eso no significó cambios en el relacionamiento entre los habitantes de Montevideo y los invasores, ahora brasileños pero también fieles a la Casa de Bragança. 

Todo siguió igual, hasta 1825, cuando tras el desembarco de los 33 Orientales, sus campañas militares y el Congreso de Piedra Alta los montevideanos percibieron que un nuevo cambio de bandera sería inevitable.  Para esa fecha, fieles a España quedaban muy pocos en la ciudad, que estaban más preparados para enfrentar la incertidumbre.  En cambio, para los nuevos fieles luso=brasileños el sentimiento predominante fue de inseguridad y dilema, lo que llevo a muchos a trasladarse a Rio de Janeiro cuando entendieron que la situación era irreversible  y no estaban dispuestos a repetir experiencias, en particular aquellas familias que por lazos matrimoniales se habían emparentado con los invasores. Pero eso escapa al marco temporal de este evento.