Congreso Internacional de Historia
Bicentenario de la Campaña Browniana en el Rio de la Plata (1814-2014)

ESCUELA DE DEFENSA NACIONAL, 22 y 23 de octubre de 2014. Ciudad Autónoma de Buenos Aires.


"El enemigo heroico. D. Jacinto Romarate frente a la expansión revolucionaria en el Río de la Plata."
por el Mg. Carlos Nicolás Pesado Riccardi
(1)

 
   
   
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  “Vean en la mano del español una espada, que castiga
traidores,  y un corazón sensible que perdona rendidos.”
J. Romarate
   

Es inevitable cuando se realiza el estudio de las campañas militares por la independencia, conocer y analizar el papel de aquellos que lucharon por defender el statu quo imperante anterior a mayo de 1810, militares del denominado “bando realista”, criollos o peninsulares, cuyo objetivo principal fue evitar que la onda expansiva de la revolución siguiese extendiéndose hasta provocar un estallido general que hiciese perder los derechos de S.M. sobre sus dominios sudamericanos.

En el Río de la Plata los oficiales de la  Real Armada española tuvieron, en su mayoría, un compromiso a favor de la contrarrevolución, a excepción de oficiales de origen criollo como Viana, Matías de Irigoyen, Zapiola, Thompson, Warnes, Blanco Encalada, y Linch, o de origen peninsular y de alta graduación como el jefe de escuadra Pascual Ruíz Huidobro, quienes comulgaron con los principios revolucionarios surgidos en Buenos Aires.

Del otro lado, oficiales navales superiores ya probados en el mérito y la fidelidad ocuparon puestos relevantes dentro del virreinato, al igual que en las distintas comisiones que fueron surgiendo a la hora de oponerse a los embates revolucionarios surgidos en Buenos Aires y que amenazaban con expandirse hasta el mismísimo Perú.

En breve síntesis, nos encontramos a marinos de la talla de Baltasar Hidalgo de Cisneros, destacado en las acciones de San Vicente y Trafalgar, ocupando el cargo de virrey del Río de la Plata; al brigadier Juan Gutiérrez de la Concha como gobernador intendente de la importante como estratégica gobernación de Córdoba del Tucumán, al tan bien recordado jefe de escuadra y antiguo virrey Santiago de Liniers, sacrificando su vida junto al anterior en el monte de los Papagayos, al capitán de fragata José de Córdoba y Rojas comandando las tropas realistas en Cotagaita y Suipacha, como así también la figura del brigadier José María de Salazar, jefe del apostadero naval de Montevideo en 1810, quien con sus disposiciones convirtió la banda oriental del Plata en fortaleza de la contrarrevolución, gracias a la actuación del resto de los oficiales de marina, como fue el caso de Jacinto Romarate.

Será la figura de este último la que ocupe la atención del presente trabajo; oficial naval español de gran desempeño, con más de 40 años de servicio, recordado en el Río de la Plata por ser el gran contendiente del almirante Brown y su escuadra, pero también por sus méritos militares durante las invasiones británicas de 1806 y 1807. Creemos interesante recorrer las páginas de su vida en aquellos momentos tan álgidos, de fidelidades enfrentadas, recursos escasos, donde la pericia se ponía a prueba y las circunstancias transformaban en enemigos a los antiguos camaradas.

Origen familiar y antecedentes navales previos a la revolución rioplatense

Fueron tres los hermanos Romarate que ingresaron en la Real Armada española, según los expedientes de probanzas de los caballeros guardias marinas del archivo del Museo Naval de Madrid. Sus nombres eran Pedro, Jacinto y Manuel Romarate y Salamanca, provenientes de Sodupe (Vizcaya), hijos de Manuel José de Romarate y de Nicolasa de Salamanca. Familia hidalga y de posición, que cumplía con las exigencias sociales y económicas establecidas por las ordenanzas navales para los nuevos aspirantes.

Consta en su probanza la respectiva información testifical en Güeñes que acreditaba la genealogía y la hidalguía por sus cuatro abuelos tanto de él como de su hermano Pedro, dado que sentaron plaza de guardias marinas juntos, el 29 de mayo de 1792 en el Departamento de Ferrol(2). Su padre, figuraba como descendiente y poseedor de las Casas Torres Solariegas e Infanzonas de la Quadra, Sodupe, Sanchosolo y Recalde; con sendas armas heráldicas; y de capilla, con su tumba, blasón y asiento en los lugares de la Quadra y San Vicente de Sodupe. Mientras que por línea materna, se menciona que eran dueños de la Torre Solar de Aedo en el valle de Carranza, con capilla, colegio y patronato, instituido todo por el arzobispo de Palermo, don Diego Ochoa de Haedo, tío de la madre de los guardias marinas, en 1599. También se da noticia, certificada documentalmente, del nombramiento de su padre en 1752 como alcalde de Orduña, y de su abuelo paterno como alcalde juez ordinario de la propia ciudad en 1690.  En la línea materna se destacaba por su parte la relación de los hábitos de Calatrava y Santiago con don Gerónimo (Calatrava - 1650), y don Francisco de Salamanca, (Orden de Santiago - 1664).

Jacinto Benigno, como se llamaba nuestro marino, nació el 12 de febrero de 1775, y se incorporó a la edad de 17 años en la Real Armada. Se destaca en su hoja de servicios que estuvo embarcado de subalterno en Europa hasta 1804. De guardia marina fue destinado en 1793 en el gran navío Reina Luisa, embarcación de tres puentes y 112 cañones, al mando del brigadier Tomás Gómez Gayangos, y estando allí fue ascendido a alférez de fragata. Su primera experiencia se daba en uno de los grandes navíos que formaron parte del bloqueo del arsenal francés de Tolón, debido a la guerra contra la Convención francesa declarada a partir de marzo de aquel año.

En el Reina Luisa el propio almirante Lángara izó su insignia.

Posteriormente conformó la plana mayor en distintas embarcaciones de la escuadra que operaba en el Mediterráneo, como el navío Mexicano de 112 cañones (embarcó en enero de 1795), el Monarca de 74 (marzo 1796), las fragatas Dorotea (noviembre 1796) y Mahonesa (noviembre 1797), de 40 y 34 cañones respectivamente, la corbeta San Gil de 22 (enero 1798) y el bergantín Tártaro de 18 (octubre 1798). Sus comisiones pasaron generalmente por conducir caudales y convoyar embarcaciones mercantes.

http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/7/7e/Romarate_Anonimo_MuseoNavalMadrid.png Jacinto Romarate. Anónimo (Museo Naval. Madrid)

Destinado casi tres años y medio al apostadero de Mallorca, mandó allí algunas embarcaciones menores como la jábega cañonera Núm. 1, las balandras cañoneras Núm. 9 y Núm. 4, y la obusera Núm. 2, que le brindaron sus primeras experiencias al frente de aquellas unidades menores. Quizá por haber estado tanto tiempo embarcado fue que solicitó una real licencia por 4 meses, permiso que se le concedió en 12 de abril de 1802. Al reincorporarse tuvo la grata noticia del ansiado y esperado ascenso a alférez de navío, grado que obtuvo el 5 de octubre de aquel año.

Continuó sirviendo en julio de 1804 en la corbeta-correo Infante Francisco de Paula, siendo ascendido a teniente de fragata a finales del mencionado año. En aquel destino cambió las aguas del Mediterráneo por las del océano Atlántico.  Puerto Rico, Cartagena de Indias, y La Habana fueron sus viajes,  hasta que arribó con la misma embarcación al apostadero naval de Montevideo donde quedó agregado en 1806.

Conocida fue su activa y comprometida participación junto al resto de oficiales de la Real Armada durante las invasiones británicas de 1806 y 1807 al Río de la Plata. Ocupada la capital del virreinato por las tropas de Beresford, el teniente Romarate formó parte de aquella flotilla sutil al mando del capitán de fragata Juan Gutiérrez de la Concha, encargada de transportar al capitán de navío Santiago de Liniers y su expedición reconquistadora desde la banda oriental del Plata hasta Buenos Aires.  A Romarate se le asignó el mando de la cañonera denominada Vizcaína, embarcación de 15 a 18 metros de eslora, de poco calado, armada generalmente con un cañón de “a 18” o de “a 24”.

El 29 de julio el bergantín cañonero británico Encounter se aproximó al puerto de la Colonia con el fin de observar el estado de situación de la escuadrilla de Gutiérrez de la Concha para informar al mando inglés. Ante esto, el capitán Concha dio directiva a las cañoneras de zarpar para batir a la nave enemiga. La Viscaína de Romarate fue la única embarcación que pudo ponerse a tiro, y si bien no consiguió abordar al bergantín, logró causarle serias averías en su popa gracias a un eficiente fuego de su cañón. Posteriormente al cruce de las tropas, no tuvo participación en las acciones de la reconquista como sí lo hicieron varios de los oficiales de la Real Armada. Él debió quedarse a bordo mientras muchos de sus camaradas pasaron a integrar la fuerza de marinería que constituyó el cuerpo de reserva.

Sin embargo, en el informe sobre las operaciones de la reconquista de Buenos Aires que elevó Gutiérrez de la Concha al secretario de estado, se menciona explícitamente la serenidad y espíritu de Romarate en el episodio del ataque al bergantín británico; además de solicitar para él y otros oficiales un ascenso (…) por su pundonor, exactitud y fatigas(3).

Ascendido a teniente de navío el 24 de febrero de 1807, participó ese mismo año de la difícil defensa ante la nueva intentona británica por apoderarse del virreinato, pero esta vez la situación era totalmente distinta. La flota inglesa era poderosa y dominaba completamente el río, había caído la Plaza de Montevideo, y las fuerzas enemigas que desembarcaron en Ensenada para poner rumbo hacia la capital eran diez veces más poderosas que la anterior incursión de Beresford, superando los 10.000 efectivos.

En ese entonces ya se encontraba Romarate en Buenos Aires, a las órdenes del virrey, mandando alternativamente la balandra San José y la sumaca Carmen. Pero su más destacada participación la tuvo en tierra, siendo parte de la defensa de uno de los puntos más importantes, y objetivo fundamental de los británicos en su avance, la plaza de toros del Retiro, donde se encontraban los depósitos de artillería. Sin lugar a duda, fue el combate más encarnizado que se desarrolló durante la defensa de Buenos Aires.

En el dispositivo defensivo organizado por Gutiérrez de la Concha, comandante de la defensa del Retiro, le tocó al teniente Romarate ocupar con otros 40 hombres una azotea al noroeste de la plazuela. Sostendría aquella posición con el fuego de un obús dirigido hacia una de las calles, y un cañón con dirección a la Recoleta. El almirante e historiador argentino Laurio Destefani describe la acción y situación de Romarate en aquel punto:

Romarate con sus cuarenta hombres atacó a un enemigo diez veces superior y le causó bajas desde la azotea de la casa donde estaba apostado, pero no pudo impedir su aproximación. Los ingleses rebasaron la casa, pero fueron recibidos por el fuego de fusilería y cañón desde el circo de Toros y entonces se parapetaron detrás de la casa donde estaba Romarate, forzaron su puerta y penetraron a la bayoneta, matando veintiséis de sus cuarenta hombres. Romarate, su segundo Dávila y los hombres restantes pudieron replegarse hacia el reducto central(4).

Sin embargo, pese a la sacrificada defensa de los 900 españoles allí apostados, los atacantes británicos, caracterizados por su mayor número, veterana condición, y valentía, conquistaron la mencionada Plaza luego de tres horas de feroz combate.

El teniente Romarate quedó entonces prisionero junto al capitán de navío Concha, el capitán de fragata Michelena y el resto de sus camaradas, además de las otras tropas que no eran de Marina (Compañía de Patricios, de Granaderos de Galicia, Escuadrón de Usares, Patriotas de la Unión, Compañía de Pardos y Naturales, y agregados a la artillería); pero pronto recuperó su libertad como consecuencia de la capitulación británica.

Por su acción heroica durante la defensa de Buenos Aires fue incorporado en las listas de recompensas, premios y honores, siendo ascendido al grado de capitán de fragata el 23 de noviembre de 1807.

Su espada contra la Revolución

Ya había dado muestras Romarate de su fidelidad a la autoridad virreinal, y en definitiva, a los principios del status quo político, cuando se mantuvo en oposición explícita a las juntas constituidas en detrimento de la autoridad detentada por sus superiores y camaradas al frente del virreinato. 

Cuando el gobernador de Montevideo D. Francisco Javier de Elío, en clara oposición al virrey interino y jefe de escuadra D. Santiago de Liniers, constituyó una junta de gobierno el 21 de septiembre de 1808, él integró el grupo de oficiales en Buenos Aires, junto a los quince que llegaron desde la Banda Oriental por negarse a reconocer aquella junta que consideraron ilegal y subversiva, que apoyaron a Liniers con total subordinación.

Debemos aclarar que otros oficiales de la Real Armada sí reconocieron y prometieron obediencia a dicha junta: El capitán de fragata Bernardo Bonavía, los tenientes de navío Diego Ponce de León y Domingo Allende, el teniente de fragata Benito Lagos, el alférez de navío Joaquín Ugarte y el de fragata José Enrrique. Esto es un ejemplo más de la dimensión de la lucha siempre existente entre Montevideo y Buenos Aires pero también nos deja señales importantes del estado de situación en el seno de la oficialidad. En una misiva al Ministro de Marina D. Antonio Escaño, el teniente de navío Diego Ponce de León expresaba lo siguiente en relación a lo sucedido:

[…] un virrey francés de origen, y sentimientos, es sostenido escandalosamente por casi todos los oficiales de la Armada que se hallaban en este Apostadero, desatienden los documentos que se les presentan de la conducta de aquel (de la que supongo impuesto a V.E.) no reconocen la Junta de Gobierno formada aquí para ser el baluarte inexpugnable de la salvación de la América del Sur, y salen de este Puerto para obedecerle, bloquearnos y ser el apoyo de sus excesos.
Tal ha sido la conducta de casi todos los oficiales de la Armada, a quienes el virrey y comandante de Marina (unión viciosa e inaudita) atrajo a su partido a fuerza de amenazas […](5)

Sus palabras sorprenden por la crítica mordaz que realiza al virrey Liniers, con argumentos comúnmente expuestos por el cabildo de Buenos Aires y por sus opositores en Montevideo, pero atípico en un oficial de Marina. Esto nos demuestra también la división que se generó entre los oficiales del apostadero ante el surgimiento de la junta, pero también un quiebre en la subordinación, y una ruptura en el respeto a la jerarquía naval inmediata, como se desprende de la cita anterior y del párrafo siguiente: 

Me exalto Exmo. Señor al ver la criminal apatía de estos hombres llenos de grados, y riquezas tan poco dignos de llevar la divisa de Españoles.
No crea V.E. jamás que mi ánimo sea acriminar la conducta de mis compañeros, todos ellos han llenado a satisfacción pública los deberes militares durante la invasión de esta colonia por los enemigos, y si ha habido alguna escandalosa acción no ha sido en esta materia: Pida V.E. el expediente de las presas hechas en Buenos Aires, y se escandalizará V.E. de la conducta del Señor Concha [Brigadier de la Real Armada y gobernador intendente de Córdoba del Tucumán en aquel entonces], y otros tres o cuatro oficiales dignos de ocupar un presidio, pero no le extrañará V.E. cuando sepa que en el Río de la Plata no ha habido un Comandante de Marina celoso, y que la impunidad ha sido la ley(6)

Al capitán Romarate también le tocó ser testigo de los tiempos de la fracasada asonada dirigida contra Liniers por el alcalde D. Martín de Álzaga el 1º de enero de 1809 como de los acontecimientos revolucionarios de mayo de 1810 que forzaron la renuncia del entonces virrey y también marino D. Baltasar Hidalgo de Cisneros. Siempre se mantuvo nuestro biografiado inalterable en su conducta, aunque el cuerpo de oficiales de la Armada volvió a demostrar, que si bien la mayoría no estaba a favor de ninguna novedad en el ámbito político, tampoco resultó un bloque monolítico. Un claro ejemplo fue cuando tres de los cuatro representantes de la Marina en el cabildo abierto del 22 de mayo de 1810, votaron por la deposición del virrey(7)

El 14 de junio de aquel año ordenó la Junta que marchasen a Montevideo en un plazo de 24 horas todos los oficiales de la Real Armada con asiento en Buenos Aires. Esto se debió a que no quisieron reconocer lo que consideraron como gobierno revolucionario. Fue así como los capitanes de fragata Jacinto Romarate y José Obregón, los tenientes de navío Domingo Navarro y Juan de Latre, los tenientes de fragata Miguel Villodas y Joaquín Sagasti, y el alférez de fragata José de Argandoña, tuvieron que zarpar rumbo al apostadero el 19 de dicho mes, mientras que el capitán de fragata José Laguna lo hizo efectivo poco más tarde.

La primera acción militar de Romarate en contra de la expansión revolucionaria, podríamos decir que la efectuó cuando participó en el desarme de los Voluntarios del Río de la Plata del coronel Prudencio Murguiondo y del cuerpo a cargo del teniente coronel Juan Balbín, jefe de los Voluntarios de Infantería ligera, quienes el 12 de julio de 1810 intentaron amotinarse para ponerse al servicio de la revolución.

El jefe del apostadero naval, brigadier José María Salazar, reunió para la represión de los amotinados una fuerza de mil hombres, contando también  con varios oficiales del regimiento de línea de Buenos Aires Dragones y Blandengues, ordenando también que acudiese rápidamente la milicia. Posteriormente, dividió sus efectivos en dos columnas, repartiendo en forma equitativa los efectivos del batallón de milicias.

Una columna estuvo al mando del capitán de navío Juan Ángel Michelena, siendo su segundo el capitán Laguna, mientras Salazar junto al gobernador Soria, se pusieron al mando de la segunda columna, para dirigirse por diferentes caminos hacia el cuartel de Balbín.

Romarate fue comisionado al de Dragones, llevando a sus órdenes la maestranza armada y cubriendo con ella la artillería volante que iba a la cabeza de la columna dirigida por  Salazar. Se colocó al frente de la puerta principal de dicho cuartel con la artillería, y una vez rodeado el mismo por el resto de la columna, lograron que se rindiesen los sublevados(8).

En su lucha contra Buenos Aires el brigadier Salazar estaba convencido que había que dominar la mar y asestar un golpe a la junta donde más le doliese, bloqueando el tráfico de su puerto para afectar su comunicación, suministro y economía. El bloqueo se inició en septiembre al mando del capitán Primo de Rivera pero un mes después Romarate debió reemplazarlo al frente de la operación por una enfermedad que le imposibilitaba cumplir con el servicio.  La división de buques estuvo compuesta por las corbetas Mercurio y Diamante, los bergantines Belén y Cisne, la sumaca Carmen, y los faluchos Fama y San Martín.

Pero la situación fue muy compleja para nuestro capitán. El bloqueo resultaba inútil dada la colaboración a la Junta de la teóricamente aliada de España y poderosa flota británica, a partir de la decisión del vicealmirante De Courcy de no acatar el mismo. A esto se le sumó  una conspiración en la tripulación de su corbeta con la intención de apoderarse de su persona y plana mayor para adueñarse de la embarcación y entregarla a Buenos Aires. 

Si bien tuvo que abandonar el bloqueo, manejó aquel principio de amotinamiento con mucha habilidad y prudencia. El 7 de enero de 1811 le remitió a Salazar desde las cercanías de la Isla de Hornos un breve parte donde le informaba que de común acuerdo con sus otros comandantes decidieron dar la vela de balizas con destino a Montevideo, por motivos de la mayor gravedad, y por considerarlo muy conveniente al servicio del rey. Comunicaba esto, dice, para que no le sorprendiese su llegada al jefe del apostadero. Pero imaginamos que no podía estar Salazar más que sorprendido por una comunicación que vaticinaba algo muy importante sin saber qué. Romarate había abandonado su comisión pero una actitud tal, proveniente de quien contaba con la confianza, el respeto y el aprecio del jefe del apostadero, no podía sino prenunciar algún hecho grave(9)

Salazar le respondió formalmente el 10 de enero, más allá que ya se habían encontrado personalmente para aclarar la situación. En su respuesta queda impuesto del “poderoso motivo que le ha obligado a abandonar el bloqueo”, sabiendo además que tenía en prisión a 30  de los principales cómplices. Le informaba también que el encargado de llevar la causa contra ellos sería el alférez de fragata Juan Navarro, y lo felicitaba por su accionar:

(…) desde luego manifiesto a vuestra merced mi satisfacción por la noble y sagaz conducta que ha tenido en esta delicada ocasión, consiguiendo con ella atajar el grandísimo e incalculable daño que se hubiera seguido a toda esta América si los inicuos consiguen su plan, y espero que con el mismo honor, acierto y patriotismo procederá en todas la que le presente el honroso cargo de mandar esa división para contener y hostilizar a los revolucionarios(10).

Esa esperanza que Salazar depositó en Romarate para que siguiese actuando en el futuro con “honor, acierto y patriotismo”, no se vería defraudada, y a partir de marzo de 1811 fue construyendo con argumentos sólidos su figura de primera espada de la contrarrevolución, siendo su victoria en San Nicolás de los Arroyos el primer combate del marino que se retiró luego invicto del Río del Plata.

San Nicolás (1811). La confirmación del líder

Se pueden tener criterios que maticen el enunciado de este apartado pero sinceramente creemos que el combate de San Nicolás lo confirmó al capitán Romarate en varios aspectos, tanto como líder de las fuerzas a su mando a través de la primera victoria contra la novel escuadrilla naval “patriota”, ganando la gracia de ser ascendido por mérito de guerra a capitán de navío, al igual que su consolidación como el enemigo a batir en el Paraná, una amenaza auténtica para la Junta, el sostén militar de Montevideo.

San Nicolás significó su primera experiencia bélica estando al mando de una división naval contra otra adversaria en aguas fluviales. No hablamos de bautismo de fuego dado que ya los había tenido a lo largo de su carrera, pero sí de un estreno de su persona en la toma de decisiones en ese tipo de circunstancias y contexto de fuerzas contrincantes, operaciones de abordaje y posibles consecuencias determinantes aparejadas por el triunfo o la derrota.

Sabemos igualmente que en análisis previo, en la comparación de las escuadras contendientes, la lógica indicaba que la victoria fuese para una flota “realista”, que pese a los problemas  de mantenimiento y falta de reclutamiento que tenía, se destacaba por la experiencia de sus oficiales al mando, y la disciplina de sus dotaciones. En cambio, fue compleja la realidad  de la denominada primera escuadrilla argentina, que pese a contar con el mando de valientes marinos como el maltés Juan Bautista Azopardo y el francés Hipólito Bouchard, no dejaban de ser tripulaciones bisoñas y plurinacionales, con lo que esto último conlleva a la hora de acatar rápida y eficazmente la voz de mando; carentes del orden y la idoneidad necesaria para el cumplimiento de cualquier gran empresa, y que la colocaba inexorablemente en inferioridad de condiciones.

Con la confrontación en San Nicolás la Junta debatía por primera vez con Montevideo, mediante fuerzas propias, el ansiado e importante control de las aguas. En este caso el objetivo era establecer y asegurar la presencia en el Paraná, vía de comunicación  hacia el Paraguay, punto donde tampoco había logrado entrar la revolución.

Romarate informa que avistó a los buques de la Junta en el amanecer del 1 de marzo de 1811. Consultada su plana mayor de la conveniencia de atacar navegando a favor o en contra del viento, que en aquellos parajes era significativo, resolvió que sí a los efectos de poder utilizar por más tiempo y con mayor ventaja la artillería gruesa de sus bergantines (11).

El combate de San Nicolás según croquis original de Azopardo

Escuadra Realista
Mando: Capitán de fragata Jacinto Romarate

Embarcación

Tipología

Mando

Observaciones

Cisne

Bergantín

1º: Teniente de fragata Manuel Clemente
2º: Alférez de fragata José de Argandoña

Insignia de Romarate
Dos cañones de a 18 a proa, y ocho de a 6 en los costados

Belén

Bergantín

1º: Teniente de fragata José María Rubión
2º: Alférez de fragata Toribio de Pasalaqua

Dos cañones de a 18 a proa, dos de a 8 en popa y ocho carronadas de a 12 en los costados

San Martín

Falucho

Alférez de navío José Aldana

Un cañón de a 6 y otro de a 8, ambos en colisa

Fama

Falucho

Alférez de fragata Joaquín Tosquella

Un cañón de a 6 y otro de a 8, ambos en colisa

Escuadra Patriota
Mando: Juan Bautista Azopardo

Embarcación

Tipología

Mando

Observaciones

25 de Mayo

Bergantín

1º: Hipólito Bouchard
2º: Manuel Suárez

108 hombres. 14 carronadas de a 12; dos cañones de a 12 a proa, y dos de a 8 a popa

Invencible

Goleta

1º: Juan Bautista Azopardo
2º: José Díaz Edrosa

66 hombres. Doce cañones, ocho de a 8, y los restantes de a 12

Americana

Balandra

1º: Ángel Hubac
2º:  Juan F. Díaz

26 hombres. Un cañón de a 6 giratorio,  y dos de a 3 en las bandas

Antes de iniciar la acción, Romarate recurrió al envío de un parlamentario para intimar a la rendición. El elegido fue el alférez de navío José Aldana pero no fue recibido  y regresó a bordo de su falucho. El objetivo quedaba claro, atacar y abordar a los buques enemigos en cuanto el tiempo lo permitiese. La escuadrilla de Azopardo, por su parte, arboló en sus trinquetes una bandera roja, en clara señal de que no pensaban dar cuartel.

A las 7 y media se acercó Romarate en su lancha armada para reconocer mejor y desde más cerca la posición “patriota”, hasta que sintió como rompían fuego contra él al alcanzar la zona de tiro, con lo que decidió retornar a su embarcación. A la mañana siguiente  dio la orden de dar vela aprovechando el viento sur, y atacar al enemigo.

Preocupó a nuestro comandante la información de sus vigías de la llegada por tierra en dirección de las barrancas de tropa de caballería con cuatro cañones de a 8, por lo que dio la orden al Belén, que navegaba a distancia de voz por su estribor, que siguiese junto a los faluchos los movimientos del Cisne, hasta observar que tipo de fuego recibirían desde la costa, buscando separarse de la barranca de la que navegaban a “un tiro de pistola”.

Al acercarse y virar sobre la escuadrilla “patriota” abrieron fuego, pero recibieron otro muy vivo tanto de los buques adversarios como de los cañones bien posicionados en tierra. Problemas tuvo la flota “realista” cuando al virar nuevamente por la cercanía a tierra vararon sus dos bergantines. Si bien lograron salir, el buque insignia lo hizo recién a las dos horas, sufriendo el intenso fuego de dos de los cuatro cañones apostados en tierra, los cuales consiguieron asestarle 4 disparos en el casco y aparejo.

Reunidos nuevamente y ante la novedad de que el falucho Fama tenía rota la corredera de su cañón que le imposibilitaba seguir atacando, dispuso Romarate que la tripulación de éste  pasara a engrosar la de los bergantines de cara al abordaje de los bajeles enemigos. La intención era que el Belén debía abordar a la goleta Invencible y el Cisne hacer lo propio con el 25 de mayo, sin preocuparse ni de la balandra ni del fuego desde la costa.

Informa Romarate en su oficio que se apoderaron del bergantín de Bouchard con la única desgracia de 4 heridos dado que muchos de los defensores del 25 de Mayo entraron en pánico y decidieron tirarse al agua, pero que fue mucho más encarnizada la lucha en el abordaje de la goleta Invencible, lo que motivó mayores pérdidas. Aquella “obstinada defensa de la goleta”, como la calificó el líder “realista” dio mayor brillo al comandante y demás individuos del Belén, pero había acarreado la dolorosa pérdida de 11 hombres, y 16 heridos. Como se ve, el valiente Azopardo no se entregó fácilmente.

Cuando Romarate da el parte de las bajas “patriotas”, se sorprende del número de ahogados motivado por aquellos que se arrojaron al agua en medio del abordaje por el temor a caer prisionero en sus manos. Resultan interesantes los conceptos que brinda al respecto, dolido por aquella situación donde se ponía en tela de juicio la existencia de códigos de humanidad hacia el vencido propios de cualquier digno oficial de Marina:   

He podido averiguar han perdido los buques apresados, 36 hombres entre muertos y heridos de armas; pero han sido aumentadas estas desgracias por algún número de ahogados, a quienes precipitó el criminal temor de su suerte en nuestra arbitrariedad, haciendo una injusticia horrorosa a la honradez, y humanidad que jamás abandonan a nuestros sentimientos tan inmutables como incapaces de imitar por las almas bajas que nos los censuran.

Esos principios los puso en práctica cuando fue a la captura en tierra de los prófugos del 25 de Mayo, a quienes condujo a bordo prometiéndoles que no serían tratados con violencia ni mal trato, y que no debían temer por su suerte. Promesa que cumplió, y aclara explícitamente en el parte, con los 62 hombres capturados luego del combate.

Aquella tan meritoria victoria, le valió a Romarate el ascenso a capitán de navío (graduado) con fecha 24 de mayo de 1811 y la Cruz de Marina Laureada. Por su parte, a Azopardo se le envió a España, donde fue juzgado y condenado a muerte, pero luego fue indultado y repatriado. Sin embargo, en Argentina se le juzgó muy duramente por su derrota pese a su verdaderamente heroica aunque desafortunada conducta, aunque luego fue repuesto en grados y honores(12).

La gaceta de Montevideo daba muestra de lo que significó el triunfo de San Nicolás en aquellos momentos críticos, y el propio Romarate afirmaba que había sido uno de los servicios más importantes que había realizado a S.M.:

Al fin la Junta de Buenos Aires ha recibido una lección importante de vuestro valor. Ella acaba de perder la única fuerza que podía disputarnos el señorío absoluto del caudaloso Paraná, y en la ignominia de que han cubiertos sus armas, conocerá el mundo, que no es lo mismo atacar pueblos indefensos, que batirse con hombres fuertes. Vosotros lo habéis sido: Vosotros digo los valientes del 2 de marzo. En vano la envidia procura menguar la gloria de ese día con rebajar el precio de vuestro triunfo. La Patria os hace justicia, y agradecida de vuestro esfuerzo, os dice, que vencisteis sin ventaja. No importa, que esos cobardes desconozcan  que nuestra superioridad consiste solo en el temple de vuestros corazones. Para cubrir su oprobio, y mantener la ilusión de los pueblos, es preciso que digan algo. Ahora os pintan superiores en armas, mañana publicarán lo contrario, pero la razón dirá siempre, que dos buques de malas propiedades, rindieron a tres de porte, calidad y artillería superior, vuestros brazos lo arrollaron todo, y han vengado en un solo día, ultrajes de 9 meses(13).

Pero más allá de sus críticas a los seguidores de la Junta, vuelve a demostrar su espíritu magnánimo dejando escritas en su proclama algunas máximas dignas de admiración en un tiempo donde la lucha fratricida se había cobrado ya varias víctimas:

Pero no olvidéis jamás esa generosidad incomparable con que habéis tratado a vuestros enemigos, perdonadles cuanto podáis, y viéndolos que aterrados solo de vuestra presencia, se precipitan en el mar, corred a salvarlos, que aunque perversos, son nuestros hermanos. (…) y vean [los revolucionarios] en la mano del español una espada, que castiga traidores, y un corazón sensible que perdona rendidos.

Siguieron tiempos de bloqueos y bombardeos al puerto de Buenos Aires para aprovechar el dominio naval español, mientras que los “patriotas” intimidaban Montevideo por sus incursiones por tierra.  El conflicto continuó pese al armisticio de 20 de octubre de 1811, establecido más para ganar tiempo y recomponerse que para buscar una solución.

Martín García (1814). Victoria agridulce frente al intrépido Brown.

Tardó algunos años Buenos Aires en volver a generar una nueva flotilla, pero ya disponían de la misma a comienzos de 1814, una más poderosa, con marinos fundamentalmente británicos y estadounidenses pero con tropa de infantería embarcada de origen criollo. Al mando estaría un irlandés de experiencia y ascendencia sobre la tripulación, aquel que escribió por su audacia, valor y pericia, las páginas más gloriosas de la historia naval argentina, el futuro almirante D. Guillermo Brown.

La flamante escuadra revolucionaria sumaba en total siete buques con 93 piezas, y un total de 430 hombres de mar y 234 de guerra frente a la española de Romarate compuesta de 8 embarcaciones (Bergantines Belén y Gálvez, las balandras Americana y Murciana, la sumaca Aránzazu, y las cañoneras Perla, Lima y San Ramón)  pero con menos piezas (32) y un número inferior a 350 hombres.

Flota Patriota
Mando: Teniente Coronel Guillermo Brown

Embarcación

Tipología

Mando

Observaciones

Hércules

Fragata

Elías Smith

Buque insignia
Cuatro piezas de a 24, ocho de a 18, doce de a 6 y 6 pedreros.
Total: 30 piezas

Zéphir

Corbeta

Santiago Kimg

Catorce carronadas de a 12 y 9 libras y dos cañones largos de a 6
Total: 18 piezas

Nancy

Bergantín

Richard Lee

Seis cañones de a 10, siete de a 4 y dos largos de a 6
Total: 15  piezas

Juliet

Goleta

Benjamín Franklin Seaver

Un cañón largo de a 24 en colisa, dos carronadas de a 18, dos de a 12 y cuatro de a 6
Total: 9  piezas

Fortuna

Goleta

John Nelson

Ocho piezas de a 6 y siete de a 4
Total: 15  piezas

San Luis

Falucho

John Andel

Una pieza de a 18

Carmen

Balandra

Samuel Spiro

Una pieza de a 12 y cuatro de a 6
Total: 5  piezas

Según el parte de batalla enviado por Romarate al comandante del apostadero de Montevideo Miguel de la Sierra, éste fondeó junto a su escuadra a las ocho de la noche del 8 de marzo de 1814 en las inmediaciones de la isla Martín García, mientras que al día siguiente hizo lo propio la escuadra patriota “a unas 4 leguas de distancia”. El día 10 por la mañana Brown dispuso dirigirse por ambos canales, en maniobra envolvente, para atacar a la escuadra realista. El objetivo de la fragata Hércules era ir contra el buque insignia español para abordarlo, pero en su aproximación encalló de proa hacia el enemigo y bajo tiro de cañón. Las bajas fueron muy serias, entre ellas la de su propio comandante Elías Smith.

En esta situación continuamos un fuego horroroso sobre ella [contra la fragata Hércules], a quien cubrían los demás sobre bordos, causándole tanto en el casco como en la arboladura una infinidad de averías. Durante esto mandé salir al encuentro de los que venían por el canal del N a las balandras Americana, Murciana, cañonera Perla y la lancha corsaria del navío Salvador para evitar el ser doblado por los enemigos que venían por aquella parte y que vista esta determinación regresaron a los pocos tiros, incorporándose con los demás que me estaban batiendo por el frente. En esta situación siguió un fuego terrible por ambas partes hasta que oscureció habiendo logrado desmantelar la fragata enemiga dándole muchos balazos a flor de agua y costado, sufriendo los demás varias averías aunque no de tanta consideración(14).   

Con la caída de la noche cesó el fuego por ambas partes, para satisfacción de Romarate, que con preocupación estaba al tanto de la falta de munición que había en sus buques. A la mañana siguiente continuó el duro fuego contra la fragata varada, pero esta vez pudo ponerse a flote y dar vela con el trinquete, único palo que pese al deterioro le quedaba útil.

El comandante español se encontraba en una situación de ventaja virtual, había triunfado durante la jornada pero él mismo declaraba que se encontraba expuesto por la falta de pólvora y de municiones de todos los calibres, los cuales solicitaba con urgencia a Montevideo, al igual que la organización de otra flotilla como refuerzo para aprovechar la situación y aniquilar a una escuadra patriota golpeada del día anterior. Pero ninguno de sus pedidos se cumplió, perdiendo la posibilidad de un triunfo completo.

Óleo “Combate de Martín García” (Emilio Biggeri)

Contra todo pronóstico el incansable Brown, después de recibir  el refuerzo de 62 hombres enviados en la goleta Hope desde Colonia, cambió de estrategia, y en vez de enfrentar nuevamente a la flota realista, o escapar, decidió tomar por asalto la guarnición española de la isla Martín García, la cual se dio ante alguna resistencia de los allí apostados que, sobrepasados en fuerzas, se retiraron junto a la población civil hacia la escuadrilla española. Romarate, obligado por la situación, ordenó poner proa hacia las desembocaduras de los ríos Negro y Uruguay. La escuadra patriota, prefirió la prudencia y le dejó marchar.

Arroyo de la China (1814). Última victoria antes de la capitulación.

La situación de Romarate y su escuadra era crítica, sin víveres ni municiones, y con refuerzos que no llegaban, debía evitar su pérdida ante fuerzas patriotas, que sabiendo de sus problemas, iban a su caza. La flotilla estaba al mando del norteamericano Thomas Nother, quien arboló su insignia en la sumaca Santísima Trinidad, acompañado también de la goleta Fortuna, la balandra Carmen, los faluchos San Luis  y San Martín y la cañonera Americana.
 
Nuevamente la flotilla realista era inferior en porte pero el destino de la batalla se decidió, como en anteriores oportunidades, en favor de Romarate. Éste cuenta en su parte, que se iniciaron las hostilidades el 28 de marzo con la particularidad de batirse ambos contendientes con fuego vivo de bala y metralla a muy corta distancia, manifestando que en esta circunstancia jugaban con velocidad y mucha más ventaja sus cañones de a 18.

Las fuerzas atacantes sufrieron la muerte de su propio comandante y la explosión de la balandra Carmen, motivos que la llevaron a ponerse en fuga. Romarate afirmó que el suceso de la Carmen fue a consecuencia de un afortunado impacto de uno de sus cañones de a 18, mientras que en la crónica argentina quedó constancia que fue el valiente Spiro, comandante de la misma, quien prefirió volarla y sacrificar su propia vida antes que entregar su buque.

Interesa la reflexión del historiador Rodríguez González, sobre un capitán Romarate que alcanzaba así su tercera victoria en condiciones verdaderamente adversas, y contra un adversario valiente y decidido:

Aparte de las propias dotes de Romarate y de sus subordinados, quedó meridianamente claro que los españoles estaban mucho más familiarizados con aquellas aguas fluviales de difícil navegación por corrientes y vientos y calados escasos y variables que los corsarios de cualquier nacionalidad, poco conocedores de aquellas condiciones y habituados a operar en “aguas azules” o de mar abierto. Añadamos a ello la proverbial pericia de los españoles de la época al operar con cañoneras y fuerzas sutiles en general, ampliamente mostrada en años y luchas anteriores, y veremos que aquellos fueron los factores decisivos en unas victorias donde tanto el número como la potencia estuvieron en contra de ellos y muy a favor de los que arbolaban el pabellón argentino(15). 

Pero su victoria en Arroyo de la China no influyó sobre la inevitable caída de Montevideo, que veía como tambaleaba su suerte y se agotaban sus recursos por un bloqueo por mar y tierra que aniquilaba sus esperanzas de mantener izado el rojo pabellón.

Es entonces que Romarate, aislado, con serios problemas de abastecimiento, debió combatir contra un enemigo al cual calificó como mucho más temible: El hambre. Sin más alimento que trigo cocido sin sal, no dudó en entablar relaciones con los caudillos orientales quienes le suministraron lo fundamental para sobrevivir.

Mediante una misiva del 11 de junio de 1814 el Director Supremo Gervasio Posadas le informó a Romarate que Montevideo se encontraba en sus horas finales, luego de destruida su escuadrilla, y que no podría recibir ningún auxilio, instándole a rendirse a las tropas orientales o al Gobierno de las Provincias Unidas. Posadas le ofrecía una capitulación decorosa, atenta al honor y a la dignidad y respetuosa de la integridad de sus oficiales y tropa. El comandante español, sin embargo, a la espera de algún tipo de milagro, todavía se mantuvo firme en su respuesta del 17 de junio manifestando que “(…) esta escuadrilla no se entregará a nadie que no la busque por el camino de la gloria militar que ha seguido siempre”(16).

La Plaza de Montevideo terminó capitulando 3 días después de su respuesta a Posadas. Sin ningún tipo de posibilidad, y previa junta con su plana mayor, Romarate decidió rendirse un mes después, el 22 de julio de 1814 a las autoridades de Buenos Aires. Es de destacar que pese a las circunstancias angustiantes en las que se hallaba, logró una capitulación honrosa, que le permitió a él y a sus oficiales pasar a Río de Janeiro y de allí a la península en estado libre para desempeñar nuevos servicios, mientras que se respetaría el buen trato hacia el resto de las tripulaciones aunque como prisioneros de guerra.

Ya en España su buena acción fue premiada con el ascenso a capitán de navío efectivo el 29 de mayo de 1815 y a brigadier el 12 de septiembre del mismo año. Es de destacar que en 1819, se le encomendó la organización  de una escuadra que marcharía hacia América, pero aduciendo motivos de salud y personales (se consideraba un americano), rehusó el mando de cualquier expedición destinada a luchar contra los revolucionarios. Por cuestiones de espacio y de tema no podemos extendernos pero sólo señalaremos que ocupó importantes mandos hasta que alcanzó en 1835 el grado de jefe de escuadra y consejero de Estado.

Finalmente, el heroico Romarate, aquel que llevó al padre de la Marina Argentina, almirante Guillermo Brown, a decir en sus memorias que fue el enemigo más bravo con el que tuvo que vérselas en sus campañas,murió el 27 de agosto de 1836 en Madrid. Se apagaba así la vida de uno de los marinos españoles más capaces, valientes y digno que conociera el Río de la Plata; aguerrido a la hora del combate pero compasivo y humanitario con el vencido.

Sin duda, representó su valía una de las aristas más temibles en el camino de la revolución, su espada se condujo con heroicidad, mostró el camino a los suyos para no desfallecer en la batalla adversa, y supo envainarse con honor sin conocer la derrota.