Congreso Internacional de Historia
Bicentenario de la Campaña Browniana en el Rio de la Plata (1814-2014)

ESCUELA DE DEFENSA NACIONAL, 22 y 23 de octubre de 2014. Ciudad Autónoma de Buenos Aires.


"La particular relación de los porteños con el Rio de la Plata", por el Dr. Jorge Gabriel Olarte

 
   
   
  NOTAS | VOLVER  
 

I. El reino de las negras lavanderas

En las anchas playas del Plata, al Norte del Fuerte, cerca del malecón, se extendía el “Reino de las lavanderas” donde las negras esclavas procedían a lavar la ropa de sus amos y las suyas todos los días, con excepción de los domingos, semana santa y los días en que se celebraban de fiestas religiosas.

En dicho lugar, que tenía una extensión de unas seis cuadras aproximadas, se formaba una especie de “nube blanca” compuesta por ropa interior – femenina y masculina -, camisas, enaguas, pañuelos, sábanas, medias y faldas, que daban un pintoresco aspecto al lugar.

La playa tenía unas lomitas de tosca cubiertas de una muy particular vegetación de color verde esmeralda, que quedaba bajo el agua cuando se producía la pleamar, pero que al retirarse dejaba a la vista pequeños pozos llenos de agua bastante clara pues la arena en suspensión que lleva permanentemente el Río de la Plata se precipitaban en su fondo.

En ese lugar, cientos de negras esclavas arrodilladas lavaban con jabón(1) y la ayuda de una paleta de madera las prendas, como había mucha ropa, se clavaban fuertes palos de sauce donde diariamente se ataban sogas para secar las prendas de las lavanderas, cuando no había más lugares, se las secaba en esos “manchones” verdes.

Los lugares se tomaban por orden de llegada, por eso para elegir los mejores habían que llegar bien temprano, si una negra quería desplazar a otra, se iniciaba una pelea donde los insultos alcanzaban los niveles más increíbles, pero terminado el altercado, la calma volvía y se continuaba como si nada hubiese pasado.

Las lavanderas hablaban tan alto, que se puede decir que gritaban, cantaban y por supuesto, intercambiaban chismes de su amos, lo que motivaba grandes carcajadas que permitía observar el gran contraste entre sus rostros de ébano y sus blancas dentaduras.

La mayoría de las veces, ese chisme, era luego llevado a las casas de sus amos, que cómplices con sus esclavos, se enteraban de los “trapos sucios” de sus amistades, sin sospechar que esa negra que traía chismes de sus vecinos…¡También los llevaba a la playa...!

  “Quien quiera saber de vidas ajenas,
que vaya a las toscas con las lavanderas,
que allí se murmura de la enamorada,
de la que es soltera, de la que es casada,
que si tiene manta o tiene colchón,
o cuya labrada con su pabellón”(2).

  “Lavanderas”(3)

Las guerras en el “reino de las lavanderas”

Las negras, con gran celo, no permitían que nadie interfiriese en su trabajo y así, si un joven de alta alcurnia se paseaba por el “Reino de las Lavanderas” con el propósito de ensuciar las ropas que estaban secándose al sol, estallaba un griterío ensordecedor(4) conteniendo las mas tremendas injurias conocidas en un tono tan severo que alejaba al "invasor" que había realizado su correría con el único objeto de divertirse.

Esa “diversión” se mantuvo hasta más allá de la mitad del siglo XIX.

Los ociosos muchachos, como pasatiempo demostrativo de un pseudo valor muy apreciado por ese entonces, se arriesgaban a invadir ese “reino”, apostando a sus amigos que marcharían a ese lugar y ensuciarían las ropas lavadas, sea pisoteando las que estaban secándose en las toscas o bien, cortando las sogas de las tendidas al sol.

Esos “ataques”, se generaban como parte de una apuesta que un audaz joven realizaba con sus amigos, quienes observaban desde una distancia prudente – para evitar la ira de las lavanderas – el resultado de su incursión, a fin de determinar si la misma había sido exitosa o no, dependiendo de ello si ganaban o perdían la apuesta.

Así, cuando un joven rico era detectado por la zona, estallaba un griterío ensordecedor de alarma generalizada entre las negras, acompañado con las mas tremendas injurias conocidas en un tono tan severo e intimidante que a veces era secundado por una lluvia de “bolas” de arena mojada, .que no pocas  veces hacía flaquear el ánimo del incursor, quien asustado por los gritos y blasfemias, además de la certera puntería de las negras, emprendía una vergonzosa retirada, que bien podría definirse en honor a la verdad como una cobarde huída, lo que por supuesto era festejado por las defensoras con grandes gritos de alegría por el triunfo obtenido.

A esos vítores, se le unían – aunque por otro motivo - las risas y las burlas de sus amigos, quienes por oficiar, a conveniente distancia, de testigos de la “incursión”, se habían divertido con lo acontecido y, además, habían ganado la apuesta pactada.

Pero cuando uno de esos jóvenes, aprovechando un descuido de las lavanderas, lograba “infiltrarse en sus filas” y con aire inocente mirando hacia el horizonte, como si quisiera avistar si el barco que había anclado en las balizas exteriores era él que estaba esperando, se paraba sobre una prenda recién lavada que se encontraba secándose al sol y displicentemente armaba un cigarrillo y aunque más no sea llegaba a dar un par de pitadas antes de ser objeto del “contrataque” de las negras que le recriminaban su “descuido”, entonces, si al verse rodeado por el intimidante grupo que blasfemaba maldiciones y palabrotas irreproducibles, el temerario incursor mantenía la calma, sonreía y arrojando a la arena el cigarrillo y el humo a la cara de la soez interlocutora más cercana a su persona, sin inmutarse, sin apuro alguno, con aire displicente, se retiraba pisoteando “por descuido” algunas ropas más, no sólo habría ganado la apuesta, sino el respeto y admiración de sus amigos, quienes se encargaban de difundirla en los altos círculos sociales porteños, logrando así que el “valiente”, gozara de gran predicamento entre las jovencitas.

En la sociedad porteña de entonces una “hazaña” como la relatada era motivo de vivos comentarios en tertulias y en charlas de café que muchas veces, a través del tiempo, se adornaría, se enriquecería con alguna comentario no muy veraz, pero que transformaba la picaresca anécdota, en poco menos que en una leyenda urbana.

Pero si la “incursión” concluía con una cobarde retirada, las negras se encargaban que toda la ciudad se enterara...¡siendo el frustrado incursor en el hazmerreír de todos!

Debemos recordar que ese joven no era tan valiente como él y sus amigos creían, pues ellas eran esclavas y más que insultarlo y arrojarle “bolas de arena, nada más podían hacer.

Cuando las negras descubrían una ladrona se unían y la zambullían varias veces en el río, castigo que se consideraba apropiado para hacerla pagar por su delito.

Las playas se utilizaban para hacer bautismos y casamientos entre negros, oportunidad en la que formaban arcos de ropa blanca bajo los cuales los homenajeados desfilaban bajo ellos en medio de alegres gritos, aplausos y el sonido del infaltable tambor.

Si se desataba una tormenta, especialmente el temido “Pampero”, se producía gran confusión en el “Reino de las Lavanderas”, pudiéndose observar a cientos de negras corriendo y gritando tras sus ropas que volaban por los aires.

Las simpáticas lavanderas continuaron con su accionar durante muchas décadas más; si bien formalmente en 1872 se prohibió el lavado de la ropa en la ribera como consecuencia indirecta de la epidemia de fiebre amarilla que se desató en la ciudad el año anterior y que costó la vida de 13.164 personas, la medida poco a poco fue quedando en el olvido y las negras – que ya no eran esclavas(5)– continuaron con sus tareas como siempre.

Es así que en 1881 la Municipalidad de Buenos Aires prohibió el lavado de ropa en los conventillos y se recordó que no se lo podía hacer en la ribera, donde se calculaba que unas cinco mil mujeres iban diariamente al río a lavar las prendas familiares.

La típica costumbre desapareció definitivamente al instalarse durante ese año, en el primer gobierno del Teniente General Julio Argentino Roca, el tendido de la red de agua potable domiciliaria, que fue una de las mejores del mundo.

II. El malecón

Un poco al norte del Fuerte, cerca de las playas que animaban las negras lavanderas de día y al atardecer de las calurosas jornadas veraniegas que recorrían las seductoras y pícaras bañistas, en junio de1804 el Real Consulado ordenó la construcción de un impresionante malecón de piedra de unos ciento ochenta metros de largo, catorce de ancho y poco más de seis de alto, que servía de desembarcadero, pues como hemos visto la ciudad carecía de puerto; en cuyo extremo, que era un poco más alto que el resto de la construcción, se había instalado una batería de tres cañones para impedir que se acercara algún navío enemigo.

Como el río era tan bajo, raramente podían acercarse a la costa los botes a vela que transportaban los pasajeros y mercancías llegados de Europa por las naves que habían navegado el Canal de Acceso del Sur y que anclaban en las balizas exteriores, ubicadas frente a la ciudad, por tanto se encargaban del trasbordo unos carros de grandes ruedas llamados “carretillas”, los que a veces se internaban solo unas decenas de metros, pero otras muchas debían hacerlo varios cientos en el río a fin de recibir las mercancías o los pasajeros, dependiendo esto de la profundidad de las aguas en el momento del desembarco.

El estado desvencijado de esos vehículos, construidos de caña y abiertos en el fondo, exponía al viajero a empaparse antes de llegar a la orilla y así, según expresó un viajero inglés:

  “…cuando uno es arrastrado lentamente por el agua hacia la playa, se asemeja más a un criminal en vísperas de dejar este mundo que a un viajero de entrar en una gran capital”.

Parados en esas carretillas, los pasajeros eran conducidos al malecón, donde una guardia especial las revisaba e interrogaba, pues no se permitía que ningún viajero ingresara oro o plata en barras, debiendo posteriormente pasar a la Aduana, ubicada a unas seis cuadras.

También se usaban en ese menester unos grandes botes llamados “balleneras” con los que se podía embarcar y desembarcar de las naves, con las que se evitaban las mojaduras y los pasajeros y sus equipajes llegaban a la costa con más seguridad y...secos.

El único inconveniente era que las mismas resultaban muy caras, en especial los días en que el río estaba picado y/o lloviznaba, pues en esas desapacibles jornadas se aprovechaban de los viajeros cobrándoles hasta diez veces más que las “carretillas”.

Es decir que la pseudo “viveza” criolla viene de lejos y, más que nunca se podría decir en este caso que “¡A río revuelto, ganancia de pescadores!”.

  “Desembarco en Buenos Aires”(6)

III. La aduana

A poco de fundada Buenos Aires, una primitiva Aduana funcionó durante unos pocos años frente a la Plaza Mayor, en el lugar luego conocido como el “Hueco de las Animas”.

Transformada la ciudad en la capital del Virreinato del Río de la Plata, en 1779 se instaló la Aduana en el lugar “...que llaman ranchería, perteneciente a los indios misionarios guaranis...”, abonando un alquiler mensual de setecientos pesos, pero como no tenía la capacidad suficiente para acopiar las mercaderías que llegaban de España, a menudo los oficiales reales debían reconocerlas en los almacenes y en la casa de consignatarios.

El domingo 2 de febrero de 1778 Buenos Aires comenzó a disfrutar el comercio libre y el asunto se complicó en demasía porque la Aduana se llenó de mercaderías(7), lo que obligo a buscar otro inmueble durante muchos meses hasta que por fin, luego de varios intentos el 5 de noviembre de 1783 se alquilo una amplia casa, construida en 1782 por el rico comerciante Domingo de Basavilvaso, donde la Aduana pudo funcionar apropiadamente, pues a partir de su traslado, todo el comercio marítimo y terrestre se realizó allí.

Esa casa fue la primera en contar con un aljibe en Buenos Aires, lucía en su portada un elegante coronamiento barroco de influencia portuguesa, ventanas con “rejas voladas” y una artística moldura curva superior, que remataba en tres pináculos con forma de jarrón, estaba ubicada en la esquina sudoeste de las actuales calles Belgrano y Balcarce.

Al fallecer Basavilvaso, la propiedad fue heredada por Vicente Azcuénga, quien la alquiló al gobierno para que se instalara la Aduana(8).

 

Cargando cuero en la aduana(9)

 

No obstante la gran vigilancia de las autoridades, los carreros que traían las mercaderías, con la complicidad de su dueño y una gran picardía, podían “perder” algunos artículos, que de ese modo eran “sustraídos” del control aduanero en el trayecto existente entre la nave y la orilla, evitando de ese modo el pago de los derechos aduaneros, ya que el contrabando era una actividad que era bien vista por una sociedad ahogada por el monopolio fiscal.

Aumentaba la dificultad del tránsito de las pesadas carretas y carros que llevaban mercaderías a los barcos – en su mayoría cueros vacunos – como las que las traían de ellos a la ciudad, la pronunciada pendiente de la angosta calle que pasaba por frente de la Aduana ya que la misma no solo caía en un agudo ángulo hacia la playa, descendiendo abruptamente unos cuatro metros, sino que además, en la época lluviosa, presentaba el aspecto de un verdadero lodazal.

El problema más destacado lo tenían los carros cargados que transitaban la estrecha senda por la que pasaba uno a la vez, era que corrían el riesgo de irse encima de los caballos, por eso se recurría al auxilio de un gaucho que ubicado en su parte trasera ataba su lazo de cuero y lo sostenía con la ayuda de su caballo hasta que el carro llegaba al fondo del pronunciado barranco; entonces con un hábil tirón desataba su lazo, lo enrollaba rápidamente y se encontraba listo para ayudar al próximo carro que descendiera a la playa.

IV. Los aguateros

La mayoría de los porteños, es decir los que carecían de aljibes, dependían del servicio de los ruidosos carros aguateros que carecían de elásticos.

En Buenos Aires había cientos de estos carros, los que portaban un único y gran barril que se llenaba con el agua del Río de la Plata, siendo vendida a un precio acomodado entre su clientela.

Los había de diferentes tamaños, los más pequeños eran jalados por un caballo o por una mula, mientras que los más grandes eran tirados por una yunta de bueyes, sentándose el aguatero en el yugo, entrecruzando sus desnudas piernas a fin que las mismas no tocasen el barro, con una picana de madera y una paleta conducía a los animales, pinchando y golpeándolos sin cesar, a veces sin necesidad.

Este tratamiento inhumano horrorizaba a los extranjeros, no obstante lo cual era muy común que cada carro portara un muñeco de un santo, para que su dueño recibiera las bendiciones del Creador por...¡ser un buen cristiano!.

Los carreros que conducían los carros más chicos, con un muy particular sentido del humor, cuando se dirigían al río para cargar agua, lo hacían a todo galope de sus caballos por las polvorientas calles alejadas y aún por las empedradas arterias céntricas, produciendo un infernal ruido y una gigantesca polvareda en las calles de tierra, además del riesgo que tal imprudente conducta significaba para los transeúntes...

¡Cómo se puede apreciar, la inseguridad del peatón porteño viene de larga data...!

Los simpáticos aguateros anunciaban su presencia con un grito acompasado y una campana que portaban; sus ruedas tenían entre dos y tres metros de diámetro, lo que les permitía internarse en el río y obtener agua bastante limpia, la que se depositaba en una “pipa” o tonel, al llegar a la casa del cliente, se descargaba en un balde madera por medio de una manguera que estaba ubicada en la parte posterior del tonel, a fin de evitar que el mismo se ensuciara se ponía en el suelo un cuero, el agua era llevada al interior de la casa donde se volcaba en un depósito, abonándose por balde.

El agua se vendía recién sacada del río, era turbia, por eso se la depositaba en un sitio fresco dentro de tinajas de barro poroso, donde se asentaba y entonces, al decir del inglés Juan Paris Robertson, uno “...beberá la más deliciosa y apetitosa de las bebidas”.

Trabajaban todo el día, pero en verano por el calor y la humedad, lo hacían a la mañana y al atardecer.

  “El carro aguador(10)

En algunas casas había un tanque grande construido con ladrillos y argamaza que recibía por medio de barricas y otros recipientes el agua de la lluvia que había caído en los techos de tejas, la que luego de estar bien estacionada, fría y cristalina, mezclada con un poco de vino blanco, era un gran refresco en los días de verano.

V. Los pescadores

  “Pescadores”

Emeric Essexc Vidal

En las primeras horas del día en el verano y por las tardes en el invierno, cuatro gauchos pescadores iban al río con una carreta o carro tirado por bueyes y caballos, en cuyo lomo se transportaba la red que en general tenía una longitud de unos cincuenta metros.

Dos de estos gauchos montados en sus caballos, se internaban en el agua hasta que sus cabalgaduras nadaban, mientras los jinetes, muchas veces se paraban en sus lomos.

Cuando consideraban que habían llegado a una profundidad adecuada, se separaban en direcciones opuestas, extendiendo la red en toda su longitud y comenzaban a marchar hacia la playa lentamente, obteniendo con ese desplazamiento muchos peces, los que variaban según las estaciones del año.

VI. Los bañistas

En las inmediaciones del “Reino de las lavanderas”, a partir de la tarde del 8 de diciembre en que se bendecían las aguas por parte de los curas franciscanos y dominicos, comenzaba la temporada de baños de los porteños en el Río de la Plata.

La misma se practicaba conjuntamente hombres y mujeres, sin que ello fuera considerado un escándalo, como acontecía en Europa.

Las mujeres más “recatadas” preferían bañarse más temprano, y para no quemarse iban acompañados por una esclava o criada que sostenía un paraguas, como si fuera un quitasol, pues era mal visto que una mujer de buena cuna tuviera el rostro o los brazos tostados, pues era lo adecuado mostrar la blancura de su tez, ya que solo las campesinas o mujeres de bajos niveles sociales, que trabajaban “al rayo del sol” lucían un aborrecido bronceado(11). Algunas damas, especialmente las casadas y las más viejas, acostumbraban a no depilarse del todo el labio superior, pues la sombra que daba un incipiente “bigotito”, por contraste, demostraba la blancura de su rostro, siendo muy apreciado ese “toque de distinción”.

Aproximadamente a las siete de la tarde, cuando el sol declinaba, cientos de mujeres combatían el calor de los húmedos veranos porteños en el río; al llegar a la playa las amigas se agrupaban en círculos y fuera de “miradas indiscretas”, se despojaban de sus ropas menos de una suelta túnica de tela muy liviana que portaban al efecto.

Charlando displicentemente, se introducían en el agua hasta una profundidad de medio metro, entonces se sentaban y procedían a lavarse el cuerpo y el cabello; posteriormente salían y paseaban por la arena, secando sus largos cabellos, que muchos casos llegaban hasta cerca del suelo y antes de retirarse, se sentaban en las toscas y se peinaban las unas a las otras.

Los hombres, vestidos con ropas livianas, se sumergían en aguas más profundas y luego de bañarse, se peinaban sentados en las toscas, mientras observaban con no poca picardía, a las jóvenes coquetas que se paseaban por la playa, sabiendo que los rayos del sol “atravesaban” la tenue túnica que portaban y eso permitía a sus rendidos admiradores observar fácilmente sus siluetas(12), lo que por supuesto les encantaba.

A veces una brisa cómplice que soplaba del cuadrante adecuado “pegaba” la túnica sobre sus cuerpos aumentando el placer de la “vista”, lo que ellas sabían y aún más, alentaban con disimuladas miradas y cómplices sonrisas...

  “Se equivocaría, y mucho, quien creyera que los esclavos sólo fueron elementos de trabajo; en la región del Plata resultó frecuente que la sensualidad de los negros reemplazara, en un “juego de amor” oculto, a las mujeres blancas...

Ya en el siglo XVII el 25% de los nacimientos porteños correspondía a hijos ilegítimos.

  En 1655 la morena Jerónima de Vergara, natural de Buenos Aires, esclava que había sido del capitán Juan de Vergara encontrándose enferma hace testamento y en él puntualiza los varios hijos que ha tenido e identifica para cada uno de ellos, con envidiable certidumbre, el respectivo y diferente padre.
Los nombres y apellidos estampados corresponden a vecinos blancos y de elevada condición social.
Cuando los frutos de ese “juego de amor” llegaban, la gente recibía con tácita complacencia el aumento de la natalidad, pues el hijo de la aventura vergonzante, es decir el mulato, si bien heredaba algo de la biología del conquistador, no dejaba de ser mercadería, ya que continuaba en la materna condición de esclavo, y eso era, al fin de cuentas, lo importante. Menos negra la piel, pero las mismas sombras en su sometida situación social...”(13).

En las noches sofocantes el baño se extendía hasta altas horas, por ello se encendían tantas “linternas” – faroles – para iluminar las playas, que parecía una reunión de luciérnagas...

  “Vista del fuerte de Buenos Aires” (14)

Por último, cabría preguntarse cómo se higienizaban la mayoría de los porteños en los fríos días de otoño e invierno, pues bien, los más ricos lo hacían la intimidad del hogar y se “ayudaban” poniéndose perfumes, los más pobres… ¡esperaban el regreso del verano!

Los gauchos en su inmensa mayoría no sabían nadar, cuando debían cruzar un curso de agua significativo, utilizaban un ingenioso adminículo:

  “La pelota es una especie de bote, o más exactamente balsa, de cuero crudo, de toro o novillo, en el cual pueden un hombre, remolcado por otro, que a nodo la arrastra por medio de una guasca(15) sujetada entre sus dientes, o a la cola de su caballo, cruzar ríos de una milla o más de ancho”(16).

Sobre la misma, el doctor Francisco Javier Muñiz, expresó:

  “Para hacer la pelota se recoge el cuero en circunferencia de modo que resulta un espacio central plano y semi cóncavo.
Se mejora la estructura de esta remedando con ella la de un bote sin quilla.
Las curvas son de una madera llamada Tala, flexible cuando verde, y la borda se figura arqueando una vara de lo mismo asegurada a la orilla del cuero con tirillas de este material.
Cuando falta un cuero entero, se forma la pelota, por supuesto mucho más reducida, de la carona de vaca que lleva el ginete bajo el recado, y que es común en la provincia de Buenos Aires...”(17).