Congreso Internacional de Historia
Bicentenario de la Campaña Browniana en el Rio de la Plata (1814-2014)

ESCUELA DE DEFENSA NACIONAL, 22 y 23 de octubre de 2014. Ciudad Autónoma de Buenos Aires.


"Relaciones entre los indígenas y el gobierno de Buenos Aires a través de la prensa bonaerense: 1810-1820",
por la Lic. Ana María Musicó Aschiero

 
   
   
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Introducción

Durante la segunda mitad del siglo XVIII las relaciones entre los indígenas y el mundo hispano- criollo se habían intensificado. Desde los tiempos del Virrey Avilés los indios nómadas de la pampa bonaerense habían disminuido sus  depredaciones estimulados por el permiso de comerciar libremente con los blancos.  A través de la documentación de la época se comprueba la  afluencia cada vez mas frecuente de pequeñas partidas indígenas que traspasaban la frontera para vender en la ciudad de Buenos Aires los excedentes de su economía.

Objetos como  pieles, cueros, artículos de talabartería, tejidos, plumas de avestruz y sal eran cambiados  por quincallería, telas livianas, harina, azúcar y yerba entre otros artículos.

Esta actividad comercial  tuvo carácter  recíproco, ya que  mercaderes blancos se adentraban en las tolderías para vender materiales de origen europeo a los que  los indígenas se habían aficionado al haberlos conocido a través de obsequios de los funcionarios españoles a los caciques para asegurarse su lealtad, por ser productos de botines conseguidos en los malones o por rescates pagados por los cautivos blancos capturados.

Por otra parte, diversos tratados de paz habían posibilitado que algunos grupos de indígenas vivieran y trabajaran en estancias avanzadas. Estas circunstancias desembocaron en un proceso de transculturación selectiva, ya que los aborígenes adoptaron aquellos rasgos culturales de la civilización europea que no generaban conflictos con sus intereses y valores.  Así muchos fueron bilingües y ecuestres, desarrollaron algunas técnicas pecuarias y adoptaron en mayor o menor grado las armas usadas por los blancos.

Con respecto a la defensa territorial, las autoridades virreinales habían logrado establecer un sistema  apoyado en una serie de fuertes y fortines. En la frontera sur la línea estaba formada por seis fuertes principales, también llamados guardias cuya custodia realizaban los blandengues, y seis fortines encomendados a las milicias de campaña, que operaban a ración y sin sueldo.

En tiempos de las invasiones inglesas estas fronteras interiores permanecieron desguarnecidas, ya que los blandengues que cumplían ese servicio en Buenos Aires y Santa Fe debieron ser utilizados  para la defensa de la capital virreinal, quedando la línea fronteriza únicamente protegida por los milicianos.           

Durante el Virreinato de Liniers se  intentó sin éxito  adelantar la línea, pero se aseguró la paz en la región  mediante tratados concertados con diversas parcialidades indígenas a las que se les concedió autonomía sobre los territorios que dominaban.

Así se llegó a 1810 con las fronteras interiores prácticamente en los mismos límites que los alcanzados en tiempos de la conquista española. La línea del  sur se hallaba en la margen izquierda del río Salado y  durante las últimas décadas de la época colonial  había gozado de un período de relativa calma.

El crecimiento de Buenos Aires, su transformación en capital virreinal y su posterior papel en el proceso revolucionario otorgaron a esta frontera  una enorme significación, al punto de que el primer gobierno patrio le concedió prioridad  en sus proyectos políticos. Así se multiplicaron leyes, decretos, oficios y disposiciones legales relacionados con los intereses de los pueblos originarios.

Esta corriente  reivindicativa  tuvo como objetivo principal  atraer a los aborígenes a la causa revolucionaria ya que tanto  su actuación durante las invasiones inglesas como  el servicio militar que algunos cumplían desde tiempos virreinales en los cuerpos de pardos y morenos de la ciudad  permitían suponer la existencia  de una comunidad de intereses con los criollos frente a la nueva situación política.

Diversos documentos producidos por  los hombres del ala más radicalizada de la revolución, como Moreno, Chiclana, Monteagudo, Belgrano y Castelli  demuestran que las nuevas autoridades propiciaban la unidad con la población indígena.

Por otra parte, a los patriotas les resultaba imprescindible tener a estos hombres de su lado para incorporarlos a los ejércitos en las luchas que se avecinaban con los realistas (recordemos que los españoles y sus descendientes apenas alcanzaban alrededor del 10% del total de la población americana).

También debió haber influido poderosamente en el pensamiento de la época el gran movimiento  indígena  encabezado por Tupac Amaru durante los años 1780 y 1781, que tuviera réplicas en Salta y Jujuy, y dejara un profundo recuerdo por su intensidad  y por la cruel represión con la que fue destruido. 

Otro de los objetivos gubernamentales respecto de este tema  consistía  en contemplar la posibilidad de ganar territorios en poder de los  naturales, o al menos asegurar el libre tránsito en zonas dominadas por ellos para poder establecer seguras vías de comunicación con regiones que revestían singular importancia económica.

Desde fines del siglo XVIII las autoridades coloniales habían forjado proyectos para fundar en el lejano sur poblaciones fortificadas que asegurasen la efectiva posesión  de la extensa y fértil región pampeana: la Sierra del Volcán, las Salinas Grandes y la isla de Choele Choel en el río Negro fueron los lugares más apreciados para establecer dichas avanzadas.

Cabe señalar que los interminables desiertos en poder de los pueblos originarios no formaban un señorío compacto, sino que eran patrimonio de diversas etnias: los ranqueles habitaban el corazón de la llanura pampeana, y en sus correrías incursionaban  desde la guardia de Luján hasta los fortines de San Luis.

Los puelches, que se caracterizaron por el trato pacífico con los blancos, imperaban desde la época virreinal sobre las Salinas Grandes y las lagunas de Guaminí extendiendo su área de influencia hasta el tramo sur de la frontera de Buenos Aires.  

A partir de mayo de 1810, las relaciones entre blancos y aborígenes comenzaron a modificarse.  Diversos testimonios que así lo acreditan fueron publicados por la Gaceta de Buenos Aires, órgano oficial del gobierno. Si bien debe recordarse que en esos momentos aparecían en Buenos Aires otras doce publicaciones de carácter periódico,  ninguna de ellas daba noticias acerca de dichos vínculos.

Con las disposiciones que a continuación analizaremos, se intentaba llevar a cabo experiencias de mutuo acercamiento, que significaban la comprensión del “otro”, con el que  debería ser posible comunicarse y entenderse, pese a las diferencias.

La situación a partir de la revolución de mayo

El propósito de las autoridades revolucionarias respecto del problema del indio era intentar mejorar las relaciones tanto con los que se habían asimilado en parte a la cultura española, como con los que se encontraban allende la frontera.

En cumplimiento de tales aspiraciones, el 8 de junio de 1810 la Junta convocó a los oficiales indígenas incorporados a los cuerpos de pardos y morenos. El secretario Mariano Moreno, doctorado en Chuquisaca con una tesis sobre el servicio personal de los indios, les comunicó la orden del día que acordaba su igualdad jurídica.

La Gaceta de Buenos Aires informó al respecto:

“En este día fueron convocados a la Real Fortaleza los Oficiales Naturales Indios que hasta aquí habían servido agregados a las Castas de Pardos y Morenos y recibiéndolos la Junta  se les leyó a su presencia por el Secretario la orden siguiente: la Junta no ha podido mirar con indiferencia que los Naturales hayan sido incorporados al cuerpo de castas, excluyéndolos de los batallones españoles a que corresponden. Por su clase y por expresa declaración de S.M. en lo sucesivo no debe haber diferencia entre el militar español y el indio.
Ambos son iguales y siempre debieron serlo porque desde los principios del descubrimiento de estas Américas quisieron los Reyes Católicos que sus habitantes gozasen de los mismos privilegios que los vasallos de Castilla.
En esta virtud ha resuelto la Junta a consecuencia de una representación de los mismos naturales: que sus compañías pasen a integrar los Regimientos 2º y 3º bajo sus mismos Oficiales, alternando éstos con los demás sin diferencia alguna, y con igual opción a los ascensos, aplicándose las compañías por igual número á los cuerpos que se destinan(1)”.

En esta disposición, por primera vez un gobierno escuchaba los justos reclamos de los pueblos originarios, habida cuenta de que en tiempos virreinales, los puestos de mando y la conducción política de las unidades militares habían estado exclusivamente en manos de los blancos.

A poco de efectuarse  esa reunión  la Junta encargó al Coronel Pedro Andrés García el comando de una expedición a las Salinas Grandes destinada como era costumbre a proveer de sal a la población bonaerense, pero  en esta ocasión  se   agregaron a la empresa otros objetivos de suma importancia  para el funcionamiento del nuevo gobierno: García debería analizar la viabilidad del avance de los fortines existentes a lo largo del río Salado, e intentar conseguir nuevas tierras para el establecimiento de estancias.

Su misión incluía asimismo  el anuncio a los indios de la instalación del nuevo gobierno y  la concreción  en su nombre  de nuevos tratados de paz.

Mariano Moreno incluyó  un agregado personal al oficio emitido por la Junta, por el que recomendaba  a García un estudio de la campaña para proponer la mejor forma de repartir la tierra y colonizarla, amén de proyectar la fundación de nuevos poblados en zonas que por su situación y posición resultasen aptas para la vida humana y el desarrollo de la agricultura y la ganadería. 

Las mejoras e incrementos en estos rubros contribuirían a satisfacer las demandas internas y ayudarían asimismo a conseguir buenos mercados exteriores.

La expedición  de García cumplió con éxito la totalidad de su cometido, y su accionar se tradujo en  la elaboración de documentos importantes  para conocer aspectos esenciales de la vida en la campaña. Constituyó  además un logro  altamente positivo de la política interior del gobierno revolucionario(2).

Otro elemento en favor de la integración de los aborígenes a la vida nacional disponiendo su intervención  directa  en el gobierno  lo constituye el oficio que  el 10 de enero de 1811 la Junta enviara a Juan José Castelli, en el que ordenaba que cada intendencia designase representantes indígenas. 

“No satisfechas las miras liberales de esta Junta con haber restituido a los Indios los derechos /…/ ha resuelto darles un influxo activo en el congreso, para que concurriendo por si mismos a la constitución que ha de regirlos, palpen las ventajas de su nueva situación, y se disipen los resabios de la depresión en que han vivido. A ese efecto, ha acordado la Junta, que sin perjuicio de los diputados que deben elegirse en todas las ciudades y villas, exceptuando la de Cordoba y Salta, un representante de los indios, que siendo de su misma calidad y nombrado por ellos mismos concurra al congreso con igual carácter y representación que los demás diputados /…/  Solamente recomienda la Junta a V.E. que la elección recaiga en los indios de acreditada providad y mejores luces, para que no deshonren su elevado encargo /…/ haciendo al mismo tiempo  que se publique en forma solemne esta resolución, para que convencidos los naturales del interés que toma el gobierno en la mejora de su suerte y recuperación integra de sus derechos imprescindibles, se esfuercen por su parte a trabajar con zelo y firmeza en la grande obra de la felicidad general(3)”.

Poco después, al conmemorarse el primer aniversario de la Revolución de Mayo, Castelli tributó un homenaje a los incas en Tiahuanaco (Alto Perú), donde proclamó la unión fraternal con los indígenas.

Además, a través de un decreto  del 1 de septiembre de 1811  la Junta confirmó su propósito de mejorar la condición de los indígenas con la intención de poner en práctica los principios liberales a los que  debía su formación.

En sus considerandos reseñaba lo actuado por el gobierno para reintegrarlos en sus primitivos derechos,  expresando que 

“les declararon desde luego la igualdad que les correspondía con las demás clases del estado: se incorporaron sus cuerpos á los de los españoles americanos…se mandó que se hiciese lo mismo en todas las provincias reunidas al sistema y que se les considerase tan capaces de optar todos los grados, ocupaciones y puestos, que han hecho el patrimonio de los españoles como cualquiera otro de sus habitantes y que se promoviese por todos caminos su ilustración, su comercio, su libertad…(4)

Pero esta igualdad solamente podría concretarse en  forma efectiva suprimiendo las prestaciones a las que se  sometía a los indígenas desde la época colonial, principalmente aboliendo el tributo pagado a España como signo de conquista, lo que así quedó textualmente expresado en el decreto:

“Lo 1º que desde hoy en adelante para siempre queda extinguido el tributo, que pagaban los indios a la corona de España, en todo el distrito de las provincias unidas al actual gobierno del Río de la Plata, y que en adelante se le reuniesen y confederasen baxo los sagrados principios de su inauguración.
Lo 2º que para esto tenga el más pronto debido efecto que interesa, se publique por bando en todas las capitales y pueblos cabeceras de partidos de las provincias interiores, y cese en el acto toda exacción desde aquel día, a cuyo fin se imprima inmediatamente el suficiente número de ejemplares en Castellano, y Quichua, y se remitan con las respectivas órdenes á las Juntas Provinciales, subdelegados y demás justicias á quienes deba tocar.”(5).

Como consecuencia de las nuevas relaciones establecidas con los indígenas luego de la  expedición a las Salinas Grandes del Coronel García, el 4 de octubre de 1811 el cacique Quintelau y su sobrino Evinguanau, con un numeroso cortejo de indios de otras tribus  amigas realizaron una visita a Buenos Aires para entrevistarse con los miembros de la Junta.

La Gaceta consignó los detalles de esa reunión, expresando textualmente  que  “El gobierno ha oído con la más tierna emoción  las demostraciones afectuosas de Quintelau, de cuya sinceridad ha recibido antes de ahora pruebas inequívocas y recientemente muy calificadas en la última expedición de Salinas a cargo del Coronel D. Pedro Andrés García.(6)

Ese manifiesto deseo de este grupo de indígenas de estrechar relaciones con las nuevas autoridades   llevó a los miembros del gobierno a estimar que los caciques podrían colaborar para facilitar la creación de “algunas poblaciones en sus respectivos territorios, donde puedan avecindarse para gozar de las ventajas de la sociedad, y garantirse de los males que son inherentes a la vida errante, hacen esperar el más feliz resultado de las miras filantrópicas del gobierno sobre este interesante objeto.(7)

El presidente de turno de la Junta, Feliciano Chiclana, pronunció un discurso en el que  señalaba  que “el servicio más importante que este gobierno puede hacer a su país es el de perpetuar por la dulzura de su administración a los que se unen a sus principios. Qualesquiera que sea la nación de que procedan, o las diferencias de su idioma y costumbres, los considerará siempre como la adquisición más preciosa(8)

Con la intención de revertir  la política practicada durante la época colonial, afirmaba que

“Sin entrar en el examen de las causas que nos han separado hasta hoy día, bástenos saber que somos vástagos de un mismo tronco. El espíritu de intolerancia ha negado el acceso a este hermoso país a los que lo hubieran fecundado con su industria. Vuestros campos favorecidos  por la naturaleza con mano pródiga solo producen abrojos y espinas. Amigos, compatriotas y hermanos unámonos para constituir una sola familia.(9)“ 

En el pensamiento de los hombres del gobierno, imbuídos por las ideas de la Ilustración, aparecen sentimientos de autocrítica que los llevan  a buscar en el hombre “bárbaro” un modelo que  permita restituir a la vida una sencillez fecunda, sentimiento expresado en el mito del buen salvaje originado en la Germania de Tácito,  y sustentado en el siglo XVIII entre otros por los filósofos Montaigne y Rousseau.

Según el mito la barbarie del hombre americano era la expresión de su naturaleza totalmente buena, vivo exponente de la Edad de Oro, que los europeos habían perdido y añoraban con la nostalgia de lo irrecuperable(10).

La  Gaceta interpretaba así esta forma de pensar:

“Elevemos nuestros votos al Dios de los inocentes, para que cesando los estorbos que oponen los extravíos de la opinión y el furor de las pasiones, libres del tumulto de las armas, y de las devastaciones de la guerra, podamos celebrar el triunfo de la razón, y dedicarnos en el seno de una paz doméstica a las mejoras que exige nuestra situación presente. Que del seno de la inocencia renazcan entre vosotros las delicias de la edad patriarcal, y ¡feliz el gobierno si puede decir un día, a mí se debe la unidad de este cuerpo, cuyos miembros estaban antes diseminados en su vasto continente! (11)

Un agregado personal de los redactores de la Gaceta,  sugiere a los caciques que deben anunciar a su gente que “estos que os han halagado, son vuestros hermanos y amigos, y que quieren que disfrutéis de iguales ventajas con ellos: no sois de inferior clase de los demás hombres. Uno es el Dios que hace nacer á el sol en nuestras regiones como en las más distantes”(12).

El 17 de abril de 1812 el Triunvirato convocó  a los caciques de la zona sur a un Parlamento General, del que así informaba la Gaceta:

“…con el importante objeto de de poner explicita la comunicación con Patagonicas /sic/  y levantar más poblaciones en Salinas y demás puntos importantes se ha convocado a todos los caciques para un parlamento general que asegure las relaciones de nuestra amistad, alianza y comercio.(13)

Para la organización del mismo, el 23 de mayo se impartieron instrucciones a los  comisarios de guerra, en las que se manifiesta  el deseo de lograr que las  relaciones sean lo más amistosas posible. Así  el artículo 46  establecía que si llegasen caciques habitantes de zonas fronterizas y el gobierno resolviese obsequiarlos, se haría “según el rango o poder que tenga el cacique o el negocio que haya venido a tratar; el Comisario hará la compra de los renglones con que regularmente se les haya obsequiado en otras ocasiones o aquellos que el cacique hubiese manifestado gustarle más.(14)
 
Pocos días después, el 29 de mayo el cacique Quintelau se presentó  ante el Cabildo, expresándose conforme con el establecimiento de nuevas poblaciones, al tiempo que anunciaba haber  introducido entre los miembros de  su tribu el gusto a la labranza, y su proyecto de preparar sementeras más abundantes en el presente año debido a los buenos resultados obtenidos, lo que constituía un importante proceso de transculturación(15).

Conjuntamente con  propuestas  para solucionar problemas  de fondo, las Memorias que el Coronel García  elevara al gobierno entre 1811 y 1819 contienen valiosos testimonios acerca de las relaciones entre el gobierno y los indígenas.

Así se informa entre otras cosas que en la expedición a Salinas de 1810, el cacique Epumor había custodiado las haciendas y protegido a los blancos  de los ataques de partidas indígenas rebeldes, al tiempo que expresaba su deseo de que se estableciera en sus territorios una guardia gubernamental,  para lo que ofrecía una apreciable cantidad de tierra y todo el auxilio que fuera capaz de proporcionar(16).

Debe tenerse en cuenta que la posición de García respecto de la relación con los indígenas  fue siempre inalterable y repetidamente expuesta: sostenía la imposibilidad de integrar pueblos de otra cultura ”a la bayoneta”, y la necesidad de inspirarles previamente “el gusto por nuestras comodidades”(17).

No obstante la  buena disposición demostrada por los jefes indígenas en los eventos que hemos comentado, el dominio del blanco en la ribera norte del río Salado no era efectivo ni absoluto, ya que los indios que habitaban más allá de esa línea se empeñaban en continuas incursiones que derrumbaban la frontera, entre ellas  el asalto efectuado el 27  de junio de 1814 a  dos estancias en la guardia de Chascomús en las que robaron  numerosa cantidad de ganado y varias depredaciones ocurridas hacia la misma época en las guardias de Chascomús y de Lobos.

La repetición de malones y la precaria seguridad de la frontera obligó en 1814 a reconstruir el regimiento de milicias y en diciembre de 1816 a reorganizar el  antiguo regimiento de caballería de blandengues de la frontera.

A principios de 1819, la crítica situación por la que atravesaba el gobierno directorial se reflejó asimismo en la relación con los indígenas. A nivel internacional subsistía la amenaza de una expedición punitiva española hacia el Plata; en el interior del territorio, las provincias del Litoral continuaban sublevadas contra el poder central, por lo que intentaron atraer a varias tribus indígenas de la frontera sur para que el gobierno de Buenos Aires debiera distraer fuerzas del escenario donde se desarrollaba la guerra civil(18).

A su vez los porteños también intentaron asegurarse la fidelidad  de la  mayor cantidad posible  de grupos indígenas, y para lograr  un acercamiento más efectivo  solicitaron a un hacendado de Salto, Juan F. de Ulloa, que oficiara como mediador en la concreción de  un parlamento(19).

Los indios se avinieron a entablar conversaciones, y el gobierno designó como representante al coronel Feliciano Chiclana, quien  el 23 de noviembre arribó con una reducida comitiva a las tolderías situadas al sudoeste de la actual provincia de La Pampa. Allí lo esperaban 17 jefes ranqueles a quienes  explicó que su objetivo consistiría en  celebrar pactos de amistad y unión perpetua entre el gobierno de las Provincias Unidas y  la nación ranquel. Luego leyó la proclama que el Director Rondeau había redactado para los caciques.

Los conceptos más importantes incluidos en la misma no difieren de los sustentados desde la época de la revolución, ya que apuntan a  considerar a los realistas como el enemigo común, y  al deseo de estrechar entre indios y blancos lazos de comunicación y comercio. El gobierno se declaraba paternalmente  protector de los indígenas y los calificaba como hermanos y miembros de una misma familia, declarándose su mejor amigo.

En las extensas deliberaciones posteriores a esta lectura, Chiclana instó a los caciques a desoír las sugerencias de algunas parcialidades de indios chilenos asentados en las pampas quienes les aconsejaban proteger a grupos españoles merodeadores(20). Aseguró que el gobierno perseguiría a los ladrones que desde su jurisdicción  depredasen  las haciendas de los indígenas, exhortándolos a que  actuasen con reciprocidad.

En un esfuerzo por captar su voluntad, afirmó que  el gobierno no haría justicia por su cuenta, sino que  dejaría que los indios aprehendiesen a sus congéneres delincuentes y los entregasen para su escarmiento.

En una implícita referencia  a la presión de los federales del litoral, solicitó también a los ranqueles que negasen su ayuda a quienes se habían insubordinado a las autoridades, en lo que los indios estuvieron de acuerdo.

En vista de la buena disposición de los caciques presentes, Chiclana solicitó la extensión indefinida de la línea fe fronteras.  Luego de una larga deliberación los indios aceptaron que se adelantasen las guardias  de Luján, Salto y Rojas al oeste del Salado, con tal de que en ellas se previese la fortaleza y algunas pulperías para comerciar con los indios, a quienes se habría de auxiliar con cabalgaduras y carne(21).

No obstante lo estipulado, a fines de 1819 se produjeron importantes  robos de hacienda en toda la línea de la frontera sur, por lo que las autoridades bonaerenses juzgaron conveniente iniciar nuevas tratativas.

La Gaceta informó que el 7 de marzo de 1820 el brigadier Martín Rodríguez, comandante general de la campaña y comisionado de la provincia de Buenos Aires se reunió en la estancia de Miraflores, con los caciques Ancafilu, Tacuman y Trirnín, representantes de los trece jefes aborígenes de las tolderías asentadas en las inmediaciones del arroyo  Chapaleofú.

Dicha estancia, situada en Kaquel Huincul, actual partido de Maipú, era propiedad de Francisco Ramos Mejía, hacendado que gozaba de mucho prestigio y ascendiente entre los indios.

Allí ambas partes firmaron un tratado, cuyos puntos más importantes  se referían a la instauración  de bases firmes y estables de fraternidad y seguridad recíproca entre el gobierno y los jefes aborígenes, las que no deberían ser perturbadas.

La  línea divisoria sería el terreno que ocupaban en la frontera los hacendados, sin que en adelante ningún habitante de la Provincia de Buenos Aires pudiera internarse en el territorio indígena.

Los caciques se obligaban a la devolución de las haciendas robadas, y los hacendados se comprometían  a permitir el paso de los indios a  través de sus propiedades y que  les prestarían ayuda cuando quisiesen cazar nutrias u otros animales semejantes. A su vez el gobierno  de Buenos Aires  recomendaba   un buen comportamiento con los indios en los tratos comerciales. Estos deberían respetar las propiedades de los hacendados como si pertenecieran a la provincia misma.

En una clara alusión a los chilenos que irrumpían en gran número en la pampa, el gobierno dispuso que los caciques que acordaban el tratado se impondrían la obligación de capturar y entregar al comandante de la guardia más inmediata a los desertores o criminales que fueran a refugiarse a sus campos(22).

Para asegurarse la buena voluntad de los jefes indios, el coronel Chiclana les regaló su propia espada y varias alhajas de su uso personal, pero en la práctica esta convención no fue respetada.

Poco antes de la firma de este tratado había  comenzado a intensificarse la competencia por el control de la llanura herbácea y las serranías pampeanas entre  las jefaturas indígenas establecidas en el área arauco-pampeana, por lo que ciertas parcialidades ranqueles asociadas con grupos voroganos  de origen chileno habían aumentado su intolerancia a las negociaciones y amenazaban la frontera desde Navarro hasta Rojas.

La aparición cada vez más frecuente  de esos indios de allende la cordillera que se asentaron en la región pampeana inquietó a las tribus cuyos ánimos se habían apaciguado luego del tratado de Miraflores y complicó la situación general, ya agravada por la guerra entre Buenos Aires y las provincias del litoral.

En la práctica, el tratado de Miraflores  no fue respetado, y a la caída del Directorio luego de la batalla de Cepeda, recrudecieron las incursiones indígenas a numerosas poblaciones. Así entre marzo y noviembre de 1820 fueron atacadas Navarro, Luján, Lobos, Kaquel Huincul, Rojas, Monsalvo, Chascomús, Dolores y Monte, pero el asalto de mayor magnitud tuvo lugar el 2 de diciembre cuando un grupo de ranqueles saqueó y destruyó la localidad de Salto, asesinando a los 30 soldados del fortín  y a todos los hombres del pueblo.

En el malón participó el ex Director Supremo chileno José Miguel Carrera, quien luego de haberse unido a los caudillos del litoral se alió con los ranqueles para lograr su apoyo en su pretendido intento de regresar a Chile.

La ira del gobernador Martín Rodríguez ante ese ataque no tuvo límites. En una proclama publicada por la Gaceta  calificó a Carrera de “genio del mal, furia bostezada por el infierno…cien veces más bárbaro y ferino que los salvajes errantes del Sud a quienes se había asociado para  invadir el pacífico pueblo del Salto en forma inhumana y sacrílega…(23)

Expresó su voluntad de reprimirlos, para lo que solicitó la ayuda de jefes, oficiales,  soldados y habitantes de la campaña,  añadiendo en su arenga “ Yo juro al Dios, al que adoro, perseguir a ese tigre, y vengar la religión que ha profanado, a la patria que ha ofendido…(24)

En vano Juan Manuel de Rosas le advirtió que debería actuarse con extremo cuidado y no incluir a los puelches en el castigo, dado que él poseía  fehacientes pruebas  acerca de que los invasores habían sido los ranqueles(25). Rodriguez desatendió sus consejos y  el 15 de diciembre  partió de Buenos Aires con 1600 hombres rumbo a la sierra de Tandil. Esta campaña en definitiva fracasó, ya que  el castigo de los culpables por el saqueo del Salto, estuvo muy lejos de ser alcanzado(26).

Carrera  escapó en un primer momento hacia Guaminí, pero a fines de enero emprendió el camino hacia Río Cuarto. Los ranqueles admitieron finalmente su culpabilidad en el ataque a Salto mostrándose contritos y arrepentidos, por lo que el 30 de enero de 1821 el general Cornelio Saavedra, comandante general de la campaña del norte acordó las paces con dos enviados del cacique Lienan, las que así fueron consignadas por la Gaceta:

Negociación de paz de los indios ranqueles por conducto del señor comandante general de la campaña”

Por el cacique grande Felipe Guayehul, y Milla Cuel, enviado del cacique Lienan, ambos de la nación Ranquel, he llegado a cerciorarme estar pesaroso y arrepentido el Cacique Caritipay, de haber quebrantado la paz, y la amistad que tenía con Buenos aires, y su gobierno y acometido a la guardia de Rojas, y llevadese cautivas las familias de aquel vecindario, dejandose seducir y engañar de las promesas de los malos, y que deseaba dar pruebas de su arrepentimiento, sirviendo en beneficio del mismo gobierno, y uniendo sus fuerzas con las de los demás caciques amidos para perseguir a sus contrarios, prometiendo al mismo tiempo restituir todas las familias, que ha hecho cautivas en la invasión de Rojas, pidiendo que el gobierno le indulte y perdone aquel delito: bajo las dichas condiciones y yo así porque estoi penetrado de los mismos nobles sentimientos del mismo gobierno y que sobre todo desea la paz, amistad y buena armonía, con los indios y caciques de este continente: que no es su voluntad tomar venganza de lo que contra él se haya hecho por engaño y seducción de hombres astutos y malignos, como porque también desea la recuperación y libertad de las familias cautivas , y finalmente por respeto y obsequio de los expresados caciques, Felipe Guaychul y Lienan, que han pedido con instancia esta gracia, he venido en conceder a nombre del gobierno superior de la provincia de Buenos Aires , el indulto y perdón que desea Curitipay, bajo las condiciones citadas, protestando que cumplidas éstas, será olvidado todo y restituido á la amistad, que antes tenía con cristianos, como si nada hubiera hecho contra ellos, y que todo será ratificado por el gobierno, y para que le sirva de resguardo y seguro salvo conducto, doy este, en la guardia del Salto, como general de la nación y comandante general de la campaña., a 30 días del mes de enero de 1821.-Cornelio de  Saavedra(27)”.

Con este pacto finalizó una década  en la que se sucedieron relaciones pugnaces, tratados y parlamentos, pero que en líneas generales  se caracterizó por el deseo gubernamental de una convivencia pacífica con los grupos aborígenes, y sobrevino un período de cruentas guerras, en  las que el hombre  pretendidamente civilizado se mostraría en numerosas ocasiones más cruel y  violento  que su adversario.
                        
APÉNDICE

Periódicos aparecidos en Buenos Aires entre 1810 y 1820

La Gaceta: 1810-1821.  El 2 de junio de 1810 la Junta anunció la publicación de un nuevo periódico destinado a establecer una comunicación pública entre las autoridades y el pueblo. El 7 de junio  apareció la “Gazeta de Buenos Ayres”, redactada por Mariano Moreno.

Divulgaba resoluciones, manifiestos, proclamas, bandos, boletines militares, decretos y otros documentos oficiales y era el vocero de los ideales del gobierno. Solía transcribir materiales tomados de periódicos liberales de España y del resto de Europa y diversos países americanos.

Moreno, consecuente con su formación universitaria iluminista,  enfatizó en todos sus artículos dos postulados democráticos: la libertad de pensamiento y la publicidad de los actos de gobierno.

A partir de la aparición de este periódico  la opinión pública, comenzó a  recibir informaciones, ideas, reflexiones y propuestas que influirían notablemente en el pensamiento de la sociedad.

Para lograr  una adecuada difusión de ese material, dado el generalizado analfabetismo de la época principalmente en las zonas rurales, el Gobierno dispuso que en los días festivos  después de oficiar misa, los sacerdotes reunieran a la feligresía y le leyesen el periódico.

Al alejarse Moreno de la Junta, la redacción de la Gazeta pasó a manos del deán Funes, quien  imprimió un tono más moderado a sus editoriales.

En diciembre de 1811 Bernardo de Monteagudo quedó al frente de la edición y expuso su ideología revolucionaria radicalizada con severa elocuencia e indeclinable apasionamiento. Procuró acelerar la marcha de los acontecimientos políticos para arribar a una pronta declaración de la independencia, puesto que  actuaba como vocero y referente de la Sociedad Patriótica, facción política heredera del morenismo.

El Censor: Fundado el 7 de enero de 1812 por Vicente Pazos Silva, ex integrante de la Gazeta. Sus opiniones moderadas  lo llevaron a enfrentarse con Monteagudo.

El 25 de marzo de dicho año  el Triunvirato suprimió a la Gazeta y al Censor por considerar que ambos periódicos ponían en riesgo los intereses de la patria.

Mártir o Libre: El 29 de mayo de 1812 Monteagudo puso en circulación este periódico, con artículos que contenían reflexiones doctrinarias y alegatos en favor de la proclamación de la Independencia. Fue publicado durante tres meses.

El Grito del Sud: 1812-1813. Órgano oficial de la Sociedad Patriótica.  Sus temas prioritarios fueron la  declaración de la Independencia, la exaltación de la libertad y la abolición de la esclavitud. También se ocupó de la vida cultural desarrollada en Buenos Aires.

El redactor de la Asamblea: 1813-1815. De carácter oficial, se encargó de informar, casi con las características de un diario de sesiones, sobre las decisiones de la Asamblea, de sus decretos y sus debates además de reproducir diversos documentos. Fue el órgano más representativo en los años previos a la declaración de la Independencia.

La nueva etapa política desarrollada en el país en el quinquenio 1815-1820 desplazó del poder al sector revolucionario más radicalizado, el que fue reemplazado por un grupo moderado, conservador y de conformación heterogénea.

La restauración del antiguo régimen despótico en Europa a la caída de Napoleón, que posibilitó la vuelta al trono español de Fernando VII, repercutió notablemente en el antiguo virreinato  donde comenzó a perfilarse una política de freno a los avances de la Revolución, lo que se  reflejó en el periodismo.

En el Estatuto Provisional de Mayo de 1815 se dispuso la re-creación de dos periódicos: La Gaceta, redactada por Camilo Henriquez. De carácter informativo, se declaró opuesta al federalismo,y  El Censor,  a cargo de Antonio Valdés, con misceláneas de artículos del editor y frecuentes cartas de lectores. Manifestó tendencia monarquista, lo que dio lugar a acerbas polémicas.

La Prensa Argentina: 1815-1816. También editada  por Valdés, y en la misma imprenta que El Censor, políticamente se mantuvo en la misma línea conservadora que el resto de los periódicos de la época. Se dedicó  a noticias sobre el  comercio y a cuestiones políticas de carácter nacional e internacional, con amplia información sobre temas navieros.

Asimismo publicó reseñas e información sobre otros diarios como La Gaceta y Los amigos de la Patria. Fue insistente en pregonar la fórmula “orden y justicia”.
No realizó ninguna alusión a la declaración de la Independencia.

El Independiente: 1815. Criticó  la política de Fernando VII para con los americanos y advirtió sobre los peligros que provocaría la llegada de la expedición realista represiva que proyectaba el monarca. También reprodujo noticias de diarios extranjeros y documentos oficiales.

Reaparecido en 1816 bajo la dirección de  Pedro J. Agrelo, opinó respecto de la forma de gobierno, considerando  que habría que armonizar la libertad con el orden, lo que se alcanzaría con la sanción de una constitución semejante a la inglesa.

El Redactor del Congreso Nacional: 1816-1820. Redactado por fray Cayetano Rodriguez y por el deán Gregorio Funes.  Informó acerca de todo lo tratado y decidido por el Congreso de las Provincias Unidas reunido en Tucumán y posteriormente en Buenos Aires.

El Observador Americano: 1816. Editado por Manuel Antonio de Castro. Rechazaba la forma republicana de gobierno, fuese indivisible o federalista. Proponía una monarquía moderada de carácter constitucional. Se ocupó de política, jurisprudencia y de la educación de la mujer.

La Crónica Argentina: 1816-1817. Fundada por Vicente Pazos Silva. De carácter político y noticioso, sus artículos estuvieron principalmente dedicados a la jura de la Independencia y a la libertad de imprenta. Acérrimo republicano, rechazó rotundamente el proyecto monarquista en torno a un descendiente de los incas.

El 13 de febrero de 1817, Pueyrredón  desterró a Pazos Silva a Estados Unidos junto con Manuel Moreno, Agrelo y otros periodistas por “atentar contra el orden público”

Los amigos de la patria y de la juventud: 1816-1817. Publicado por Felipe Senillosa. Típico exponente de la Ilustración, predominaron en sus páginas artículos sobre instrucción pública, filantropismo y economía. No desarrolló temas de política nacional.
Si bien no se manifestó partidario de la guerra, aconsejó cuidar los ejércitos, ocupándose en detalle sobre el arte de la guerra en tiempos de Napoleón.

El Americano: 1819-1820. Publicado por  Pedro Sáenz de Cavia. Defensor del sistema directorial y definido opositor al federalismo,  se ocupó además de cuestiones culturales, particularmente las relacionadas con las actividades teatrales de Buenos Aires.