Congreso Internacional de Historia
Bicentenario de la Campaña Browniana en el Rio de la Plata (1814-2014)

ESCUELA DE DEFENSA NACIONAL, 22 y 23 de octubre de 2014. Ciudad Autónoma de Buenos Aires.


"Peligroso explosivo (εκρηκτικήεκρηκτική) " por Mariana Llauradó

 
   
   
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Terminaba el siglo XVIII  y Samuel y Teodoro corrían por las angostas callecitas de  la bellísima isla de Hydra. Los hermanos Spiro   jugaban a ser Ulises, el heroico  personaje de la famosa Odisea,   en Grecia.  A Samuel le encantaba fabricar explosivos caseros que experimentaba junto a su hermano en la playa, lejos de  los gritos y retos de su madre.

Como la isla  se había convertido  en una de las grandes potencias navales del Mediterráneo de la época moderna, los hermanos soñaban, de niños,  con ser marinos y recorrer los interminables  océanos,  imitando a otros tantos que partían de allí para  luego regresar con fabulosas historias.

Los sucesos de mayo 1810  encontraron a  Samuel  y a Teodoro cumpliendo su sueño  en las aguas del río de la Plata,  hostigando  barcos españoles que traficaban  todo tipo de mercancías desde Montevideo. No obstante  los Spiro no eran los únicos griegos en  estas latitudes, también   se encontraban    Nicolás Jorge y Miguel Ferrari. Nacidos en un nutrido universo de  islas,  estos griegos  eran expertos marinos y dominaban los secretos de la navegación.

Por ese motivo en el año  1814  el Ingeniero White, por orden del almirante Brown,  le entregó  a Samuel   una balandra, embarcación  pequeña y con un solo mástil,  para abastecerla de artillería. Aunque este barquito se llamaba Nuestra señora del Carmen, en el escondrijo de Río Santiago se la conocía como la sapo, ya que había sido camuflada de verde y se la mantenía oculta para el ataque.

Alegre y carismático, Samuel siempre hacia reír a  Nicolás Jorge, con quien  tenía una gran amistad.  Guillermo  Brown seguía de cerca a  este par de griegos, que hablaban raro pero eran muy eficientes en sus puestos de mando.  Samuel convenció al almirante de lo peligrosas que podían  llegar a ser  para el enemigo estas pequeñas embarcaciones  colmadas de artillería. Por este motivo Brown le encargó  que cargue la sapo con las  partes necesarias  para  armar un dispositivo  que fuera  capaz de generar humo, invención que  sería de gran ayuda para despistar  y confundir al enemigo.  Samuel hizo también pruebas de nuevos morteros y cañones  y diseñó unos carriles de retroceso para refinar la hilera  de  obuses y piezas artilleras  de la pequeña embarcación. Todo un vanguardista de las lanchas torpederas.

Para este  griego loco y alegre   al que le gustaba jugar con explosivos,  la vida era todo un desafío. Entre el  10 y el 15  de marzo de 1814 acompañó  al almirante Brown con su pequeña balandra a tomar por asalto la Isla Martín García, en poder realista. Esta isla es la puerta de entrada de los ríos Paraná y Uruguay, de manera que quien controlara Martín García controlaría el comercio y la navegación interior. Sin embargo,  cuando  nuestra flota se aproximaba a la isla  se encontró con un  capitán español  gran conocedor del Plata, que  aprovechando la indiscutible superioridad de sus fuerzas  descargó 84 despiadados cañonazos  sobre la   Hércules,  nave  insignia comandada por Brown. El único de la flota que no abandonó al almirante fue Spiro con su pequeña Sapo, que decididamente  avanzó a proteger  a su comandante, poniendo a prueba sus experimentales armas. El jefe enemigo le comentó a su tripulación  que,  invisible y con un poder endemoniado,  la sapo le hizo temer por la suerte del barco español.

Este asalto resultó   el bautismo de fuego de Brown  en aguas de Plata, iniciando la campaña de los 100 días, al final de los cuales el almirante acabaría  para siempre con el poder español en el Atlántico Sur.  San Martin mismo diría que este hecho constituyó  uno de los acontecimientos más   trascendentes   de la emancipación americana hasta el momento.  Y para Guillermo Brown    fue  tan significativo, que a su segunda hija mujer le puso de nombre Martina García Brown y Chitty.

Cinco días después, es decir el 20 de marzo, de regreso en  Buenos Aires,  Pedro Samuel Spiro se casa con su prometida, María, de 14 años y al día siguiente se embarca nuevamente ya que, pese a la diferencia de fuerzas,   la flota republicana siguió avanzando y hostigando a los realistas. El 28 de marzo, los españoles huyeron  de Martín García hacia el Arroyo la China, próximo a Fray Bentos, recostado en la ribera del río Uruguay. La escuadra enemiga quedó entonces, dividida.

Brown se propuso  como objetivo  capturar  el barco insignia realista, por lo que envió  al inglés   Tomas Nother al mando de la Santísima trinidad con órdenes  precisas de irritar y cercar a los realistas, para  impedir que la flota se reúna con el resto de la escuadra enemiga en Montevideo. Pero Nother, desobedeciendo las instrucciones, se lanzó al ataque, iniciando así el combate de Arroyo de la China. La excelente posición defensiva de los españoles no le permitió a Tomas Nother avanzar en la lucha, su nave quedó varada bajo un infernal fuego contrario y la proximidad del enemigo le acertó una fatal descarga al corazón, muriendo en cubierta. Ante los hechos que se precipitaron debió hacerse cargo de la nave el subteniente Bartolomé Cerretti. Pero también fue herido gravemente por lo que terminó  al mando el otro griego, Nicolás Jorge, quien en la retirada consiguió salvar el buque.

Entre  tanto  La sapo de Spiro junto a   44 tripulantes entró de popa a cortar la escuadra realista. El  delirante plan  de Samuel era dar la idea de un naufragio,  por lo que algunos de los tripulantes de la sapo se arrojarían  al agua, como pidiendo auxilio.   Una vez salvados, abordarían   el buque insignia enemigo Belén, capturándolo.  Pero todo salió mal, muy mal.  Un intenso  viento comenzó a soplar  en contra de los republicanos y mientras  los falsos náufragos nadaban desesperadamente hacia la ribera, los españoles,  descubriendo el engaño,  descargaron un violento fuego sobre la sapo. Spiro no se dio por vencido, continuó cañoneando al Belén con lo que todavía le quedaba.  Junto a él aún permanecían 15  africanos que habían jurado la muerte antes que la esclavitud, luchando con todas sus fuerzas, ante un capitán que valía por mil  libres. Todo era sangre y fuego en las turbias  aguas del río de la Plata.

Y se aproximaban momentos aún  más dramáticos.  Luego de tres horas de intensas descargas  enemigas la sapo intentó girar en redondo y quedó varada a merced de los cañonazos realistas. Otras  naves republicanas, como la cañonera  América comandada por Francisco José Seguí,  se ubicaron para impedir que la hundieran.  Pero Spiro tenía otros planes. Se acercó como pudo a los botes salvavidas que las naves le ofrecían e hizo bajar a los  africanos, se aseguró que estuvieran a salvo y con el pretexto  que había dejado en la balandra un objeto de valor, regresó a la deshecha  embarcación. Una vez dentro buscó  algunos sacos de pólvora, unas de sus tantas armas y morteros  y  encendió la mecha. Jamás permitiría que la sapo cayera en manos enemigas. Se apresuró a garabatear  algo en  unas maderas rotas y astilladas y las lanzó al agua, en dirección a la flota enemiga. Se trepó  al destartalado mástil de su barquito y  parapetándose los ojos con la mano, observó el asombro del comandante realista que lo miraba con incredulidad. Percibió  el olor de la mecha que corría velozmente hacia los explosivos  y,  con el puño alzado, lanzó una burlona  carcajada.

Ante la mirada atónita y sorprendida de  los restantes buques republicanos y realistas,   la sapo voló en mil fragmentos  y con él llegaron a la orilla enemiga los retazos de maderas  lanzadas por Spiro con una leyenda en griego, africano y criollo que decían “sin libertad no vale la pena vivir”

El Subteniente Pedro Samuel Spiro, experto en alegría y en explosivos, dejaba un matrimonio de 8 días, una viuda de 14 años, incontables  partículas de la sapo, un amigo conmovido, fuego a los cuatro vientos, la libertad para los 15 esclavos   y la admiración y el respeto de las fuerzas republicanas y españolas.

Su muerte fue como su vida, un estallido de valor, locura  y grandeza.