Congreso Internacional de Historia
Bicentenario de la Campaña Browniana en el Rio de la Plata (1814-2014)

ESCUELA DE DEFENSA NACIONAL, 22 y 23 de octubre de 2014. Ciudad Autónoma de Buenos Aires.


"Consecuencias del Combate Naval de Montevideo. El desarme de la escuadra browniana
y su impacto en la región."
(1)
por el Dr. Carlos Vicente Ibáñez Chiner(2) Universidad Nacional de Asunción del Paraguay- Academia Paraguaya de la Historia
y el Teniente de Fragata Lic. Gerardo Ariel Vilar(3) Armada Argentina-Escuela de Oficiales de la Armada-Universidad Nacional de Mar del Plata.

 
   
   
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Introducción

Mucho se ha hablado de la victoria del almirante Guillermo Brown en Montevideo el 17 de mayo de 1814, éxito que permitió la caída del Apostadero Naval de la mencionada ciudad y principal bastión realista del Atlántico sur. Sin embargo, las repercusiones que la misma tuvo sobre el ámbito naval de entonces, no han generado en los historiadores la misma atención y se evidencia en la escasez de trabajos referidos a esta problemática. A pesar del triunfo rotundo, el mismo no pudo justificar una planificación del arma naval que permita a las Provincias Unidas del Río de la Plata tener otro posicionamiento logístico, tanto en el río homónimo como en el océano Atlántico. Las cuestiones políticas y económicas propias del periodo revolucionario obligaron a que el desarrollo fluvial y marítimo quede postergado.

La campaña naval browniana que se originó a inicios de 1814 y finalizó en el mes de mayo de ese año con la victoria sobre la escuadrilla contrarrevolucionaria apostada en Montevideo, significó un cambio de fondo para la política de la región. La misma, también introdujo un quiebre en el proceso de las Guerras de Independencia en América del Sur en un momento crítico para los revolucionarios, ya que el año 1813 había concluido de mala manera para el bando independentista.

Las recientes derrotas de las tropas del Ejército del Norte comandadas por Manuel Belgrano en tierras altoperuanas,  1° de octubre en Vilcapugio y 14 de noviembre en Ayohúma, hicieron que los revolucionarios deban retroceder hasta Jujuy y que sus objetivos, no sólo los militares, se vean seriamente amenazados por las fuerzas realistas que avanzaban por tierra desde Potosí. La situación se agravaba aún más como consecuencia del dominio de los espacios fluviales que los contrarrevolucionarios poseían debido a la fuerza naval profesional(4)que ostentaban en el Apostadero Naval de Montevideo, provocando, prácticamente, la hegemonía de las acciones náuticas de importancia.

Por si todo esto fuese poco, no hay que dejar de mencionar las constantes rispideces existentes entre Buenos Aires, que desde enero de 1814 estaba gobernada por el Directorio, el primer poder ejecutivo unipersonal de la historia de nuestro país en manos de Gervasio Antonio Posadas y la campaña oriental que lideraba el caudillo José Gervasio Artigas, que divisaban un futuro poco alentador a la causa emancipadora. El cuadro era más complejo si se contextualiza con lo que sucedía en España, en donde las derrotas de las tropas napoleónicas permitieron que Fernando VII regrese a ocupar su trono gracias al Tratado de Valencay(5). El rey rápidamente evidenció su malestar contra los movimientos revolucionarios de América y diseñó un plan para eliminarlos.

Inmerso en este dificultoso panorama, tanto militar como político, el Directorio decidió iniciar la difícil empresa de armar una escuadrilla naval para que definitivamente complete por agua el sitio ya existente a Montevideo que por tierra comandaba José Rondeau. Guillermo Brown fue escogido para liderar esta flota y luego de una victoria en Martín García, el 15 de marzo de 1814 y un traspié en Arroyo de la China, el 28 del mismo mes, direccionó su escuadra hacia Montevideo, efectuando primeramente un eficaz bloqueo, y luego cosechando un magistral triunfo en el cual demostró sus dotes de estratega y conductor. A partir de ese momento la Revolución asestó un golpe definitivo(6)a su adversario, el cual desde la mencionada plaza hostigaba a Buenos Aires gracias a su superioridad naval; después del mencionado combate este último por vez primera pudo controlar el río de la Plata y sus afluentes, cambiando definitivamente la balanza de poder en la región.

Las características propias del teatro de operaciones hicieron que el factor naval fuese sustancial; es por eso que consideramos correcto y no exagerado calificar a la campaña naval de 1814 como una de las más importantes operaciones militares de la historia de nuestro país en concordancia con otros autores(7).

Las repercusiones de la victoria de la escuadra patria fueron profundas. El propio José de San Martín, quien primeramente se mostró reacio a la decisión de construir la misma porque sospechaba que perjudicaría a su ejército debido a la inacción que le generaría (Oyarzábal, 2006; 40), finalmente reconoció la magnitud de lo obtenido en la Banda Oriental(8). Como militar de profesión que era, no podía dejar de reconocer e impresionarse ante lo acontecido en Montevideo. Lo que no se obtuvo en casi cuatro años de sitio terrestre (la rendición de dicha ciudad), sí se obtuvo en un mes en donde se complementaron el cerco por tierra y el bloqueo por mar. La importancia del arma naval quedó claramente evidenciada y es correcto afirmar que debido a dicha acción San Martín sea posteriormente un firme impulsor de la creación en Chile de su marina de guerra, para contrarrestar el poder realista en el Perú(9).

Derrotadas las fuerzas contrarrevolucionarias de Montevideo, la noticia llegó a Buenos Aires el día 19 de mayo, en donde con mucho júbilo, vecinos de dicha ciudad desde las márgenes del río observaban la goleta de los Catalanes, la cual se había tomado como presa al enemigo, y anunciaba con tiros de cañón la victoria de la escuadra patria. Paralelamente se seguía extendiendo el bloqueo al puerto de Montevideo expectantes de que dicha plaza capitule, como terminó aconteciendo el día 23 de junio, luego de un ultimátum que Carlos María de Alvear, quien ostentaba el mando del ejército en reemplazo de Rondeau, efectuó sobre una delegación de esta localidad 24 horas antes.

Para este cometido, Alvear logró prescindir de Brown, a quien tampoco dio participación en los detalles de la rendición, episodio que lamentó el jefe naval, quien además no disimulaba su disgusto con aquel por querer ceder la fragata Mercurio para trasladar a Gaspar de Vigodet, gobernador realista de Montevideo a España, situación que finalmente no prosperó. Sin embargo  y a pesar de las diferencias en los términos de la rendición el saldo fue bastante positivo ya que se tomaron 8 banderas de los regimientos españoles, casi 6.000 prisioneros, 18 buques de guerra y 80 mercantes, 10.000 fusiles, 1.500 quintales de pólvora, 213 cañones de bronce y 965 de hierro (Oyarzábal, 2006; 78). En su correspondencia con Juan Larrea, el marino de origen irlandés daba cuenta de su malestar por la escueta participación que se le brindó en la capitulación oriental: “me sentí herido, no poco sino mucho (…) Pero para que quejarme; la cosa ya está terminada (…)”(10).

Ocupada Montevideo por las tropas del nuevo jefe del ejército, se apresó a las autoridades hispanas las cuales entre julio y diciembre serían transportadas a España. Consecutivamente los revolucionarios designaron al capitán de fragata Bernardo Bonavía como capitán del puerto de dicha plaza pero con el título de Gobernador Intendente del Puerto; a las actividades profesionales propias de un oficial de marina, ahora se le agregaban al cargo funciones con rasgos políticos. En breve va a organizar en conjunto con Oliverio Russell, quien era el comandante de la fuerza naval patriota al estar ausente momentáneamente Brown, que se recuperaba de algunas lesiones provocadas por la campaña naval, el envío de las presas obtenidas durante el bloqueo y posterior combate a Buenos Aires. También los puertos de Colonia del Sacramento y de Maldonado tuvieron autoridades y reglamentación propia del bando criollo; José Blas Pico en el primero desde 1812 y Juan Manuel Correa en el segundo desde 1813(11). (Canceco, 1987; 316)
           
Otra de las prioridades del Directorio y que tenía estrecha ligazón con el ámbito fluvial y militar era la regularización de la situación en el fuerte de Carmen de Patagones que se encontraba en manos realistas desde 1812(12). Brown, como máxima autoridad de la Comandancia de Marina(13) desde agosto de 1814, inmediatamente quiso alistar una fuerza naval para tomar posesión de Patagones, pero recién logró su cometido para el mes de diciembre, cuando se organizó la Expedición Patagónica, la cual lideró el ya mencionado Russell y estuvo constituida por el bergantín Belén, las sumacas Mariane y Malacavada y la goleta Invencible. El 23 de dicho mes el comandante español de Carmen de Patagones rendía su plaza y escuadrilla y se afirmaba el pabellón nacional en el fuerte, regresando Russell a Buenos Aires a fines de enero de 1815. (Canceco, 1987; 317)

A pesar de la magnitud de lo obtenido, tanto en la Banda Oriental como en la Patagonia, como consecuencia de una eficaz acción de los elementos navales de las Provincias Unidas, las circunstancias políticas  y económicas que ocurrieron en forma paralela e inmediata a estos episodios terminaron con los planes de desarrollo marítimos.

Rápidamente las aspiraciones de poder en la Banda Oriental de José Gervasio Artigas, interfirieron con las de Buenos Aires. Las tensiones fueron incrementándose y finalizaron en batallas entre ambos bandos; el coronel Manuel Dorrego al mando de las fuerzas porteñas, venció al artiguista Fernando Ortogués en Marmarajá, el 6 de octubre de 1814, pero tres meses después los últimos pudieron vencer a Dorrego en Guayabós y obligarlo a retirarse a territorio entrerriano. La figura de Artigas crecía y ya no sólo en la Banda Oriental, en el litoral también tomaban fuerza sus postulados, los cuales iban totalmente en dirección opuesta a los del Directorio. Es así como el director Posadas debió renunciar el 9 de enero de 1815 sucediéndole en el cargo su sobrino, el ya citado Alvear, quien representaba la postura más dura contra el líder oriental.

Las negociaciones efectuadas entre éstos no dieron sus frutos, lo que obligó a que las tropas de Buenos Aires evacúen Montevideo, perdiéndose, por lo menos momentáneamente, la posibilidad de mantener a la provincia oriental como parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata (Canceco, 1987; 313). Por entonces, desde el plano militar la atención se lo llevaba la conformación del Ejército del Norte; Alvear quiso aumentar el poderío del mismo y dirigir personalmente una nueva campaña tendiente a acabar con los realistas del Alto Perú, episodio que si marchaba satisfactoriamente, le permitiría ensayar el asalto contra el bastión enemigo en Lima. Pero no contaba con el descontento de los oficiales veteranos quienes se opusieron a su figura e impidieron que se concreten sus planes políticos (González Lonzieme, 1969; 84).

La tirantez entre las distintas facciones y actores de poder del Río de la Plata hizo que se desatendiera por completo las necesidades de las tripulaciones de la escuadra a las cuales se les adeudaba un premio de cien mil pesos que les fuera concedido después del triunfo de Montevideo y la participación en la venta de las naves realistas apresadas que, legalmente, les correspondía (Ratto, 1939; 75).  La donación de la fragata Hércules a Brown no solucionó el malestar existente.

El propio comandante durante los últimos meses de 1814 apeló en reiteradas oportunidades al gobierno porteño por el pago adeudado a sus subordinados, episodio que no prosperó; por entonces en Buenos Aires se sospechaba de los planes de Fernando VII de invadir la región con la llegada de una gran fuerza naval que restablezca el orden colonial en el Río de la Plata. Para contrarrestar a la misma era necesario conformar una flota numerosa y bien equipada; Brown propuso el armado de una escuadra y planteó su inquietud al comisario de Marina José Benito Goyena. Aunque en un principio la idea comenzó a elaborarse, las circunstancias políticas impidieron que la propuesta se canalizara en hechos. El escaso apoyo recibido confirmaba el desinterés del gobierno por la guerra naval (Oyarzábal, 2006; 91-92).

Las arcas de Buenos Aires se sustentaban mayoritariamente por los ingresos que su aduana obtenía, que por entonces habían llegado al límite de sus posibilidades; equipar correctamente las distintas embarcaciones que conformaron la escuadra que triunfó en la Banda Oriental fue un gran desafío para la economía de las Provincias Unidas. Una vez cumplido el objetivo militar de tomar dicha ciudad, la hacienda porteña tenía que seguir destinando fondos a las tropas terrestres que se encontraban en el norte del actual territorio argentino y en el Alto Perú y a la posibilidad de la creación del Ejército de los Andes.

Esta realidad llevó a que desde el mes de julio de 1814 se decida la reducción de la escuadra. La primera medida dentro de esta línea fue bajar el haber de los marineros, al licenciamiento general de las planas mayores y tripulaciones y a la venta de las naves, tanto las propias como las presas capturadas durante el bloqueo. (Canceco, 1987; 318) Estas últimas fueron vendidas inmediatamente en pública subasta por órdenes de Juan Larrea, ministro de Hacienda del Directorio, quien logró que durante la misma no intervenga el capitán del puerto de Buenos Aires, Martín Jacobo Thompson. A pesar del dinero ingresado por estas transacciones se seguía incumpliendo con el pago a las tripulaciones, según

La relación entre estos dos hombres nunca fue la mejor; antes de iniciarse la campaña naval, durante el armado de los diferentes buques, White no disimuló sus preferencias por Benjamín Franklin Seaver, quien era estadounidense como él, para ostentar el comando de dicha escuadra, situación que no prosperó por decisión del Directorio.

La tensión existente con White y la desconsideración que sentía por parte del poder político al no efectuarse los pagos correspondientes a sus subordinados, hicieron que el comandante evidenciara su malestar contra el primero al encontrárselo en cercanías del domicilio de Larrea y lo acusó de “pícaro y ladrón”(14). El armador norteamericano se defendió dándole una bofetada al marino y luego se refugió en el hogar del ministro. Brown se vengó más tarde del norteamericano y en potestad de su cargo de Comandante General de Marina, autoridad que por entonces le permitía ejercer funciones de policía marítima, esperó a que el mismo se dirija al muelle del puerto de Buenos Aires, lugar en donde fue arrestado (Ratto, 1937; 76). Los buenos oficios de Larrea permitieron que el detenido quedara finalmente en libertad, quien por otra parte temía por la suerte de White y probablemente por la de él mismo(15), ya que era conocedor de la desconfianza que Brown tenía hacia su persona y a sus últimas acciones, en las cuales trataba de evitarlo. Desde la óptica del comandante, Larrea se había desligado de la responsabilidad de pagar los sueldos adeudados a toda la tripulación.

En definitiva, el conflicto entre Brown, White y Larrea no fue solucionado y representó el quiebre total en la relación existente entre ellos. Los constantes reclamos ante el gobierno por parte del primero, sumado al prestigio alcanzado por éste, hacían que el marino sea un verdadero problema para el Directorio liderado por Posadas, el cual tenía compromisos vitales todavía con White y ninguno apremiante con los integrantes de la desvanecida escuadra. (Oyarzábal, 2006; 87) Posteriormente Larrea expresó su deseo de que el irlandés sea retirado de sus actividades. Es por demás evidente que las prioridades tanto militares, económicas, y políticas del gobierno porteño pasaban por otro lado y no por la situación de la escuadra vencedora en Montevideo.

Paralelamente a estos sucesos, en Buenos Aires se seguía con el remate de los buques; para el mes de noviembre sólo quedaba en servicio activo una pequeña escuadrilla constituida por el bergantín Aranzazú, la sumaca Gálvez, la goleta Invencible, el bergantín Belén y un par de mercantes armados para realizar actividades de transporte. Como consecuencia de esto el personal en actividad era escaso.

No quedó en servicio ningún buque mayor (corbetas o fragatas) ya que la Hércules había sido cedida en parte de pago a Brown, la corbeta Céfiro se había hundido cuando regresaba de realizar actividades de corso mientras que las Agradable, Neptuno, Mercedes, Paloma, Mercurio y Cazadora fueron rematadas como también otros buques medianos (bergantines, polacras y sumacas mayores): Mariana, San José, Fortuna, María Josefa, Murciana, Malacavado. Otras embarcaciones fueron utilizadas como pontones sanitarios y la balandra Americana y algunos lanchones fueron entregados a la Capitanía de Puertos y Comandancia de Matrículas y las delegaciones de la Comandancia en Ensenada, Las Conchas y el Riachuelo. El falucho Fama se utilizó como guardacostas y buque de guardia de bahía sin tener relevo en tales funciones. (Canceco, 1987; 318)

Como resultado directo de todo lo recién expresado, también se vieron perjudicados los servicios terrestres. El caso del Arsenal de Barracas nos ilustra perfectamente el proceso de minimización de las actividades referidas al arma naval. En el mismo apenas revistaban cuatro personas.  

Tampoco la llegada de Alvear al cargo de Director Supremo hacia enero de 1815, en reemplazo de Posadas, trajo novedades para solucionar los pagos adeudados a la tripulación, para evitar el desbande de la escuadra o para revalorizar las acciones que directa o indirectamente dependían del factor naviero.  Con respecto al primero de los pedidos, Brown reclamó por casos en los cuales muchos marinos llevaban más de ocho meses sin “un triste socorro”: “Se asombrará Vuestra Excelencia si digo que hay oficial que por miseria y desnudez a que está reducido, no puede presentarse aún a aquellos actos del servicio (…)”(16).

La cambiante situación política, influenciada por los avatares militares, provocó que en abril caiga el Directorio de Alvear como resultado del episodio de Fontezuelas(17), lo que hizo que las figuras de Posadas, White y Larrea caigan en una profunda desconsideración, permitiendo que Brown presente nuevamente cargos contra los mismos. Es lógico entender el malestar que los tres acusados tenían contra la figura del comandante, y como resultado de ello el escueto lugar e importancia que le dan a éste en sus memorias sobre los acontecimientos producidos entre el 14 y el 17 de mayo de 1814 que concluyeron con la victoria criolla en las aguas del Buceo(18).

El 15 de mayo de 1815, las tropas españolas al mando del general Pablo Morillo finalmente ocuparon la ciudad de Caracas, consiguiendo un éxito importante para los realistas pero lejos del Río de la Plata, lo que tranquilizó a sus autoridades ante la posibilidad de que tal expedición desembarque en dicha región. Este suceso, por otra parte, desestimó por completo la idea de conformar una escuadrilla naval para defender Buenos Aires ante una eventual agresión española; sin embargo, simultáneamente se precipitaban las divisiones existentes al interior de las Provincias Unidas ya que el nuevo Director Supremo Ignacio Álvarez Thomas no podía llegar a un acuerdo con Artigas, quien para entonces contaba ya no sólo con el apoyo del litoral, sino que también del Cabildo de Córdoba.

Ante este panorama desalentador, Brown decidió emprender la tarea de armar  algunas naves para que a través de operaciones corsarias en el océano Pacífico se dificulte el comercio marítimo español, a la vez que sirviera también para estimular cualquier tipo de rebelión contra el poder realista en Sudamérica.

En septiembre, Álvarez Thomas y Brown firmaron un convenio que convertía a este último en comandante y armador de la expedición corsaria. Finalmente Brown zarpó hacia el sur desde Montevideo el 23 de octubre de 1815, dando inicio y forma a lo que sería la expedición que lo llevaría por el océano Pacífico a luchar contra el poder español en nuestro continente.

A modo de conclusión, el saldo de la victoria de Brown en aguas montevideanas, más allá de la gesta efectuada y de la importancia de lo hecho, deja un sabor agridulce al análisis histórico. A pesar de la relevancia de lo obtenido por la Campaña de 1814, esta operación militar no pudo consumar una planificación adecuada del arma naval. Inclusive, una vez tomada la capital oriental, el Directorio tampoco pudo ocupar efectivamente esta localidad como parte integral de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Las diferencias políticas intrínsecas del bando criollo profundizaron la división y la guerra civil entre Buenos Aires, la Banda Oriental y las provincias del litoral.

Es por ello que consideramos que ante todo, el fracaso en el bando revolucionario es básicamente de carácter político ya que el mismo arrastra a lo naval y a su falta de previsión, que es lo que nos interesa destacar. En concordancia con esto último no debemos dejar de mencionar la miopía de las autoridades de Buenos Aires en materia fluvial, la cual nunca fue una prioridad para el poder de turno, evidenciándose desde 1810, potenciándose con los acontecimientos relatados y siendo una constante en las próximas décadas de la historia argentina. Esta tendencia finalizará, desde nuestra perspectiva, recién durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento, que con una impronta institucional y fundacional creará la Escuela Naval Militar en 1872, posibilitando que los medios navales argentinos tengan otro posicionamiento al hasta entonces existente.