Congreso Internacional de Historia
Bicentenario de la Campaña Browniana en el Rio de la Plata (1814-2014)

ESCUELA DE DEFENSA NACIONAL, 22 y 23 de octubre de 2014. Ciudad Autónoma de Buenos Aires.


"Brown, un hombre cristiano católico" por la Prof. Nélida Beatriz  Cirigliano

 
   
   
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Introducción

Para analizar  y describir la religiosidad de personalidades como Belgrano, San Martín o Brown, debemos considerar las costumbres y el espíritu de la época. La base de la sociedad en estos primeros años de vida independiente seguía siendo la sociedad colonial. Poco habían cambiado  las costumbres de la población e incluso la actitud de los nuevos gobiernos en relación a la Religión. Los símbolos y las prácticas religiosas seguían acompañando las prácticas políticas. Según Cayetano Bruno la influencia en el Cabildo Abierto del 22 de mayo no fue tanto la de Rousseau y su Contrato Social, sino la del Padre Suárez y su concepción de la soberanía popular cristiana. El clero, siempre siguiendo a ese autor mayoritariamente estaba a favor de la emancipación(1).  Zuretti a su vez dice que pocos sacerdotes apoyaron el voto del Obispo Lué, sólo los franciscanos y betlemitas que eran españoles mientras que dominicos y mercedarios, acordaron con el voto de Saavedra(2).

El Almirante Brown recorrió los primeros cuarenta años de nuestra vida independiente. Su postura personal y política no cambió, pero la sociedad en la que le tocó vivir fue cambiando a través del tiempo. La religiosidad y las prácticas religiosas variaron acorde con los gobiernos y sus medidas legislativas así como la relación con la Santa Sede.

La legislación

En el Cabildo Abierto del 22 de mayo estaban presentes 26 sacerdotes entre los 244 participantes. Fueron: Andrés Ramírez, Melchor Fernández, Domingo Belgrano y Antonio Sáenz miembros del Cabildo Eclesiástico. Juan Nepomuceno Sola, cura de Montserrat; Julián Segundo de  Agüero, cura de la Catedral; Manuel Alberti, cura de San Nicolás;  Dámaso Fonseca, cura de la Concepción; Nicolás Calvo, cura de la Concepción;  Pedro Santibañez, de los franciscanos; Pedro Cortinas, de los franciscanos; Ignacio Grela de los dominicos; Manuel Albariño, de los dominicos; Pantaleón Rivarola, de los dominicos; Manuel Torres de los mercedarios; Juan Aparicio, de los mercedarios; el Betlemita fray José de San Nicolás; Chorroarín, rector del Colegio San Carlos; Pascual Silva Braga, clérigo; Domingo Viola, clérigo; Bernardo de la Colina, José Planchón, Juan Ferragut y Vicente Montes Carballo, clérigos; Doctor Ramón Vieytes de la Catedral(3).

La jerarquía eclesiástica estuvo representada por el Obispo Lué, el Cabildo Eclesiástico, el clero y prelados de las distintas órdenes religiosas. La conocida postura del Obispo Lué fue rechazada tanto por los vecinos como por el clero. Sólo lo acompañaron los frailes betlemitas y los tres franciscanos que eran españoles, el resto apoyó el voto de Saavedra.  Hay que tener en cuenta que la libre expresión de  los miembros del clero se debía en gran parte a una formación intelectual y de campo muy cercana al pensamiento americano, y para bien de la revolución muchos de ellos eran criollos, su educación y su actividad con el pueblo los hacía más proclives a recibir su opinión. La Iglesia en América se regía por su  libre albedrío frente a una autoridad, como el Papa, distante y desactualizada sobre los acontecimientos  que se desarrollaban en estas tierras.

En este acto el clero legalizó el derrocamiento del virrey y de cualquier otra autoridad emanada de España. Entre las razones que justifican esta actitud debemos considerar la estructura política española que no permitía el acceso a los cargos a quienes no eran españoles. La mayoría de los miembros del clero en nuestro país eran criollos.

La junta del 24 contaba con la presencia del  cura Doctor Solá, el petitorio de rechazo contaba con la firma de 17 frailes del convento de la Merced.  La Junta del 25 cuenta con la presencia del Pbro. Manuel Alberti, nacido en Buenos Aires y cura de San Nicolás.

A pocas horas de instalada la Junta se determinó realizar un solemne Te Deum en acción de gracias, notificado el Cabildo Eclesiástico fueron los canónigos quienes resolvieron costear  los gastos de canto y música con sus haberes.

La Junta  Provisional gubernativa en su declaración del 26 de mayo establecía el compromiso de proveer  lo necesario para la conservación de la Religión Católica(4). La consagración del ejército  a Nuestra Señora de la Merced, las misas y los Te Deum que acompañaban cada convocatoria, demuestran que los primeros años de vida de política autónoma fueron de la mano de la religión. Esto no quita que, la influencia de la ilustración y sus pensadores también  marcaron  la época.

  “Los ideales de la emancipación germinaron al calor de la formación intelectual de la colonia…La doctrina  enseñada por los jesuitas sobre el origen del poder…y las enseñanzas impartidas directamente  en nuestro medio por el padre Muriel, hallaron campo fértil en las mentes del clero criollo”(5).

Al  incorporarse los diputados del interior al gobierno,  varios clérigos integran la nueva junta: el Deán Funes por Córdoba, el Pbro. Pedro Francisco de Uriarte y el Pbro.  Juan José Lamí por Santiago del Estero, Juan Ignacio Gorriti por Jujuy, Fray Ignacio Grela , suplente por Buenos Aires, el Pbro. Ramón Mariaca por La Paz,  el Pbro. José Francisco de Orihuela por Chuquisaca, José Manuel Seine por Santa Cruz de la Sierra(6). La acción del clero en el interior de nuestro país facilitó la adhesión del pueblo a lo acaecido en Buenos Aires(7).

La Asamblea de 1813  se declaraba soberana. El 16 de junio, los diputados,  deciden que las comunidades del Río de la Plata quedaban en absoluta independencia de cualquier autoridad religiosa residente fuera del territorio nacional.  Prohiben que el Nuncio Apostólico con sede  en España ejerciera alguna función sobre la Iglesia Nacional(8). Pero, de todas maneras la defensa de la Religión Católica era tan absoluta que el gobierno debía evitar la entrada de textos que afectasen a la doctrina aún en contra de la libertad de prensa declamada por el gobierno(9).

Esta actitud de defensa de la Religión Católica no implicaba un dominio absoluto de la misma en la vida del Estado. Los proyectos constitucionales que surgen no reniegan de la libertad de culto. La exclusividad religiosa de la colonia lentamente se va alejando de lo legal, no así de la vida de las personas.

En el Proyecto de la Comisión Especial designada por el Segundo Triunvirato aparecía la Religión Católica como la religión del estado al tiempo que se reconocía el derecho a practicar otros cultos mientras no afectaran las prácticas piadosas de los ciudadanos. Acorde con la religión del Estado se preveía una participación de representantes de la Iglesia en los órganos de gobierno del Estado(10).

El Proyecto de la Sociedad Patriótica mostraba un entrelazamiento aún mayor entre las instituciones eclesiásticas y las estatales. Disponía en el capítulo 3, que la religión católica era y sería siempre la del Estado (artículo 12); la necesidad de convocar concilios diocesanos, provinciales y nacionales para resolver las cuestiones eclesiásticas y doctrinarias y concordar la potestad temporal con la espiritual (artículo 13). Consagraba la práctica privada de otros cultos aunque debían respetar la Religión Santa del Estado, bajo la pena que se había establecido antes contra los que alterasen la  constitución.(artículo 14).También concedía jurisdicción a la justicia eclesiástica estableciendo que en caso de delito o atentados contra la religión, era el juez eclesiástico quien entendiera sobre esa cuestión, iba a ser juzgado por los jueces ordinarios pero  sería el juez eclesiástico quien presidía el juicio(artículo 15)(11). La Asamblea estuvo influenciada por el iluminismo y los pensadores franceses. Encabezaba Alvear el grupo que buscaba implementar estas reformas radicales. Fue quien tomó la dirección de la Asamblea con la guía de dos regalistas: Bernardo de Monteagudo y Pedro Agrelo(12).  Las leyes que sancionó  eran acordes con la postura liberal de los constituyentes de Cádiz. La Iglesia quedaba sometida  al Estado.

Dentro de  las leyes que dictó la Asamblea  varias   pertenecían al ámbito de la Iglesia y no al Estado. El mensaje era claro, había que  separar a la Iglesia y a los religiosos de toda autoridad residente en el exterior. Al no declarar la Independencia, los proyectos constitucionales no se trataron  pero fueron un antecedente importante para la Constitución de 1853. Desde el clero y los católicos más fervorosos comienzan a sonar voces que hablan de la impiedad, el relajamiento social y el abandono de las sanas costumbres. La primera década revolucionaria dejó importantes transformaciones en el terreno de las representaciones mentales y la vida cotidiana de los porteños.

En el Congreso de Tucumán, Castro Barros pidió que se tomen las medidas necesarias  para evitar los males que  generarían el avance de las proposiciones  que afirmaban, por ejemplo, que la tolerancia civil y religiosa favorecería el progreso de estos territorios. Tampoco debían permitir,  la lectura y la venta  de  obras, como las de Voltaire y Raynal que atacaban y ridiculizaban la religión católica.

El siguiente paso en esta relación fueron las reformas eclesiásticas dadas por Rivadavia quién sin atribuciones para hacerlo modificó la estructura e instituciones  eclesiásticas. El Estado decidía sobre la vida, bienes y normas de la Iglesia y las órdenes religiosas, asumió atribuciones que no le eran propias.

La libertad de cultos se fue introduciendo lentamente en nuestra  legislación. La Asamblea reconoció el derecho a los extranjeros, básicamente  a los  ingleses  la práctica privada de su culto siempre que respetasen el orden público podían adorar a Dios dentro de sus casas según sus costumbres.

En 1825 el Tratado de Comercio con Gran Bretaña en su artículo 12 otorgaba a los súbditos ingleses residentes en el país plena libertad para practicar su culto. Fue una respuesta al apoyo inglés a nuestra independencia. La sanción del tratado fue obra del Congreso General Constituyente reunido en Buenos Aires en 1824. Ese artículo del Tratado no fue aprobado por las provincias, así que sólo tuvo vigencia para la provincia de Buenos Aires. Se convirtió en ley provincial el 12 de octubre de 1825 al otorgar la provincia la libertad de cultos para todos los disidentes(13).

Hacía 1830, Buenos Aires se escandalizaba con el  incremento de las malas costumbres atribuido a la presencia extranjera junto a otras religiones.

Juan Manuel Berutti dice en sus Memorias Curiosas, en relación a la apertura de un templo protestante dice: “Los males que del culto libre o tolerancia religiosa se van viendo en Buenos Aires pues de ello resulta la relajación de la juventud…sin reflexionar caen en males que no hubieran cometido en tiempos anteriores, en que solo imperaba nuestra Santa Religión Apostólica y Romana…la juventud se halla sumamente relajada, llena de libertinaje y sin moralidad”(14).

Los intelectuales de la denominada Generación de 1837 sostenían la libertad de cultos, pero comprendían que sus compatriotas eran reacios a la aceptación de la diversidad religiosa. Es por ello, que un librepensador como Esteban Echeverría, por ejemplo, aceptaba a su pesar, la vinculación del catolicismo romano al estado  para no molestar los sentimientos de  una población rural, que en aquellos años era numéricamente superior a la urbana. Lo religioso estaba  unido al concepto y al futuro del estado.

Esta postura legal por cierto no coincidía con la del pueblo que aún se mantenía fiel a sus antiguas costumbres y fervorosamente católico, aunque no alejado por supuesto de las supersticiones  que acompañaban a la fe aunque hacía 1853 el cumplimiento de las normas religiosas se habían relajado bastante.

La religión en el pueblo

En 1810 la población era absolutamente católica. Una de las fuentes más destacadas de esa realidad son las canciones de la época. Hablan de la fe, el amor a Dios y la protección de la Virgen, sintetizan el espíritu religioso del pueblo. Las novedades religiosas provenientes de Francia   sólo llegaban a un reducido número de pobladores, la gran mayoría no tuvo acceso ni fueron influenciados por ellos. Aunque la ignorancia de la doctrina católica a través del catecismo también era importante en las clases bajas(15).

La postura liberal del gobierno no coincidía con las creencias populares. De todas maneras la actitud de las autoridades seguía siendo de respeto y consideración hacía la religión. Leemos en La Crónica del 26 de noviembre de 1816, “Mañana se celebra en la Catedral una función solemne a que asistirá el Director y todas las corporaciones del estado a rogar por la concordia publica. Ningún objeto mas propio del interés religioso y civil. La oración la pronunciará D.D. Julián  Navarro”(16)  o en el relato de un viajero de los muchos que vinieron en esos años a nuestro territorio: “Debo recordar al lector que me encontraba en un país significativamente católico; o para hablar más claro, en un país gobernado por la religión católica; pues, aunque la autoridad civil es austera, y el poder militar casi ilimitado, el eclesiástico es supremo”(17).

Las personalidades destacadas de nuestra historia, representantes de estos primeros años demostraron siempre un gran respeto por la Religión Católica. Se puede poner como ejemplo las palabras de Pueyrredón al asumir la gobernación de Córdoba: “Ministros de la mas Santa Religión: la causa del cielo es la que sostenemos, unida a la de la patria. Emplead, pues, el imperio que tenéis sobre las opiniones y dirigid nuestras conciencias a la unión y la hermandad. Haced desaparecer con vuestros sabios consejos la funesta semilla de la discordia que la ignorancia ha esparcido entre naturales y europeos”(18).

Belgrano en carta a San Martín del 6 de abril de 1814 desde Santiago del Estero le decía que debía considerar la religión porque los enemigos lograban el apoyo del pueblo acusándolos de herejes. Además la guerra debía hacerse desde la opinión no sólo desde las armas sino también desde la opinión. Las virtudes  religiosos, morales y cristianas deben guiar la acción aún en el ejército eso le dará orden y control. Recuerde siempre a Nuestra Señora de las Mercedes y los escapularios de la tropa, no se preocupe por los mentecatos que Ud. verá los beneficios de sus acciones(19).

San Martín nombró el 5 de enero de 1817 a Nuestra Señora del Carmen de  Cuyo, Patrona y  Generala del Ejército de los Andes. Después de los triunfos de Chacabuco y Maipú le ofrendó el bastón de mando.

De esta manera San Martín ratificaba la actitud de Belgrano y definía la vocación religiosa de los ejércitos libertadores. Esto no le impidió relegar de su cargo al Arzobispo de Lima Monseñor  Bartolomé Hidalgo de Las Heras por consentir con los realistas.

Las prácticas religiosas de la población estaban todavía muy acentuadas. Hasta 1821, será el Cabildo quien mantenga el fervor del pueblo en las festividades. Era el encargado de organizar las celebraciones públicas tanto religiosas como civiles. Luego de la supresión del Cabildo, los gastos del culto eran cubiertos por el Poder Ejecutivo. La reforma eclesiástica establecía que todo lo necesario para el culto en la Iglesia Catedral y los gastos que  él demande, serían cubiertos cada año por el Gobierno(20).

Las costumbres se van relajando con  la separación de la Iglesia local con la Santa Sede a partir de las decisiones políticas.

Las mujeres eran muy devotas en apariencia,  iban a misa todos los días acompañadas por una o dos esclavas que llevan la alfombra en la que se ponían de rodillas o sentadas en el suelo con las piernas cruzadas(21).

El tiempo urbano: la hora exacta se conocía a través de los relojes públicos, colocado en edificios públicos o en la torre de alguna iglesia. Sus campanadas se mezclaban con las de la Iglesia. Así  se mezclaba el tiempo litúrgico con el civil. Los momentos del día se conocían con “a la oración” o “a las avemarías”. Por su parte el calendario, señalaba celebraciones litúrgicas y cívicas solo alteradas por la muerte del soberano o la llegada de autoridades eclesiásticas o civiles. La rutina era rota por estos hechos o por fiestas(22).

Las prácticas devotas eran incesantes, aunque libres, sin coacción alguna, desde la asistencia a misa cotidiana u otras devociones en la iglesia hasta el rezo en los hogares, donde la familia  (que en ese entonces comprendía a los amos y a los sirvientes) se reunía diariamente para rezar el Rosario. Los hijos con religioso respeto por sus padres, les pedían la bendición al acostarse. El mismo saludo habitual – Ave María Purísima – era signo de devoción(23).

Después de rezar desde las cinco y media hasta las siete de la mañana. Martín estudia en su cuarto tendrá  una primera hora de clase antes del desayuno.  Un rato de tiempo libre y organización de las tareas, más oraciones, cena y a dormir a las once de la noche.

Fiestas religiosas

Las fiestas religiosas después de 1810 eran las mismas que en  la época colonial, todavía muchas misas eran encargadas por las autoridades en petición, en acción de gracias o por los difuntos. Todos los días, durante toda la mañana se celebraba  misa, allí,  dos coros entonaban canciones, cuando acababa uno, empezaba el otro.

Había dos misas, la del alba a donde iban los pobres, servidumbres y gente obrera y la de la “una” donde iba la gente bien. Las misas mas concurridas eran la del alba y la de la una, a la primera concurrían los ancianos, obreros, sirvientes y niños. A la otra asistía la aristocracia. En algunas iglesias no había bancos o había muy pocos. Un negrito llevaba la silla

Las fiestas  más comunes eran las de Corpus Christi, San Martín, patrono de la ciudad y  la Semana Santa. Otras veces realizaban rituales  para solicitar la protección de los santos para acabar con plagas que asolaban a la ciudad.

La Virgen de Luján hacía desaparecer las epidemias, los Santos Sabino y Bonifacio destruían las hormigas y ratones, San Martín, calmaba la sequía.

La fiesta religiosa más importante era la de San Martín de Tours, patrono de la ciudad.  Se realizaba una procesión  que recorría la plaza mayor, se adornaban las casas con pendones y banderas, además del paseo del Pendón Real que se realizaba el día anterior. En la Catedral se realizaba un novenario solemne que culminaba con las cuarenta horas, misa cantada en el día del santo con el sermón a cargo de uno de los religiosos de alguna de las órdenes religiosas de la ciudad., se celebraban también corridas de toro durante tres días en la Plaza Mayor arreglada ex profeso y daban comienzo en el tarde de la víspera del día de San Martín. En el siglo XVIII también se representaban comedias en  tablados levantados en sitios asignados con tíovivos y otras diversiones que eran el placer y alegría de nuestros antepasados.

El año litúrgico ponía variedad y colorido en las prácticas piadosas. Iniciado el año con la Navidad, la abundancia de la imaginería sobre el Niño Jesús nos demuestra lo extendido de la devoción. En los hogares se armaban los clásicos Belenes o nacimientos: en el centro de la gruta adornada con frutas y flores silvestres se veneraba al Niño. Los vecinos concurrían a saludarlo y los niños en pandillas, tocando flautas y cantando, recorrían las casas, compitiendo las familias y las iglesias en construir el pesebre más suntuoso.

La cuaresma con sus ayunos era rigurosa, las Terceras Órdenes  organizaban los Vía  Crucis, que eran muy concurridos. Las prácticas penitenciales se  distinguían por su severidad. Cuando llegaba la Semana Santa “se cerraba el punto” o sea se suspendían las causas civiles, en obsequio a la pasión de Nuestro Señor, y se indultaba a los presos cuyas faltas eran menos graves.

El Jueves Santo, el Cabildo se acercaba a la comunión, para cumplir con Pascua, y un cabildante recibía en depósito la llave del “monumento”, para devolverla al día siguiente junto con una copiosa limosna, que se entregaba en el momento de la adoración de la Cruz, para ser distribuida a los pobres.

En la tarde del Viernes Santo, se realizaba la procesión del Santo Entierro y se exponía la imagen de la Dolorosa, recogiéndose limosna en beneficio de los presos.  El silencio más riguroso se guardaba en los días santos. El Sábado de Gloria cobraba una animación especial por el repique de las campanas y el Domingo de Pascua se quemaba en la plaza un manequí de trapos que representaba a Judas(24).

En las procesiones, cada uno tenía un lugar asignado para mantener el orden y las estructuras. Los Jueves y Viernes Santos, las cofradías salían en procesión con sus imágenes y recorrían las calles seguidas de los fieles. Entonces, sastres y costureras salían del mal año cortando ternos de paños negros para los hombres y sargas y rasos del mismo color para las mujeres. Todo el mundo enterraba una ropa en los días de Semana Santa.

Durante esa semana algunos clérigos  se sentaban en una silla frente a las parroquias para examinar en la doctrina cristiana  a todos. Las personas que se habían examinado recibían una cedulita que decía confesión y otra comunión, luego se pasaba a recoger esas cedulitas y se anotaba a quien no había asistido. Durante la cuaresma las mujeres no salían jamás sin estar vestidas de negro; el Viernes Santo, el vestido de luto es obligatorio.

En Semana Santa no se carneaba, se suspendía el tráfico delante de los templos, nadie hacía música, se evitaban los ruidos y era obligatorio descubrirse al pasar delante de la iglesia.

El Sábado Santo se preparaban buenas cenas para esperar, reponiéndose de la abstinencia, el repique de la  misa de resurrección  a las tres o cuatro de la mañana. La procesión salía de La Merced y la Virgen de Santo Domingo para confluir en la plaza. Era un día de festejos, estallaban cohetes por todos lados, tronaban los cañones del Fuerte, muchos vecinos disparaban sus armas de fuego. A la noche en la Plaza 25 de Mayo, se quemaba un muñeco de Judas Iscariote, al llegar el fuego al medio del cuerpo estallaban petardos y cohetes que desparramaban monedas colocadas especialmente. Durante la época de Rosas, el muñeco  representaba a algunos enemigos.

Las procesiones eran muy convocantes, en todos los semblantes se veía la devoción, nadie salía por primera vez de su casa en el día sin persignarse. Lo mismo hacían las personas que entraban al cementerio(25).

Había otros rituales importantes en la vida cotidiana en los cuales la fe y las creencias religiosas estaban íntimamente relacionadas. Por ejemplo, al ir a la mesa, antes de empezar a comer la persona mas respetable decía: “Dadnos Señor, Dios mío, vuestra santa bendición, y bendecid también el alimento que vamos a tomar, para mantenernos en vuestro divino servicio. Padre Nuestro…..,” etc. 

Y después de haber comido: “Os damos gracias por el manjar que nos habéis dado”.

Al primer toque de oración todo movimiento cesaba, no solo en las casas sino también en la calle. Cuando sonaba la campana los hombres se paraban en la calle, se quitaban el sombrero y rezaban el Angelus Domine, se persignaban y continuaban su camino.  Los niños pedían la bendición a sus padres, tíos y abuelos. Los adultos pedían la bendición de sus padres(26).

Era muy común hacerse cruces con una rapidez prodigiosa ante la boca abierta como se bostezaba, parece que hoy todos han perdido el miedo a que Mandinga se les escurra por ella(27).

Antes se acostumbraba enviar regalos el día del cumpleaños, se logró abolir esa costumbre perniciosa pero se cambio por regalarle música al santo. Eso era muy agradable si se realizaba con una serenata de buenas voces y buenos tocadores de guitarra. Pero era abominable la aparición, de día, de una banda compuesta  de 4 ó 5 músicos de la legua, en que figuraba un clarinete rajado, un par de platillos,  un serpentón y una tambora. Toda era inútil para evitar que invadieran la casa; cuando menos se pensaba estaban en el patio aturdiendo al barrio entero. A veces iban enviados como regalo d alguien pero la mayoría de las veces aparecían por decisión propia(28).
Rarísima era la casa  en que   dejaba de reunirse de noche la familia a una hora fija para rezar el Rosario, a ese acto concurría todo el personal de la casa, inclusive la servidumbre.
 

En el dormitorio un crucifijo de oro y plata macizos, alto casi  de un pie estaba a la cabecera de la cama matrimonial, en el mismo centro. Al lado, a conveniente altura, un Cristo en la cruz llamaba la atención por lo artístico y el aire de tristeza infinita que envolvía la santa imagen. Del otro lado, teniendo al Niño Dios en los brazos, se veía iluminada a Nuestra Señora del Rosario, la virgen de las devociones de mi madre. A ella le pedía todo, y a ella le ponía más velas que a ninguna otra.

Mis padres creían, mi madre principalmente con fervor, aunque no fuera gran practicante. Eso sí, era muy rezadora y cuantos la rodeaban por consiguiente. A mí me hizo hermano de la cofradía de su Virgen(29).

Para esta época la religión católica era mayoritaria en la ciudad, la gente era más celosa en el cumplimiento de los mandatos de la Iglesia. El incumplimiento significaba la marginación social.

Un cronista de la época destacaba que “La concurrencia a la iglesia era casi constante. La verdad que para cumplir y asistir debidamente a todas las fiestas y funciones de iglesia, era preciso pasarse en ella gran parte del día y aún algunas horas de la noche. Las procesiones se repetían con admirable frecuencia y la concurrencia era inmensa, una y aun dos horas antes de salir, las campanas atronaban el aire, lo mismo que durante la procesión”(30).

La reforma eclesiástica durante el gobierno de Martín Rodríguez,  se justificó  como  imprescindible, para ello se citaron abusos, e incluso corrupción, que  decían, era indispensable remover.  Por recomendable que fuera la medida era lógico que levantara una fuerte oposición, unos consideraban que más que reforma era una supresión. Otros querían que las faltas sostenidas durante siglos desaparecieran paulatinamente, reconociendo el bien, pero temerosos de afrontar el cambio rápido. La supresión de los monasterios suscito agrias discusiones. El gobierno se sentía fuerte, según lo revelan los escritos de aquellos tiempos, cuando se resolvió reformar comunidades tan influyentes.

En las comunidades había hombres con grandes conocimientos y aún cuando había una hostilidad marcada contra la comunidad no la había contra los individuos que eran muy bien recibidos en las casa de las familias destacadas(31).

Hasta 1828, muchos acontecimientos políticos, cívicos y militares se recordaban o celebraban con misas que pagaba el gobierno.

Hasta 1829 no hubo oficialmente ninguna medida para dar un corte a los días festivos o semifestivos. El primer paso fue dado por el gobierno de Viamonte que le pidió al provisor Benegas que procediera a reformar el calendario de las fiestas.

Finalmente, la primera reducción de las celebraciones religiosas obligatorias y semi-obligatorias  fue llevada  a cabo por Monseñor Medrano quien en 1833 puso en ejecución el Breve del Papa Gregorio XVI, por el que se limitaban a catorce los días de doble precepto con las cinco festividades del Señor, las cinco de la Virgen, San Pedro y San Pablo, Todos los Santos, San Martín y Santa Rosa. Pero la verdadera reforma se hizo sentir en los semifestivos de los cuales solo se mantuvo la festividad de San José.

Rosas buscó defender la Religión Católica.  Dictó medidas para evitar la difusión de libros impíos. Por decreto ordenó que quiénes hagan circular o vendan obras contra la moral y la religión serían acusados judicialmente. Ordenó que las fiestas patrias se celebren con misas de acción de gracias. No modificó las disposiciones que se relacionaban con la posesión de los bienes eclesiásticos  derivadas de las reformas de Rivadavia.

Esta protección nunca afectó la tolerancia religiosa. El 5 de abril de 1830 se colocaba la piedra fundamental del primer templo protestante del país en un terreno ubicado en la mejor parte de la ciudad en terrenos que había pertenecido a un  convento  de los mercedarios y Rosas lo cedió a los ingleses. La inauguración se concretó al año siguiente.  En 1835 se inauguró la iglesia presbiteriana escocesa. El 24 de junio de 1832, Medrano se lamentaba que las jóvenes católicas se casaban con protestantes.

Para 1853, la sociedad rioplatense había pasado muchos años sin un contacto permanente con la Santa Sede. Las costumbres religiosas eran  menos exigentes que en los primeros años de vida independiente. No era igual la situación en el interior que en la ciudad de Buenos Aires. El interior mantenía aún  con fuerza el apego a la religión. El peso de los principios federales estaban vigentes en la mayoría de la población. En Buenos Aires las prácticas religiosas habían disminuido, eran las mujeres las que participaban de misas y procesiones.

Brown

El Almirante Brown se destacó por ser una persona respetuosa de la religión y sus prácticas, como todo buen irlandés. “Mis esperanzas como cristiano Católico, he sido siempre en Dios”(32). Pero también fue un hombre enmarcado en la época que le tocó vivir y las circunstancias políticas y económicas del momento.

Casado con una mujer anglicana, bautizó a sus hijos en nuestra ciudad. En 1815, el 16 de junio nacen Martina Rosa Estanislada de Jesús e Ignacio Estanislado, quienes fueron bautizados  en la Iglesia de San Pedro Telmo por  el Dr. Domingo Belgrano.  Martina fue bautizada el 1 de setiembre, fueron sus padrinos Marcos Balcarce y  María Josefa Sosa Maxin(33) e Ignacio, el 13 de agosto,  sus padrinos Ignacio Alvarez Thomas y María del Carmen Barrios con la aclaración del acuerdo de la madre protestante de religión(34). En la sociedad de la época el vínculo de padrinazgo era muy poderoso y se mantenía aún  después de la muerte del ahijado, tal como sucedió frente a la muerte de  Ignacio Estanislado. Cuando nace Eduardo, se repite el padrinazgo.

  “Religioso militante y ferviente, disponía – dice quien ha podido saberlo- de parte de su sueldo para ayudar a las Monjas Catalinas, a las que socorría puntualmente, aunque no hubiese percibido su paga. Sin embargo este hombre que no dormía sin persignarse, era tolerante en la observancia de tales prácticas por parte de su gente a bordo y no hemos encontrado en las listas de las planas mayores de sus naves las trazas de ningún capellán que sirviera en ellas”(35).

Su perfil humano nos muestra  a un hombre que en base a sus creencias desarrolla la solidaridad, el respeto y la consideración aún para con el enemigo. Siempre, en contra de las costumbres de la época pidió respeto hacía el prisionero. Lo enfadaba el maltrato y la muerte  de los enemigos después de haber sido derrotados. Este sentimiento lo sintetiza un pedido de clemencia hacía uno de ellos “El prisionero está dispuesto a servir (aunque capitán del buque) en algún barco de cabotaje de cualquier porte, con tal se le diera un sueldo suficiente para atender sus necesidades o igual al que se le paguen a otros. Es un pobre viejo y por muy gallego que sea merece protección”(36).  Antes de caer prisionero en Guayaquil, al ver la masacre que estaban realizando los españoles con sus hombres, ya vencidos o heridos, amenaza con volar la santabárbara de la nave si no concluían con esa acción. De esta forma logra salvar la vida de cuarenta hombres.

Su religiosidad no lo llevó a imponer las prácticas religiosas a su familia ni a su tripulación. El estar casado con una mujer inglesa y anglicana le dio necesariamente la comprensión necesaria para aceptar el derecho a diferentes creencias.  La situación en la marina era diferente a la del ejército donde la mayoría de los soldados eran criollos o españoles, por lo tanto, católicos  de origen. Los  oficiales de sus naves eran en su mayoría extranjeros, estadounidenses o ingleses.  Les permitía cumplir según sus creencias, no los obligaba a practicar una religión en particular. Los domingos  ya sea en la nave o en puerto, cada uno los vivía según su conciencia o deseo, él por su parte dedicaba el día a lecturas religiosas.

Entre 1822 y 1825, alejado de su actividad marítima  se dedicaba al comercio. Socialmente  mantenía relaciones con la comunidad irlandesa con la que concurría semanalmente a misa rezada por el fraile irlandés, el Father Burke o en el templo de San Telmo. Después de Juncal hizo celebrar una misa de acción de gracias en la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced(37).

Festejaba San Patricio con sus connacionales con una comida servida en el Fauch’s Hotel qué se cubría ese día de tréboles, banderas y canciones. Todo bien regado con la cerveza irlandesa que fabricaba en San Telmo, Don John Dillon(38).

En 1828 las vicisitudes políticas de nuestro país lo llevaron a ejercer el cargo de Gobernador Interino en reemplazo de Lavalle. Desde ese lugar intercede por la vida de Dorrego, pidió que le permitan salir del país porque era innecesaria otra muerte(39).  Lavalle no escucha su pedido, como sabemos y Dorrego fue fusilado. Toda su acción estuvo enmarcada en las virtudes aprendidas dentro de la fe.

Su ética era tan elevada que no le permitió aceptar sobornos de ningún tipo. No aceptó títulos ni honores ofrecidos tanto por el Imperio del Brasil como por la Armada Real Inglesa y el gobierno uruguayo. Ni siquiera aceptó supuestos regalos inocentes que conllevaban la posibilidad de una oferta no adecuada. Así cuando  Alzoragay le envía un juego de té a nombre de su hija, Brown lo rechaza porque considera indecoroso aceptarlo, mas aún viniendo de una niña(40).

Perseguido y prisionero sufre una fuerte depresión que lo  lleva a dos intentos de suicidio. Transcurrido el tiempo, al recordar esos hechos espera el perdón de Dios.  Brown, no era sólo un marino y un ferviente creyente, era también un hombre que vencido por las dificultades y los dolores físicos y espirituales que en un momento de debilidad se dejó  vencer.

El 27 de febrero de 1847, su hijo Eduardo se casaba en la Iglesia de San Pedro Telmo. La relación de la familia con la religión era absolutamente abierta. La diferencia religiosa de los padres no genera conflicto y por el contrario les dio a los hijos la libertad de elegir. Así es que los hijos varones se casaron dentro del catolicismo. La familia de Guillermo se mantuvo en el catolicismo mientras su hija Martina se casó con un protestante en iglesia protestante y en su testamento se declara protestante y fue enterrada en el Cementerio de Disidentes(41).

Rosas lo respeto a pesar de las actitudes  de Brown que obedecía sus órdenes pero no le rendía pleitesía. Rindió homenaje al Brigadier General Martín Rodríguez a su muerte aunque estuviese como unitario exiliado. No asistió a los funerales de Doña Encarnación Ezcurra . La influencia sobre Rosas se evidencia en las muchas misivas enviadas a su hija intercediendo por la vida o el perdón de presos políticos, ya sean federales tibios o soldados a las órdenes de Lavalle.   

El General Paz cuenta en sus Memorias: “jamás cometió actos de crueldad y antes por el contrario manifestó decidida  aversión a ellos, sin que Rosas lo reprobase ni se lo exigiese… Tampoco se le advirtió jamás esa animosidad contra los unitarios…Todos los esfuerzos hostiles del general Brown…se dirigieron contra la escuadra, y costas orientales, que juzgaba enemigas de su patria adoptiva” (42).

Algunos autores intentaron relacionar al Almirante con la masonería sobretodo durante su prisión y posterior liberación en Guayaquil. Estos autores no han podido presentar ningún testimonio o documento que pruebe esa relación. Tal vez, su hermano Miguel, quien se encargó de las tratativas, haya sido masón y pudo usar esos contactos para el éxito de su misión.

Cuando sintió la proximidad de la muerte solicitó los sacramentos que le fueron suministrados por el padre Fahy. “Agradeció, dice Murray a la Divina Providencia, su alta prueba de misericordia hacía un guerrero a quien tan a menudo había salvado de la muerte y que ahora podía morir pacíficamente auxiliado por la religión”(43).

El informe de Fahy decía: “Animado por los consuelos que presta nuestra Santa Religión, él esperaba con la dignidad y serenidad más completa su última hora y entregaba su alma en manos del Creador, poseído de la más ilimitada confianza en la misericordia divina. Él fue, señor Ministro, un cristiano cuya fe no pudo conmover la impiedad; un patriota cuya integridad, la corrupción no pudo comprar, y un héroe a quien el peligro no logró arredrar. Frecuentemente manifestaba al infranscripto su gratitud al gobierno, que le facilitaba gozar el octium cum dignitate en su más avanzada edad y también a S.E. el señor Gobernador por las simpatías que le había significado en los últimos días de su enfermedad”(44).

Mitre en su oración fúnebre dijo: “Brown en la vida, de pie sobre la popa de su bajel, valía para nosotros una flota. Brown, en el sepulcro, simboliza con su nombre toda nuestra historia naval…”(45).