UN DESTACADO COMANDANTE NAVAL Y BRILLANTE MARINERO, VALIENTE, ARROJADO, INTRÉPIDO Y DE GRAN AMOR
POR SU BANDERA: CORONEL DE MARINA LEONARDO ROSALES.
Por el contraalmirante Horacio Rodríguez
31 Páginas A4

   
Parte I de III
 
 
 

La vida de Leonardo Rosales, al igual que la del Gran Almirante Argentino Guillermo Brown fue, como muy ajustadamente tituló Marcos Agunis su biografía sobre el segundo, un “Combate Perpetuo”. Aparte de ello Rosales no tuvo ni tiene el reconocimiento debido de sus compatriotas.

Este trabajo no es una nueva biografía del prócer, ya entre otras está la que oportunamente el suscrito hizo en coautoría con el contraalmirante Pablo E. Arguindeguy, sino que aquí pretendemos exponer partes de una vida plena de aventuras, valor, arrojo, intrepidez, por cierto y por sobretodo, de una gran habilidad marinera y amor a su bandera; condiciones que llevaron a sus distintos comandantes superiores a elegirlo en repetidas oportunidades entre sus pares, para ejercer riesgosos comandos independientes, los que como veremos no resultaron nada sencillos.

Como carta de presentación del marino objeto de éste trabajo, asentaremos que según consta en el Libro de Bautismos Nº 2 de la Parroquia de Monserrat, Iglesia ubicada en la que es hoy avenida Belgrano 1151 de la ciudad de Buenos Aires:

“En cinco de noviembre de 1792. Con mi licencia el señor doctor Melchor Fernández bautizó solemnemente un niño que se llamó Leonardo, hijo legítimo de don Manuel Rosales y de doña María del Tránsito Catalán, vecinos de esta ciudad, y el dicho natural de San Pedro de Domayo, Arzobispado de Santiago en el Reyno de Galicia; nació el mismo día, fueron padrinos Francisco Piñero y Josefa Fernández, vecinos asimismo de ella, a quienes recordó las obligaciones espirituales que habían contraído y la obligación de doctrinar al ahijado”.

Así nacía a la vida el duodécimo hijo de la familia Rosales-Catalán, en la que era entonces y según las planillas de Censo, la Manzana N º 162 de la ciudad de Buenos Aires, cuadrado formado por las calles Villota (hoy HipólitoYrigoyen), Parejas (hoy Tacuarí), Álzaga (hoy Alsina) y Correa o De Las Cortes (hoy Piedras), es decir en lo que actualmente es pleno centro porteño, condición ciudadana que exhibiría con orgullo a lo largo de su vida.

La posición acomodada de su padre, comerciante y propietario, el que también siguiendo los Censos alojaba en su casa a cinco esclavos y cuatro agregados que colaboraban en su negocio (uno gallego, otro de Montevideo y los demás de la ciudad), le permitió en 1806 y 1807 ser alumno regular de los cursos de Gramática del Real Colegio de San Carlos, cuando y según asentaron los directivos de dicho colegio “los varios acontecimientos que ha habido en esta Capital, han entorpecido en mucha parte el progreso de los estudiantes y por lo mismo han minorado los estudiantes en todas las aulas en parte muy considerable...” . Si bien Leonardo regresó al Colegio en 1808 no finalizó su curso de Gramática, cuya duración académica era de tres años, pese a lo cual adquirió un destacado nivel para la época en el manejo de nuestro idioma, ya que son muchos los documentos de su puño y letra, con buena caligrafía y ortografía que se conservan en el Archivo General de la Nación y en el de la Armada , pues nunca utilizó amanuenses para su correspondencia oficial o privada; por el contrario son muchos los documentos por él escritos y firmados a ruego de marinos extranjeros, que no dominaban nuestro idioma o que simplemente eran analfabetos.

Si bien desde el momento de abandonar sus estudios comenzó a navegar en el tráfico fluvial con embarcaciones de su padre, tomaremos como punto de partida para seguir sus servicios navales, a lo que él expresó en marzo de 1816 cuando solicitó su ascenso a Subteniente del Ejército al servicio de la Marina , en nota que dijo:

“...actualmente al comando de la cañonera de guerra nombrada Murciana... que habiendo entrado al servicio nacional marítimo desde los últimos meses de 1812 en los lanchones corsarios de la Marina del Estado, haciendo toda clase de servicios voluntarios gratuitamente por espacio de once meses, máxime cuando en aquella época necesitaba la Patria de los sacrificios de sus hijos, yo soy uno señor Excelentísimo de los que comprometí mi vida, mi existencia y lo más dulce, el amparo de mi familia, habiéndome hallado en siete acciones de combate naval: la primera en Martín García; la segunda en la Colonia en la toma de dos balandras; la tercera en el Guazú en la toma de los siete buques; la cuarta en la toma de los faluchos en la Isla de Hornos; la quinta en el Arroyo de la China con las embarcaciones al mando del señor don Jacinto Romarate; la sexta en la toma de la Escuadra de Montevideo...”. Como vemos sólo nombra seis acciones, pero consideramos que en la séptima englobó a las dos expediciones sobre Santa Fe, que luego mencionaremos.

Esa solicitud fue elevada por el coronel mayor Matías de Irigoyen, entonces Comandante General de Marina, a la que agregó:

“Paso a manos de V.S. la solicitud del ciudadano Leonardo Rosales, al servicio de la Marina del Estado, para que V.S. en justa consideración al mérito, la eleve a V.E. con recomendación. Este joven ciertamente tiene servicios y aun promete mayores recompensado, si V.S. accede a mi sentir, en que conviene a los bien entendidos intereses de la Patria , el que vayan introduciendo algunos americanos en el servicio de la Marina en la clase de oficiales...” .

Comenzaremos por repasar sintéticamente los servicios que Rosales menciona en la nota antes trascripta:

A fines de 1812 la Capitanía de Puerto de Buenos Aires a cargo del sargento mayor de Marina Martín Jacobo Thompson, dispuso se armaran dos embarcaciones corsarias, las denominadas Botes Corsarios Nº 1 y 2 , las que tuvieron como misión hasta fines de 1813 el patrullado fluvial y acciones de corso sobre las pequeñas embarcaciones, que el Apostadero Naval español de Montevideo utilizaba para el reaprovisionamiento de aquella sitiada ciudad. En ellos Leonardo Rosales revistó sin sueldo, aunque sujeto a percibir la parte que le correspondiera por las presas obtenidas, las que por cierto fueron numerosas, pues entre ellas que se contaron las balandras N.S. del Carmen, San José y Ánimas, Asunción, María Antonia, San José y el Carmen, y San Blas . De ese periodo vale la pena asentar un hecho anecdótico que conocemos a través del sumario levantado en la Capitanía de Puerto: el 17 de abril de 1813 se produjo en una pulpería de Buenos Aires una riña entre un teniente de Montados (así llamados entonces los Granaderos a Caballo), la que no llegó a mayores al hacerse presente un piquete de ese Cuerpo, los que llevaron detenidos a su Cuartel a los tripulantes de una balandra de fuerza y de un Bote Corsario que participaban del hecho. Según consta en el dicho sumario, allí el Jefe de la Unidad que era nada menos que el coronel José de San Martín, dijo al que al parecer llevaba la voz cantante de los presos “yo los arrancharé a ustedes...” y tocándole el hombro agregó “mañana les haré pegar cien palos a cada uno...”, amenaza que por cierto quedó sin cumplir, puesto que en la mañana siguiente los tumultuosos fueron enviados a la Capitanía de Puerto, donde se instruyó el sumario, del que sacamos estos datos.

Siguiendo con los servicios de Rosales, la cita que hace al decir “la primera en Martín García” se produjo el 6 de julio de 1813, cuando el teniente de Dragones de Buenos Aires José Caparroz con un reducido grupo de hombres armados, se dirigió a Martín García en un lanchón que contaba entre sus tripulantes a Leonardo Rosales, allí efectuó un golpe de mano sorprendiendo a la guarnición española local, a la que dispersó, clavó su artillería, se apoderó de algunos efectos militares y regresó sin sufrir bajas a su puesto en el sitio de Montevideo, hecho que tuvo profusa difusión a través de la Gaceta Ministerial de Buenos Aires por el logro obtenido, más psicológico que militar.

También como marinero participó Rosales en la acción que él cita como “la toma de los faluchos de la isla de Hornos”. En la noche del 8 al 9 de enero de 1814 el teniente coronel de Marina Benjamín Franklin Seaver, encabezó un golpe de mano buscando apresar al queche Hiena, intento que fracasaría por el cambio de fondeadero de éste, pero que tras sangrienta lucha, dio por resultado el apresamiento de los faluchos de guerra de la Armada de España San Luis y San Martín , presas que traídas a Buenos Aires fueron incorporadas a la Escuadra Republicana, entonces en formación.

Nuevamente en una oscura posición de marinero, participó en “la toma de dos balandras” la que el entonces capitán mercante Guillermo Brown realizó en corso el 13 de enero de 1814, con las embarcaciones de su propiedad goleta Hope y ballenero Caballo Negro. La intención de Brown había sido apresar al bergantín de guerra español Belén , lo que no pudo hacer pues no encontró al mismo en el fondeadero, por lo que en la mañana siguiente persiguió y capturó a la goleta N.S. del Carmen y a la balandra San Juan, a las que condujo primero a la Colonia y a la Ensenada después, siempre perseguido por unidades de guerra españolas que no lograron su objetivo.

A partir del 14 de marzo de 1814 Leonardo Rosales aparece en la categoría más subalterna en el rol de la sumaca de guerra Santísima Trinidad (en la lista de revista figura como “despensero”), y desde entonces por muchos años su nombre ya no abandonaría los listados de nuestra Armada; esa unidad no participó en las acciones de Martín García pues se la había destinado al patrullado del Río de la Plata. Tras la caída de esa Isla y habiendo remontado el río Uruguay la Escuadrilla española bajo el mando de Jacinto de Romarate, considerando Brown que la misma luego del anterior combate se encontraba falta de pólvora y munición, constituyó una fuerza que puso bajo el mando del capitán de Marina Tomás Nother, e integró con la sumaca Santísima Trinidad, la goleta Fortuna, la balandra Carmen, la cañonera Americana y los faluchos San Luis y San Martín, dándole la misión de ir en su persecución y lo rindiera o mantuviera embotellado en el río Uruguay. El encuentro de las Escuadrillas se produjo en las primeras horas de la tarde del 28 de marzo de 1814, en el paraje conocido como Arroyo de la China , manteniéndose durante el mismo un intenso fuego por ambas partes, pero en él triunfaría la superioridad artillera y la habilidad de Romarate y sus comandos subordinados. La lucha de la Santísima Trinidad fue dura, a lo largo de la cual Rosales sirvió una de sus piezas de a 6; el comandante murió al inicio de la acción y sucedido en el mando por su segundo, este también al poco tiempo cayó herido y debió ser suplantado por quién lo seguía en antigüedad, que herido a su vez mantuvo el mando del buque y de la Escuadrilla en la faz final del combate. El comportamiento de Rosales en ese sangriento combate en el que resultó herido, no desmereció su anterior conducta ni las que siguieron a lo largo de su vida, siendo por ello ascendido a “Quarter Gunner” (así consta en los documentos), es decir Cabo de Cañón. La Santísima Trinidad tras ser reparada en el Arsenal de Barracas, el 20 de abril se reincorporaba a la Escuadra bloqueadora de Montevideo, con la que participaría en el Combate Naval del Buceo y el 17 de Mayo en el Combate Naval de Montevideo, en los que se puso definitivo fin al dominio naval español en el Río de la Plata. Por ello y de acuerdo a su grado, Rosales se hizo acreedor al uso del escudo de plata con la leyenda “ La Patria reconocida a los Libertadores de Montevideo”.

Antes de seguir me permito como digresión mencionar que terminada la Campaña Naval de 1814, Rosales cobró de Guillermo Pío White que había financiado la misma, 256 pesos y 4 reales, pero no en dinero efectivo sino en especies: 30 arrobas de yerba y una pipa de vino carlón, lo que según la valorización de White, excedía en valor en 8 pesos y 4 reales a lo que según libros se le adeudaba, por lo que el marino debió pagarle al comerciante norteamericano esa suma de su bolsillo para saldar definitivamente la cuenta.

Al llegar a su fin en las aguas del Plata la conocida como Campaña Naval de 1814, pasaron a coexistir dos frentes de lucha entre los que los veteranos de aquella debieron elegir para enrolarse: el corso marítimo con patente de Buenos Aires contra la bandera española por los mares del mundo y la guerra civil desatada entre las provincias del Litoral y el centralismo porteño. El porteño Rosales eligió la última y se mantuvo por diez años bajo el pabellón de su ciudad natal, haciendo de ese servicio naval su carrera y profesión, con entrega total a una causa política que juzgó suya.

Como sargento artillero y embarcado en el bergantín Aranzazú, integró en febrero/marzo de 1815 las escuadrillas fluviales de la Primera Expedición de Buenos Aires sobre Santa Fe, bajo el mando del coronel Eustaquio Díaz Vélez y en la Segunda Expedición que con el mismo destino se formó bajo el mando del general Juan José Viamonte; participando en todas las acciones desarrolladas por las mismas.

En 1816 y ya como comandante de la cañonera Murciana, Rosales participó en una nueva campaña sobre Santa Fe integrando una pequeña fuerza naval mandada por el coronel mayor Matías de Irigoyen, la que tenía como misión realizar el transporte de tropas y dar apoyo de fuego naval a los 1.500 hombres del coronel Eustaquio Díaz Vélez. En esas tareas el 24 de julio su cañonera junto con el falucho San Martín, fueron sorprendidos por una gran bajante y quedaron varados en la boca de un arroyo, comprometida situación en la que fueron atacados por partidas artiguistas reforzadas con gente de Estanislao López, a las que al agotar sus municiones debieron rendirse. En esa oportunidad también cayó prisionero el comandante de la escuadrilla y Comandante General de Marina, coronel Irigoyen. Tras ello Mariano Vera, gobernador de Santa Fe se dirigió a Díaz Vélez comunicándole que “son en mi poder el general Matías Irigoyen, Juan Francisco Tarragona, Jorge Zemborain, Pedro Mom, Leonardo Rosales y Carlos Robinson, el comandante del Rosario, sargento mayor Buchardo, Antonio Badal y noventa y tantos soldados, y como estoy cerciorado que algunos paisanos y un solo oficial que tiene usted son tratados con la mayor violencia, Prevengo a V.S. que a no anular su comportación, serán estos afligidos con todo el rigor a que da mérito el horroroso comportamiento de V.S. con los míos...”.

Ninguno de los prisioneros se quejó luego del trato recibido en esa ocasión, y permanecieron presos en Santa Fe varios meses, hasta fines de marzo de 1817 fueron liberados cuando Viamonte firmó un Tratado en Santa Fe con los jefes artiguistas Francisco Ramírez y Aniseto Gómez, en cuyo Artículo 2º se especificaba que “Las personas del general y los oficiales serán respetados y marcharán a la Capital mañana mismo en los buques que se les proporcione, proveyéndolos de víveres hasta la Capilla del Rosario...”. Ya en Buenos Aires Rosales fue sometido a un Consejo de Guerra del que salió absuelto, por lo que fue reintegrado al servicio naval confiándosele el mando de la cañonera Luisa y seis meses después de la goleta Invencible, para finalizar el año como 2º comandante del bergantín Belén.

Para 1817 las victorias sanmartinianas habían hecho posible la instalación de la Patria Nueva Chilena y la asunción como Director Supremo del brigadier Bernardo de O´Higgins, por lo que desaparecía para nuestro país el peligro desde la Cordillera , pero restaba el del noroeste y por sobre todo el de la Anarquía Interna . Lo escaso de oficiales de oficiales navales disponibles en ese momento, hizo que Rosales sin dejar de pertenecer a la dotación del Belén , fuera encargado del Lanchón de Auxilio de la Capitanía del Puerto de Buenos Aires, llenando con él varias tareas, especialmente visitas e inspecciones a los buques mercantes extranjeros arribados al puerto.

Ese mismo año de 1817 participó en una expedición para luchar contra Francisco Ramírez, la que al mando del coronel Luciano Montes de Oca tuvo el apoyo de una Escuadrilla Fluvial, integrada entre otras naves por el Belén bajo el mando del capitán de Marina Bartolomé Cerretti, el que como segundo comandante llevaba al subteniente Rosales, pero las acciones navales de esta Expedición no fueron más allá de las de transporte de tropas, por lo que la actuación de Rosales en ella no pasó del cumplimiento eficiente de las rutinas.

En 1818 al agravarse (si ello fuera posible) la situación entre Buenos Aires y el Litoral al crearse la “Liga Federal” que apoyaba a Artigas, Buenos Aires para entonces aliada con Córdoba, dispuso se atacara desde los frentes Sur y Oeste a Estanislao López, designado Gobernador de Santa Fe, destacando para ello una Expedición al mando del general Juan Ramón Balcarce con el apoyo de una Escuadrilla Fluvial, en la que nuevamente estuvo embarcado Leonardo Rosales, pero ésta también limitaría su intervención a tareas de transporte y apoyo logístico en general.

En 1819 la situación política general se parecía mucho a la del año anterior: continuaba la presión realista en el noroeste, mientras las fuerzas libertadoras se afirmaban en Chile y su Escuadra comenzaba a dominar el Pacífico Sur; por su lado las provincias del Litoral coaligadas militarmente con Artigas exigían la caída del Directorio, así que éste nuevamente dispuso expediciones sobre Santa Fe, primero a órdenes de Juan Ramón Balcarce y luego de Viamonte, ambas con el acostumbrado apoyo de una Escuadrilla Fluvial, en cuyas accionas nuevamente participó el ahora teniente Rosales desde su comando del bergantín Belén , hasta que a fines de agosto se enteró que su padre se encontraba preso por haberse negado a pagar una contribución extraordinaria impuesta a los extranjeros propietarios de inmuebles, así que cursó el siguiente pedido “Solicito separación del servicio, para con mi trabajo ocurrir al sostén de cuatro hermanas y al alivio de mi anciano padre, de sesenta y ocho años, preso actualmente en la Cuna por no haber satisfecho el empréstito que le cupo...”. Baja que le fue otorgada el 14 de octubre de 1819.

No podemos menos que destacar algo que me resulta difícil calificar, pero me arriesgo a decir que si un subordinado mío hiciera eso, diría que su gran vocación de servicio lo lleva a dejar totalmente de lado sus intereses personales. Cuando “por suprema cédula se le concedió absoluta separación del servicio” , el Comisario General de Marina, don José Benito Goyena, hizo la correspondiente liquidación de sus haberes; vemos en ella que su sueldo de sesenta pesos mensuales le era adeudado en 32 meses y 13 días, e importaba la suma de 682 pesos 7 reales y 24 maravedíes, pues no había cobrado su paga completa desde el 1º de enero de 1817 y sólo esporádicos adelantos a cuenta de aquellos.

Con el dinero anterior, a lo largo del último trimestre de 1819 impidió se liquidaran judicialmente los bienes de su padre, el que quedó en libertad. Pero el año 1820 sería pleno de acontecimientos: Estanislao López y Pancho Ramírez, con la presencia del chileno José Miguel Carreras invadían Buenos Aires, aduciendo lo hacían “para liberarla del Directorio y del Congreso, los que pactaban con las Cortes de Portugal, España, Francia e Inglaterra, la coronación de un príncipe europeo en el Río de la Plata , contra la opinión de los pueblos que han jurado sostener la forma republicana federal” . Tras la lucha se firmaría primero el Armisticio de Luján y posteriormente el trascendente Tratado de Pilar; y finalmente en Buenos Aires fue derrocado el gobernador Sarratea por una asonada político-militar, encabezada por el general Juan Ramón Balcarce que tomó la gobernación, pero eso no permitiría superar la crisis y entre los días 19 y 21 de junio de 1820, los sucesos anárquicos llevaron a que tuvieran a su cargo el gobierno de la provincia Ildefonso Ramos Mejía, el Cabildo y el general Soler, hecho conocido incorrectamente como del “día de los tres Gobernadores”.

Todo eso puso a Rosales en el dilema entre su deber filial, que le indicaba que debía apoyar a su padre ante contingencias económicas que podían amargar sus últimos años, y las obligaciones hacia su patria, que para él si duda era Buenos Aires, a la que veía inmersa en una crisis política por la mutua incomprensión entre ella y las provincias. Finalmente al comenzar la invasión a la provincia por las tropas de los caudillos del Litoral, primó su patriotismo sobre su corazón y ofreció nuevamente su espada a Buenos Aires, la que le fue aceptada, asignándosele el comando de la veterana goleta Invencible, en pésimo estado de conservación. En el momento álgido de la crisis política, decidió ir a fondear a Martín García junto con otras dos unidades; lo que le costó que al reasumir el gobierno Sarratea fuese puesto preso “por haber huido de Buenos Aires” y luego dado de baja, lo que quedó posteriormente documentado por el Comandante General de Marina el 28 de febrero de 1821 al proponer su nueva Alta: “El subteniente graduado y retirado don Leonardo Rosales, fue propuesto para volver al servicio en enero del año anterior y con la pérdida de la jornada de Cepeda se extravió la propuesta, en la que también se avisaba que por la falta de oficiales se le había encargado el mando de la Invencible; dicho oficial fue despojado del mando del buque por el ex gobernador Manuel de Sarratea y dado de baja... Matías de Zapiola”. La propuesta de Zapiola fue aceptada de inmediato, remitiéndose a Rosales su despacho de subteniente de Marina y por separado pero simultáneamente se lo ascendía a teniente graduado del mismo servicio, reconociéndose con ello la injusticia de la pérdida de un grado impuesta al ser dado de baja.

Para todo esto el Supremo Entrerriano Francisco Ramírez, que había adquirido el poder político y militar que tuviera Artigas en toda la Mesopotamia , con la ventaja sobre aquel que no debía guerrear con los portugueses en la disputa por la Banda Oriental , lanzó una Proclama contra Buenos Aires declarando que marcharía sobre ésta. Eso en momentos que el brigadier general Martín Rodríguez finalizaba su campaña sobre los indios rebeldes y retomaba el gobierno, por lo que dispuso la organización de los medios militares necesarios para enfrentar a Ramírez, que hacía lo propio en su campamento de la Bajada del Paraná.

Como era común en esos tiempos, la Armada de Buenos Aires había sido desmantelada, encontrándose reducida al comienzo de esta crisis a la Falúa del Puerto, al falucho San Martín y a la goleta Fortuna (estos últimos sin comandos ni tripulaciones), pero pronto Zapiola agregaría a ellos los bergantines 25 de Mayo, Aranzazu y Chacabuco y las Cañoneras Ligeras Nº 6 y 7 (en realidad sólo lanchones), el problema se presentaba con el reclutamiento de la marinería, por lo que por primera vez se ofreció a los que se engancharan un “reparto de tierras para que puedan labrarlas”, haciéndolo marineros desertores de mercantes extranjeros a los que Zapiola calificó como “lo más corrompido de la marina inglesa” . Así se consiguió contratar a 390 hombres, de los que sólo 57 eran nativos, 68 ingleses y el resto de las más variadas nacionalidades, negros africanos y hasta un ruso.

El 21 de abril de 1821 zarpaba la escuadrilla bajo el mando de Zapiola y la secundía del sargento mayor de Marina Juan Bautista Azopardo, recién arribado de su prisión española en Ceuta y con Leonardo Rosales comandando el Lanchón Nº 7 , la que transportaba efectivos del Ejército, buscando al tiempo dar seguridad costera a las operaciones de los ejércitos ahora aliados de Buenos Aires y Santa Fe, en su accionar sobre Ramírez. Llegada la Escuadrilla a Santa Fe, el grueso de la misma se estacionó frente a la ciudad, mientras una División Lanchones puesta bajo el mando del teniente Leonardo Rosales, reforzada con tres lanchas cañoneras construidas, artilladas y tripuladas en Santa Fe, se situó en posición de vanguardia en la Boca del Colastiné, en previsión de cualquier intento proveniente de la Bajada del Paraná o de Corrientes. Creo se debe remarcar la elección que Zapiola hizo de Rosales para ejercer este comando independiente, lo que era un obvio reconocimiento a su iniciativa y valor en el combate y como veremos, los hechos pronto darían razón a ello.

Poco después Rosales recibía la primera orden de López y Zapiola: “inmediatamente dará usted a la vela con los Lanchones Nº 1 y Nº 2, cúter San Martín y el que dará a usted en Santa Fe el Señor Gobernador de la provincia, para seguir viaje hasta encontrar tres lanchones enemigos que han salido en busca del buque de repuestos... Debe usted navegar a toda vela hasta encontrarlos y batirlos, a cuyo fin tomará usted noticias de la costa” . No hallaría Rosales a los lanchones enemigos, pero sí al convoy con los elementos esperados, al que dio escolta, regresando luego a su posición en la Boca del Colastiné.

Como demostrativo del sentido del deber de Rosales, anotaremos que durante la navegación de regreso del convoy, el Lanchón Nº 2 comandado por José María Pinedo no haciendo caso a las órdenes y señales para la navegación, se había separado del mismo por espacio de veinte horas, por lo que en el informe de su comisión Rosales asentó “Ha sido escandaloso que los buques mercantes y el capitán del Ejército Francisco Echagüe, hayan tenido que notar la indisciplina con que se ha manejado el señor José María Pinedo”.

Poco después el comandante naval de Ramírez, el valiente italiano Manuel Monteverde, conocedor de la posición de Rosales y confiando en que las vueltas del río y la vegetación de esa zona le permitirían un ataque por sorpresa, consideró apropiado lanzarse al ataque. De ese combate Rosales enviaría dos partes a su Jefe de Escuadrilla; en el primero inmediato a la lucha que contiene una visión incompleta de los hechos; detalla los muertos que va contando y dice que el cadáver de Monteverde fue abandonado en la cubierta de su nave y pide “a la mayor brevedad un cirujano para ver si puede salvar la vida de algunos que están malheridos...”; detalla además el escaso numero de prisioneros: siete. Fue en esos momento del combate en que vio que de un palo del Lanchón Nº 7 pendía el cadáver de Monteverde, al que de inmediato ordenó descolgar y que fuese sepultado en una isla próxima.

Recobrada la rutina naval a bordo de sus cuatro embarcaciones y de las tres tomadas al enemigo, recién el 28 de junio el herido comandante de la División Cañoneras tuvo tiempo para escribir de su puño y letra el segundo parte del combate, que creemos conveniente transcribir completo:

“En mi anterior parte dije a V.S. que circunstanciadamente avisaría lo ocurrido en la acción del día 26 y es como sigue: a la 1 hora de la tarde descubrí cuatro embarcaciones enemigas que se dirigían a la Boca del Colastiné Arriba, inmediatamente avisé a los de mi mando y esforzándonos ocupamos el paso más estrecho de dicha Boca habiendo formado nuestra línea en éste orden: Lanchón Nº 1 de mi mando; el de Santa Fe a cargo del Patrón Pedro Martínez Puerto Real formaban la vanguardia; Lanchón Nº 6 al mando del subteniente Antonio Richitelli y otro de Santa Fe a cargo del Patrón Juan Estevan hacían el centro; y reserva el Lanchón a cargo de Vicente García. A las 2 horas de la tarde me atacó el Comandante General de Entre Ríos Monteverde, habiéndome abordado con el Lanchón Nº 4 que era nuestro, el Carmen y la Correntina , en el primero murió Monteverde y fue abandonado de los enemigos; en el segundo al mando del teniente Pablo Mongelos se salvaron siete hombres, quedando vivos y heridos el mencionado comandante y el subteniente desertor nuestro Faustino Blanco, los restantes hasta treinta y siete quedaron muertos a mi costado. La Lancha Correntina que me abordaba por la popa con cuarenta hombres, fue abordada por el patrón Pedro Martínez Puerto Real, habiendo sido muertos treinta hombres de los enemigos y apresado el Lanchón; el Lanchón Nº 6 se apoderó de la goleta Nº 4 y persiguió su tripulación que eran cincuenta hombres y se escapaban por tierra; el Lanchón al mando del Patrón Juan Estevan vino en mi auxilio en el momento que me vio abordado por dos de los enemigos en los que hizo gran mortandad; el Lanchón Nº 3 que fue nuestro se puso en fuga y consiguió escapar, por no haberlo seguido el Lanchón al mando de Vicente García, quién desobedeció en todo las señales e instrucciones y se puso en fuga sin haber entrado en combate. Recomiendo a V.S. por segunda vez los dos patrones Pedro Martínez Puerto Real y Juan Estevan, como también a los marineros Isidoro Chavaría, Santiago Banegas herido, Antonio Santalla y el cabo de la tropa Pedro Joaquín Velásquez que tan bravamente defendieron los dos abordajes, haciendo gran mortandad en los enemigos. La pérdida total nuestra consiste en ocho muertos, doce heridos gravemente y cuatro contusos. Enemigos se han enterrado y tirado al agua cuarenta y dos, prisioneros cuarenta, no se el número de los que se ahogarían, sólo digo que de la isla al banco de la boca del río, estaba cubierta de nadadores y heridos. Se han tomado treinta fusiles; en la Goleta N º 4 con tres cañones, uno de a 12 de bronce y dos de a 3; el Lanchón Carmen con dos cañones, uno de a 5 y una carronada del mismo calibre; y el Lanchón Correntina con iguales piezas, los demás útiles de guerra se manifiestan en los adjuntos inventarios. El Lanchón Nº 4 fue saqueado y rotos sus mamparos por Vicente García. En las listas de tripulaciones se señalan los que se distinguieron en esta acción. He tenido a bien conducir hasta este destino al cuerpo de Monteverde con el objeto de darle sepultura.”

“Dios guarde a V.S. muchos años. Colastiné. Julio 28 de 1821. Leonardo Rosales”.

La tradición oral nos dice que Monteverde fue herido durante el combate en una pierna por Rosales de un chuzaso (es decir que éste peleaba con espada y lanza), y que retirado por su gente a la cubierta de su buque, allí fue alcanzado por un tarro de metralla que le causó la muerte.

Por razones difíciles de entender, la División de Rosales fue desde entonces olvidada en esa posición sin relevo ni nuevas órdenes y lo peor sin ser reabastecida, al punto que a fines de agosto se dirigió a Zapiola diciéndole:

“El día 25 después del mediodía, me fue preciso abandonar el punto por hacer 48 horas que sólo comía la gente porotos cocidos y algún pescado, pero a poca distancia encontré al Lanchón Nº 1 que conducía los siguientes víveres... Debiendo V.S. creer el interés particular que tengo en cumplir exactamente en cuanto se me ordena. Si es posible mandar un poco de aguardiente será muy útil, pues es el Dios que adoran los ingleses...”.

Las muertes de Ramírez y Monteverde apagarían los fuegos de la larga guerra fratricida con el Litoral, se firmándose un convenio en San Nicolás entre los gobernadores Estanislao López y Martín Rodríguez, el que luego produjo el Tratado del Cuadrilátero. La Escuadrilla de Buenos Aires permaneció un tiempo más en la zona, para en noviembre de 1821 regresar a Balizas, donde fue recibida con salvas de homenaje a un nivel que no se oía desde la caída de Montevideo.

Rosales desembarcó con un nuevo galón: Capitán Graduado al Servicio de la Marina , siendo el único oficial naval que obtuvo un ascenso por sus servicios en esa campaña. Es que había sido destacado a la zona de mayor peligro potencial y allí destruyó al enemigo al abordaje y en combate cuerpo a cuerpo, demostrando capacidad profesional, valor, liderazgo y como nos lo muestra en el parte que arriba trascribimos humildad y falta de soberbia...

Nuevamente se desarmó la Escuadrilla y Azopardo, como Capitán del Puerto y Comandante de Matrículas, quedó a cargo de sus unidades reducidas a un buque para el servicio de “guardia de Bahía”, es decir vigilancia de Buenos Aires, a unas falúas del puerto y al lanchón de auxilio, y también a las de las delegaciones de Marina en Las Conchas, Ensenada de Barragán y Patagones.

Esa drástica reducción de hombres no comprendería a Rosales, que el 28 de febrero de 1822 fue designado Subdelegado de Marina en el Puerto de la Ensenada , Delegado de Matrículas y Capitán del mismo, donde contaba con el Patrón de la Falúa allí asignada, un Práctico para las entradas y salidas al puerto, y un sargento al frente de un pique de soldados cuyo número era variable. Y hacia allí marchó el marino acompañado con su esposa para vivir en un modesto rancho alquilado.

Ese puerto tenía un movimiento relativamente alto, encontrándose entre quienes lo utilizaban don Guillermo Brown, que con el bergantín Hutton que mandaba su hermano Miguel y tenían en propiedad compartida, comerciaba mulas en pie con las Indias Occidentales; pero la tarea de Rosales sería tranquila y se reduciría a la verificación de la entrada y salida de buques, visitas sanitarias a los mismos, cobros de derechos y tasas portuarias, y quizá el ocasional arresto de algún marinero borracho en algunos de los bares de la pequeña y marinera villa.

A fines de 1823 don Leonardo Rosales comenzó a vivir un drama íntimo que ambas partes ventilaron por encima de su privacidad. Dolores Arrascaeta de Rosales hizo públicas acusaciones de infidelidad a su marido y abandonó su hogar en Ensenada, regresando a casa de sus padres en Buenos Aires. Ante esa situación en enero de 1824 Rosales hizo una presentación al Gobernador y Capitán General de la Provincia , defendiéndose de la acusación de infidelidad de su esposa, diciéndole:

“Excelentísimo Señor: Teniendo la satisfacción de haber vivido con aquella decencia que condecora a la clase matrimonial, respecto a ser uno de los que se hallan comprendidos en este tan respetado Sacramento digo: que siendo tantos los escándalos que por culpa de sus infundados celos causa mi esposa Dolores Arrascaeta, que me ponen en disposición de manifestarlos a V.E. Pues es el caso que de ningún modo ni por ningún pretexto, puedo tener sociedad decente con los mismos que representan las primeras autoridades del país, sin ser atacado en vista de las mencionadas mil injurias, que se probarán hoy contrarias por los mismos jueces y por todo el vecindario, que está bien orientado de mi salud y buena comportación, sin dar lugar hasta hoy de la más leve crítica. En consiguiente ni mi genio, ni la representación que hago en el lugar que ocupo, ni el buen crédito general que en esa Buenos Aires tengo, me permite una tolerancia que por el término de cuatro años ha sido un sufrimiento en perjuicio de mi salud y mis pocos intereses.

“Así es que solicito a V.E. se digne pedir informes a los Jueces Territoriales y Teniente Cura del Partido, de mi comportación acerca del respeto al Sacramento del Matrimonio y demás virtudes a que un buen casado está obligado. Yo puedo asegurar que la comportación de mi esposa respecto a fidelidad en mí no tiene crítica, pero en su indignación y celos infundados (vuelvo a repetir), me compromete a ofenderme, a perder el crédito que tantas gotas de sudor y de sangre me ha costado ganarlo, y últimamente perder a mi amada Patria por quién mi salud está perjudicada y a la misma que deseo rendir todos los atributos de un verdadero ciudadano."

“Por lo expuesto suplico a V.E. se digne que por quién corresponda se requieran informes y declaratorias que acrediten, para la ejecución que solicito y pido con humildad la más pronta ejecución, por convenir así a mi existencia, a mi buena opinión, y a un escándalo público, de donde resultarán los males que anterior tengo expuestos. Espero que la benevolencia de V.E. se digne proveer como lo solicito."

“Dios guarde a V.E. muchos años – Enero 15 de 1824. Leonardo Rosales”

 
     
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