COMBATE DE MBORORÉ (CANOAS) | Alberto Gianola Otamendi

     

La batalla de Mbororé, ocurrida el 11 de marzo de 1641, fue un encuentro bélico entre los guaraníes que habitaban las Misiones Jesuíticas y los bandeirantes, exploradores y aventureros portugueses cuyo centro de acción estaba en San Pablo (São Paulo). El lugar de la batalla se halla hacia las coordenadas 27°43′29″S 54°54′56″O /  en las cercanías del cerro Mbororé, hoy municipio de Panambí en la Provincia de Misiones, Argentina.

Contenido

 
           
     

ANTECEDENTES HISTORICOS

Necesidad de esclavos e inicio de las bandeiras

A comienzos del siglo XVII los holandeses llegaron a las costas del actual Brasil con la firme intención de instalarse y de ocupar posesiones en ellas. Para ello, y mediante actos de piratería lograron controlar la navegación sobre la costa del océano Atlántico, perturbando seriamente el tráfico de esclavos. Esto significó un duro golpe económico para el imperio portugués que necesitaba de la mano de obra esclava para continuar con el desarrollo productivo azucarero y ganadero que predominaba sobre el litoral atlántico brasileño. Fue entonces cuando los indígenas cayeron en la mira de los hacendados y fazendeiros portugueses como potenciales esclavos.

Además, debido a las escasas cantidades de plata, oro y piedras preciosas encontradas en la región de Piratininga, grupos de exploradores comenzaron avanzar hacia el interior desconocido del Brasil.

Estos grupos de exploración y caza de esclavos, denominado bandeiras estaban organizados y dirigidos como una empresa comercial por los sectores dirigentes de San Pablo, y sus filas se integraban con mamelucos (mestizos de portugueses e indígenas), aborígenes tupíes y aventureros extranjeros (sobre todo holandeses) que llegaban a las costas del Brasil a probar fortuna. Contaban también con la complicidad/ sociedad de funcionarios coloniales españoles y encomenderos del Paraguay.

En su avance hacia el occidente las bandeiras cruzaron el nunca precisado límite del Tratado de Tordesillas, que perdió su sentido durante el período en el que Portugal formó una unión dinástica aeque principaliter[1] con la Corona de Castilla, penetrando repetidas veces con sus incursiones en territorios del virreinato de Perú. Indirectamente, los bandeirantes paulistas se convirtieron en la vanguardia de la expansión territorial portuguesa, lo que se consolidó al recuperar Portugal su independencia.

Primeros ataques a las Misiones Jesuíticas
Artículo principal: Historia de las misiones jesuíticas del Guayrá, Itatín, Tapé, Paraná, Uruguay y Guaycurú

Por una Real Cédula de 1608 se ordenó al gobernador de Asunción del Paraguay, Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias) que los jesuitas se dirigieran a las regiones del río Paraná, del Guayrá y a la áreas habitadas por los guaycurúes. Su misión era la de fundar pueblos y evangelizar a los indígenas que habitaban dichas regiones. Posteriormente se añadirían los pueblos de Itatín (al norte de Asunción) y del Tapé (en el actual estado de Río Grande del Sur, Brasil).

Los jesuitas se hallaban en plena labor evangelizadora cuando los bandeirantes comenzaron a llegar a la zona oriental del Guayrá. En un primer momento, éstos respetaron a los indígenas reducidos en pueblos por los jesuitas y no los capturaban. Sin embargo, los guaraníes, concentrados en pueblos y diestros en diversos oficios, representaban una mano de obra especializada altamente competente para portugueses. Mucho más aún cuando se hallaban indefensos y desarmados ya que por decreto real les estaba vedado el manejo de armas de fuego.

Desde 1620 las incursiones de las bandeiras se hicieron cada vez más agresivas, lo que obligó al abandono o reubicación de algunos pueblos.

Entre los años 1628 y 1631 los jefes bandeirantes Raposo Tavares, Manuel Preto y Antonio Pires con sus huestes, azotaron periódicamente las reducciones del Guayrá, cautivando miles de guaraníes que luego fueron subastados en San Pablo. Se calcula que en las incursiones de los años 1628-1629 habían capturado a unos 5.000 indígenas, de los cuáles sólo llegaron a San Pablo unos 1.200. La gran mayoría de ellos murió en el traslado debido a los malos tratos propinados por los esclavistas.

Hacia el año 1632 se produjo el éxodo masivo hacia el sur de 12.000 guaraníes reducidos por los jesuitas, dejando la región del Guayrá prácticamente desierta. Se refundaron las reducciones de San Ignacio Miní y Loreto en territorio de la actual Provincia de Misiones.

Los bandeirantes continuaron hacia el occidente, atacando las reducciones del Itatín en el año 1632. Luego siguió el Tapé, invadido durante los años 1636, 1637 y 1638 por sucesivas bandeiras dirigidas por Raposo Tavares, Andrés Fernández y Fernando Dias Pais.

LAS MISIONES JESUITICAS SE PROTEGEN

Misión de Montoya frente a la Corona española


En el año 1638 los padres Antonio Ruiz de Montoya y Francisco Díaz Taño viajaron a España con el objetivo de dar cuenta al rey Felipe IV de lo que ocurría en las misiones. Su intención era conseguir que el rey levantara la restricción del manejo de armas por parte de los indígenas.

Las recomendaciones de Ruiz de Montoya fueron aceptadas por el rey y el Consejo de Indias, expidiéndose varias Cédulas Reales, despachándoselas a América para su cumplimiento.
Por una Real Cédula del 12 de mayo de 1640 se permitió que los guaraníes tomaran armas de fuego para su defensa, pero siempre que así lo dispusiera previamente el virrey del Perú. Por este motivo Ruiz de Montoya partió hacia Lima, con la objeto de continuar allí las gestiones referidas a la provisión de armas.

Por su parte, el padre Taño viajó a Roma para informar al papa de la caza de esclavos en las misiones a fin de obtener una protección papal.

El encuentro en Apóstoles de Caazapaguazú

Mientras tanto y ante el peligro inminente de que los bandeirantes cruzaran el río Uruguay, el padre provincial Diego de Boroa, con la anuencia del Gobernador de Asunción y de la Real Audiencia de Charcas, decidió que las tropas misioneras utilizaran armas de fuego y recibieran instrucción militar. Desde Buenos Aires se enviaron once españoles para organizar a las fuerzas de defensa.

A fines de 1638 el padre Diego de Alfaro cruzó el río Uruguay con un buen número de guaraníes armados y adiestrados militarmente con la intención de recuperar indígenas y eventualmente enfrentar a los bandeirantes que merodeaban por la región.

Luego de algunos encuentro esporádicos con las fuerzas paulistas, a las tropas del padre Alfaro se le sumaron 1.500 guaraníes que llegaban dirigidos por el padre Romero. Se formó entonces un ejército de 4.000 misioneros que avanzó hasta la arrasada reducción de Apóstoles de Caazapaguazú donde los bandeirantes se hallaban atrincherados después de varias derrotas parciales.

El choque armado constituyó la primera victoria decisiva de las huestes guaraníes sobre los paulistas, los cuales luego de rendirse huyeron precipitadamente.

Los paulistas preparan su contraataque

Desechas las fuerzas bandeirantes luego del encuentro en los campos de Caazapaguazú, éstos regresaron a San Pablo para informar a las autoridades de lo ocurrido.

Coincidentemente, para esa fecha (mediados del año 1640), llegó a Río de Janeiro el padre Taño procedente de Madrid y de Roma. Llevaba en su poder Cédulas Reales y Bulas pontificias que condenaban severamente a las bandeiras y al tráfico de indígenas.

Ambos hechos produjeron una violenta reacción en la Cámara Municipal de San Pablo, la que, de común acuerdo con los fazendados, expulsó de la ciudad a los jesuitas.

Se organizó una enorme bandeira con 450 holandeses y portugueses armados con fusiles y arcabuces, 700 canoas y 2.700 tupíes armados con flechas, comandada por Manuel Pires. El objetivo de la expedición era tomar y destruir todo lo que se encontrara en los ríos Uruguay y Paraná, tomando todos los esclavos posibles.

EL ENCUENTRO EN MBORORE

Se anuncia la batalla

A fines de 1640 los jesuitas tuvieron evidencias de una nueva incursión de bandeirantes más numerosa que las anteriores. Para ello se constituyó un ejército de 4.200 guaraníes, armados con arcos y flechas, hondas y piedras, macanas y garrotes, alfanjes y rodelas, y 300 arcabuces, además de un centenar de balsas armadas con mosquetes y cubiertas. Recibieron instrucción militar de ex militares, los Hermanos Juan Cárdenas, Antonio Bernal y Domingo Torres. La operación estaba dirigida por el padre Romero.

Las fuerzas defensoras estaban dirigidas por lo padres Cristóbal Altamirano, Pedro Mola, Juan de Porras, José Domenech, Miguel Gómez, Domingo Suárez, y estaban armadas con arcos, hondas y piedras, macanas y garrotes, alfanjes y rodelas, 300 arcabuces, además de un centenar de balsas armadas con mosquetes y cubiertas para evitar la flechería y la pedrada de los tupíes.

El Ejército Guaraní se organizó en compañías comandadas por capitanes. El capitán general fue un renombrado cacique del pueblo de Concepción, Nicolás Ñeenguirú. Le seguían en el mando los capitanes Ignacio Abiarú, cacique de la reducción de Nuestra Señora de la Asunción del Acaraguá, Francisco Mbayroba, cacique de la reducción de San Nicolás, y el cacique Arazay, del pueblo de San Javier.

La reducción de la Asunción del Acaraguá, ubicada sobre la orilla derecha del río Uruguay, en una loma cercana a la desembocadura del arroyo Acaraguá, fue trasladada y reubicada por precaución río abajo, cerca de la desembocadura del arroyo Mbororé en el río Uruguay. De ese modo la reducción quedó convertida en centro de operaciones y en el cuartel general del ejército guaraní misionero.

Las características del terrero y el recodo que forma el arroyo Mbororé hacían de este sitio un lugar ideal para la defensa.

Al mismo tiempo se destacaron espías y guardias por los territorios adyacentes y se estableció una retaguardia en Acarágua.

La bandeira avanza

Las fuerzas bandeirantes al mando de Manuel Pires y Jerónimo Pedrozo de Barros partieron de San Pablo en septiembre de 1640.

Luego de establecer diversos campamentos y parapetarse en varios puntos del recorrido, una partida llegó al Acaraguá, donde encontraron la reducción completamente abandonada. Sitio que eligieron para levantar empalizadas y fortificarlo a fin de utilizarlo como base de operaciones.

Posteriormente se replegaron para avisar al resto de la bandeira de la seguridad del asentamiento.

La batalla

Una crecida del río Uruguay en enero de 1641 trajo consigo una gran cantidad de canoas y mucha flechería. Lo cual dio una idea a los jesuitas de la cercanía del enemigo.

Además, luego de que el grupo explorador paulista se replegara del Acaraguá, varios guaraníes que habían logrado escapar de los esclavistas dieron con los jesuitas a quienes informaron del número y armamento de los bandeirantes.

Entonces una pequeña partida misionera se estableció nuevamente en el Acaraguá en misión de observación y centinela. El 25 de febrero de 1641 partieron ocho canoas río arriba en misión de reconocimiento. A pocas horas de navegar, se encontraron cara a cara con la bandeira que llegaba bajando con la corriente del río con sus 300 canoas y balsas pertrechadas. Inmediatamente seis canoas bandeirantes comenzaron a perseguir a los misioneros, los cuales se replegaron rápidamente hacia el Acaraguá. Al llegar, los guaraníes recibieron refuerzos y las canoas bandeirantes debieron replegarse.

Mientras tanto un grupo de misioneros partió velozmente a informar a los jesuitas del cuartel de Mbororé de la situación río arriba.

Al amanecer del día siguiente, 250 guaraníes, distribuidos en treinta canoas y dirigidos por el cacique Ignacio Abiarú se enfrentaron a más de cien canoas bandeirantes, logrando que éstos debieran replegarse.

Alejados los paulistas, los guaraníes procedieron a destruir todo aquello que pudiera servir de abastecimiento en Acaraguá y se replegaron hacia Mbororé. Por las características geográficas de este sitio, era el ideal para enfrentar a los portugueses, ya que los obligaba a una batalla frontal.

Efectivamente, al llegar la bandeira a Aracaguá el 11 de marzo de 1641 no encontró nada de provecho y se dirigió rumbo a Mbororé. Unas 300 canoas y balsas avanzaron río abajo.
Sesenta canoas con 57 arcabuces y mosquetes, comandadas por el capitán Ignacio Abiarú, los esperaban en el arroyo Mbororé. En tierra, miles de guaraníes respaldaban a las canoas con arcabuces, arcos y flechas, hondas, alfanjes y garrotes.

El choque armado fue rápidamente favorable a los guaraníes. Un grupo de bandeirantes logró ganar tierra y se replegó hacia Acaraguá, donde levantaron una empalizada.

Durante los días 12, 13, 14 y 15 de marzo, los misioneros bombardearon continuamente la fortificación con cañones, arcabuces y mosquetes, tanto desde posiciones terrestres como fluviales, sin arriesgar un ataque directo. Sabían que los portugueses carecían de alimentos y agua, por lo que se prefirió una guerra de desgaste. Además, varios tupíes comenzaron a desertar y unirse a las tropas misioneras, facilitando información sobre el enemigo.

El 16 de marzo los bandeirantes enviaron a los jesuitas una carta donde solicitaban la rendición. Dicha carta fue rota por los guaraníes. Los portugueses intentaron huir del asedio guaraní remontando en sus balsas y canoas el río Uruguay. Sin embargo, en la desembocadura del río Tabay los esperaba un contingente de 2.000 guaraníes armados.

Ante esta situación, los portugueses decidieron retroceder hacia el Acaraguá para ganar la margen derecha del río y así poder escapar de los guaraníes. Sin embargo fueron perseguidos hasta perder gran cantidad de hombres.

Del contingente inicial que salió de San Pablo, sólo lograron volver unos cuantos.

CONSECUENCIAS

Las principales consecuencias inmediatas de la batalla de Mbororé fueron:

  • Freno al ataque bandeirante a las Misiones Jesuíticas.

  • Obtención del permiso real a los jesuitas para formar sus propias milicias. Lo cual otorgaba una mayor autonomía a las misiones. Tiempo después, esto será motivo para la expulsión de los jesuitas de América.

  • Asegurar la paz y prosperidad de las misiones, las cuales se desarrollarán durante otros cien años hasta la expulsión de los jesuitas en 1767.

  • Freno, temporal, al expansionismo portugués sobre los territorios de la Corona española.

BIBLIOGRAFIA

Martín Benítez: Conflictos y Armonías En La Historia Argentina
Colección "Herencia Misionera" (Diario El Territoro).

REFERENCIAS

España en Europa: Estudios de historia comparada: escritos seleccionados, John Huxtable Elliott, Universitat de València (2002), páginas 79-80

Hay batallas que sólo sirven para entretener a historiadores.  Pero hay otras que fueron realmente importantes y a veces no son las más difundidas.  Por ejemplo la batalla de Mbororé, que nadie recuerda hoy y sin embargo ha sido la mas trascendente acción bélica de nuestra historia puesto que impidió que la actual Mesopotamia argentina fuera hoy territorio brasileño.
No es reprochable que no queden memorias de esta acción.  Ocurrió hace más de tres siglos y los contendientes fueron habitantes de dos imperios ya olvidados: por un lado los guaraníes que vivían en las reducciones jesuitas en lo que hoy es Paraguay, Misiones y Corrientes, una verdadera nación con leyes, idioma y economía propios.  Los otros protagonistas de la batalla de Mbororé fueron los bandeirantes, aventureros que tenían su centro de acción en Sao Paulo y eran una mezcla de portugueses, mestizos e indios tupíes, verdaderos piratas de la tierra, desacatados de toda autoridad y profesantes de un vago cristianismo sincretizado con toda clase de supersticiones.  Agrupados libremente en compañías o "bandeiras", tal como los bucaneros del Caribe, incursionaban sobre las misiones de la Compañía de Jesús en busca de esclavos.  Pues los jesuitas habían enseñado a sus neófitos a profesar toda suerte de oficios, pero eran indefensos como corderos.

Desde 1620 en adelante los avances de las "bandeiras" se hicieron tan atrevidos que los hijos de Ignacio de Loyola prefirieron abandonar algunas de sus reducciones y trasladar poblaciones enteras antes que seguir exponiéndose a esos ataques.  Sabían que era necesario rogar a Dios pero también dar con el mazo... Los jerarcas de la orden deliberaron, pues, en Buenos Aires, y firmemente resolvieron defenderse.  Trasládase a varios jesuitas que habían sido militares antes de ordenarse sacerdotes y les encomendaron la organización castrense de los guaraníes.  Luego obtuvieron que el rey de España levantara la prohibición que vedaba a los indios el manejo de armas de fuego.  Adquirieron todos los artefactos bélicos disponibles y, no desdeñando los recursos espirituales, consiguieron del Papa un Breve que fulminaba con excomunión a todo cristiano que cazara indios.  Pero cuando el jesuita que portaba el documento papal lo difundió en Sao Paulo corrió peligro de ser linchado: una de las industrias paulistas era, precisamente, la caza de guaraníes para proveer mano de obra gratuita a los ingenios  y fazendas de la región.

A fines de 1640 los jesuitas tuvieron evidencias de una nueva incursión de bandeirantes más numerosa que las anteriores.  Apresuradamente concentraron a sus bisoños soldados y maniobraron hasta esperar a los paulistas en el punto de Mbororé, en la actual provincia de Misiones, sobre la ribera derecha del Alto Uruguay.  Más de 10.000 soldados armados con toda clase de elementos se aprestaron a defender su tierra; centenares de canoas y hasta una balsa artillada formaban parte del ejército de la Compañía de Jesús

Los portugueses venían en 300 canoas y estaban tan acostumbrados a arrear sin lucha a los pacíficos guaraníes, que no tomaron las mínimas previsiones aconsejables.  Unas oportunas bajantes del río que naturalmente los religiosos certificaron como ayuda providencial contribuyeron a desordenar a los invasores.  El 11 de marzo de 1641 los soldados de Loyola empezaron a arrollar a los bandeirantes: la batalla duró cinco días. El ingenio jesuita había provisto a sus discípulos de armas tan curiosos como una catapulta que arrojaba troncos ardientes.  Finalmente, los paulistas debieron huir desordenadamente por la tupida selva.  Anduvieron diez días arrastrando a sus heridos y enterrando a sus muertos.

Pero los jesuitas estaban resueltos a terminar con la cuestión paulista.  El día de Viernes Santo, mientras los derrotados oraban por su salvación, los guaraníes dieron cuenta de los últimos restos de la bandeira.  Los contados sobrevivientes, acosados por las fieras, los indios caníbales y la selva, tardaron un alto y medio en regresar a Sao Paulo.  Fue un escarmiento definitivo.  No hubo más bandeirantes sobre el imperio jesuítico, que desarrolló  desde entonces todo su hermético esplendor.

Si no hubiera sido por esa batalla curiosamente anfibia, con varias etapas en el río y otras en la selva, el avance portugués se habría extendido infaliblemente sobre Misiones, Corrientes y hasta Entre Ríos, y el mismo Paraguay no se hubiera salvado de la anexión.  Así de pequeñas son las causas que colorean en definitiva los mapas de los continentes. La olvidada y remota batalla de Mbororé salvó esa vasta comarca que seria más ancha si la diplomacia portuguesa y su sucesora, la de Brasil, no hubieran avanzado al estilo bandeirante sobre nuestro noreste.
Pero no hubo guaraníes valerosos ni jesuitas decididos para oponerse a esta acción.  Y en cambio sobró imprevisión e incapacidad para dejar perder esa parte de la herencia nacional. (ver Los Jesuitas en América)

Bibliografía: Conflictos y Armonías En La Historia Argentina de Félix Luna

La batalla de Mbororé, ocurrida el 11 de marzo de 1641, fue un encuentro bélico entre los guaraníes que habitaban las Misiones Jesuíticas y los bandeirantes, exploradores y aventureros portugueses cuyo centro de acción estaba en San Pablo. El lugar de la batalla se halla en las cercanías del cerro Mbororé, hoy municipio de Panambí en la Provincia de Misiones, Argentina.

En su libro sobre Historia de la Provincia del Paraguay y de la Compañía de Jesús, el Padre Nicolás del Techo destacó que en aquellas circunstancias en esa zona estaban perturbados porque “anuncióse que los mamelucos se movían, y preparaban la guerra contra los neófitos del Paraná y Uruguay. Tocóse alarma en las reducciones, y se acordó que juntos los de ambos ríos procurasen rechazar a los invasores y acabar la contienda con sólo una batalla”.

Ante la necesidad de defenderse, los católicos aparentemente se habían olvidado del mandamiento “no matarás” porque el Padre Provincial Diego de Boroa ordenó a los Hermanos Antonio Bernal, Juan Cárdenas y Domingo Torres el adiestramiento militar de quienes luego partieron para enfrentar a los bandeirantes armados con arcos, flechas, hondas y piedras, macanas, garrotes y rodelas; avanzaron 4.200 guaraníes junto a trescientos arcabuceros con aproximadamente cien balsas armadas para evitar los ataques de los tupíes. El Padre Pedro Romero por la experiencia en la batalla de Caazapaguazú fue nombrado comandante general de esas fuerzas y dirigían las acciones “los Padres Cristóbal Altamirano, Pedro Mola, Juan de Porras, José Domenech, Miguel Gómez, Domingo Suárez” y el Padre Superior Claudio Ruyer controlaba desde el pueblo de San Nicolás, cercano a San Javier, porque estaba recuperándose de una dolencia. El destacado cacique don Nicolás Ñeenguirú del pueblo de Concepción fue nombrado Capitán general y tenían mando de capitanes el cacique Don Ignacio Abiarú de la reducción de Nuestra Señora de la Asunción del Acaraguá, Don Francisco Mbayroba, cacique de la reducción de San Nicolás, y el cacique Arazay del pueblo de San Javier. Trasladaron la Reducción de la Asunción del Acaraguá desde la orilla derecha del río Uruguay hasta el lugar donde el arroyo Mbororé desemboca en ese río y allí prácticamente instalaron el cuartel general para dirigir las operaciones de los distintos puestos de guardias ubicados hasta los saltos del Moconá. El Padre Mola quedó con un grupo de indios armados en la abandonada reducción del Acaraguá. Allí esperaron el avance de los bandeirantes que llegaron conducidos por Manuel Pires y Jerónimo Pedrozo de Barros en septiembre de 1640 tras un largo recorrido desde San Pablo. Establecieron el campamento en la zona este del río Apeteribí, afluente del Uruguay y armaron la empalizada donde ubicarían a sus prisioneros. Siguieron avanzando, colocaron otra empalizada y armaron un campamento mientras construían más arcos, flechas y balsas. Cuando los vieron los milicianos que estaban con el Padre Cristóbal Altamirano, se trasladaron rápidamente hasta Mbororé para que esos dos mil hombres se sumaran a la resistencia. El Padre Ruyer también envió dos mil guaraníes al Acaraguá y al no encontrarse con el resto de las tropas, destruyeron lo que había quedado para que fuera tierra arrasada para los bandeirantes.

Desde Acaraguá y río arriba por orden del Padre Altamirano partieron algunos guaraníes en ocho canoas y estuvieron observando esa zona hasta que decidieron retroceder y esperar refuerzos porque vieron que bajaban balsas y canoas con tupíes. Luego las crónicas indicaron que eran trescientas naves las que perseguían a los misioneros hasta que siendo atacadas con armas de fuego, inmediatamente se replegaron. Relató el Padre Ryer que “ por temor de alguna celada disparó toda su arcabucería; enarboló sus banderas; tocó sus cajas y entró por una tabla que hay de río por allí en forma de guerra”.

En lo alto, otro choque generó una intensa lluvia y en distintas direcciones todos intentaron protegerse tanto del agua como de los mortíferos rayos.

Mientras la mayoría de los guaraníes estaban en el cuartel de Acaraguá, el Padre Cristóbal Altamirano acompañado por un grupo descendió hasta Mbororé para avisar sobre la ubicación de los enemigos. El valiente Ignacio Abiarú debía dirigir el ataque al amanecer. Mientras tanto, frente al puesto del Acaraguá estaban concentradas más de cien canoas tripuladas por los audaces bandeirantes y en treinta canoas, doscientos cincuenta misioneros estaban dispuestos a derrotarlos. Por relatos del Padre Ruyer, sabido es después de dos horas de combate sobre el río Uruguay, “llegó el P. Altamirano animando de nuevo a los indios que alentándose de nuevo dieron sobre el enemigo y le hicieron huir infamemente más de ocho cuadras, y saltaron a tierra no queriendo pelear más, aunque le desafiaron e incitaron muchísimo los nuestros.”

De acuerdo a la estrategia de ese sacerdote, la batalla final debía ser en Mbororé donde habían establecido el cuartel, era un lugar selvático y podrían disponer de inmediata apoyo aún en caso de tener que retirarse. El 9 de marzo de 1641, volvieron los bandeirantes al puesto del Acaraguá para abastecerse y encontraron todos los cultivos destruidos. Durante esa jornada y la siguiente, los sacerdotes y los Capitanes guaraníes reunieron a los cuatro mil doscientos hombres para informarles sobre cómo atacarían. Aquella noche, la mayoría pidió ser escuchado en su Confesión porque imaginaban que podrían ser sus últimas horas de vida terrenal.

El 11 de marzo los bandeirantes empezaron a bajar, observaban y retrocedían. Había llegado el momento del enfrentamiento decisivo: empujadas más por la corriente del río que por el entusiasmo de los remeros, avanzaron trescientas canoas y balsas tripuladas por ambiciosos bandeirantes. En su puesto estaba el responsable capitán Ignacio Abiarú con los miles de indios apostados con arcos, flechas, hondas, garrotes y arcabuces hasta que a las dos de la tarde, todas las canoas de los guaraníes se pusieron en posición para un doble ataque por río y por tierra. Los bandeirantes empezaron a largar sus armas al río y a huir hacia la selva mientras el Capitán Pedrozo condujo a un grupo para que destruyeran las empalizadas guaraníes, sin concretar ese objetivo. Necesitaron refugiarse en una chacra de la Reducción del Acaraguá, Fueron sorprendidos por algunos guaraníes armados y Manuel Pires, uno de aquellos jefes, envió una carta a los sacerdotes pidiéndoles que aceptaran dialogar en son de paz, porque advertían que ya habían desaparecido la mayoría de los portugueses.

Por las actitudes anteriores, no era posible confiar en tales personas y leída la carta frente a la formación de los batallones guaraníes, decidieron atacar a los bandeirantes donde estuvieran concentrados. Del 12 al 15 de marzo fueron continuos los bombardeos con cañones, también los ataques con arcabuces y mosquetes. Así lograron aislarlos y agotados los víveres, sin agua suficiente, los bandeirantes pronto se rindieron o huyeron, como otros habían hecho tras los primeros combates. Algunos decidieron colaborar con los guaraníes trasmitiendo informaciones y tal era el precio que estaban dispuestos a pagar para seguir viviendo. Casi al mediodía del 16 de marzo -un parte indicaría que fue a las once-, con una banderita blanca anunciaron la rendición pero ese símbolo fue destruido por los guaraníes y al comprobar ese rechazo, los bandeirantes subieron a sus precarias naves para llegar hasta las empalizadas del Acaraguá ignorando que río arriba los estaban esperando dos mil guaraníes con sus armas, en la desembocadura del Tabay.

Han reiterado en sucesivas crónicas, que mediante un tercer mensaje hicieron otra propuesta de paz mediante una carta enviada dentro de una calabaza que flotaba -algo casi mágico- y que los guaraníes no recogieron. Fue entonces cuando decidieron retroceder hasta el Acaraguá, llegar hasta la orilla, esconderse en los montes y avanzar por la selva hasta llegar a los Saltos del Moconá. Los guaraníes seguían tras ellos sin darles tregua, matando a uno tras otro mientras algunos lograban esconderse en la selva donde fueron atacados por las fieras.

Las últimas confesiones y las oraciones durante aquellas jornadas eran insuficientes para reanimar a los guaraníes, porque sentían que habían faltado a uno de los Mandamientos de la Ley de Dios, habían matado.

Mientras sobre la húmeda tierra de la selva yacían miles de muertos, en un espacio más luminoso los sacerdotes celebraron la Santa Misa y luego un solemne Te Deum.
Tanta sangre derramada fue otra advertencia acerca del final de los ataques de los bandeirantes.

Origen de la bandeira paulista de Mbororé

El Procurador de la Provincia Jesuítica del Paraguay en gestiones ante Madrid y Roma, R. Padre Francisco Díaz Taño, de regreso de Europa, a mediados de 1640, hizo publicar en Río de Janeiro por intermedio del Provisor Católico, las cédulas reales y bulas papales condenando a los cazadores y traficantes de indígenas (Portugal y sus dominios dependían entonces de la corona de España). Los habitantes de Río de Janeiro, Santos, San Vicente y San Pablo (Brasil), con la publicación de estos documentos se amotinaron furiosamente en contra de los jesuítas, por ser los gestores de las cédulas reales y bulas papales condenatorias de los proveedores de indios para el servicio doméstico, los ingenios de azúcar, las faenas agropecuarias y para el mercado esclavista de la costa del Atlántico.

La Cámara Municipal de San Pablo, en íntima solidaridad de ideas, intenciones, intereses y sentimientos con los amotinados, reunidos en asamblea pública belicosa resuelven: expulsar a los jesuítas y preparar una gran bandeira para atacar y destruir las reducciones de la Compañía de Jesús; vengar la derrota de Caazapaguazú; prender a los religiosos jesuítas y devolverlos a España. Con el mayor tesón, empeño y medidas de previsión, organizan una de las más poderosas bandeiras de aquel tiempo, con hombres principales de San Pablo, mestizos, algunos negros y un grupo numeroso de indios tupís, amigos y aliados.

Origen del ejército guaraní misionero de Mbororé

En noviembre de 1640, el procurador Francisco Díaz Taño se embarcó en Río de Janeiro con destino a Buenos Aires, donde informó a los jesuítas y al gobernador, sobre el propósito de los habitantes de San Pablo de destruir las reducciones jesuíticas del Alto Uruguay. Las reducciones del Guayrá no hicieron resistencia con armas de fuego contra las bandeiras paulistas, ni las autoridades reales las defendieron. La resistencia con las armas de fuego que gestionaba el Padre Antonio Ruiz Montoya ante el rey de España y sus lugartenientes en América par defensa de las reducciones, se inició con pocas armas, bajo las órdenes de Nicolás Ñeenguirú y el ex militar, hermano Antonio Bernal. Con neófitos que reunió el padre Pedro Romero, estos jefes, en 1639, en Apóstoles del Caazapaguazú, vencieron a la tercera bandeira paulista de Pascual Leite Pais. Después de esta victoria, los misioneros temieron un desquite y se prepararon para enfrentarlo. Los ex militares hermanos Juan Cárdenas y Antonio Bernal, bajo la dirección técnica del ex militar hermano Domingo Torres, adiestraron a los neófitos de las reducciones con armas de fuego en ejercicios y evoluciones militares.

El ejército guaraní misionero contaba con 4.200 indios de guerra, 300 fusiles bien municionados, alfanjes o sables de la época, buena cantidad de arcos y flechas, lanzas, macanas, hondas con piedras, un cañoncito y varios cañoncíllos hechos de caña de tacuaruzú revestida o retobada con cuero vacuno, que permitían hasta cuatro disparos, estacadas ocultas por el follaje de los árboles en las riberas del desagüe del arroyo Mbororé u Once Vueltas y en las contiguas del río Uruguay, preparadas para el teatro de la resistencia.

Estado Mayor del ejército misionero

Director técnico de guerra: el ex militar hermano jesuíta Domingo Torres, español. Ayudantes del director técnico de guerra los ex militares hermanos jesuítas Juan Cárdenas, paraguayo, y Antonio Bernal, portugués. Jefes de ataque: el capitán general, Gran Cacique o Mburubichaba Ignacio Abiarú, nativo de la región del arroyo Acaraguá, y el meritorio consejero cacique o Mburubichaba capitán Nicolás Ñeenguirú, natural de la región del Ibitiracuá o de la Concepción, hoy Concepción de la Sierra. Supervisor de guerra: Padre jesuita Pedro Romero, castellano. Asistentes del supervisor de guerra: Padres jesuítas Claudio Ruyer, francés, superior de la Misión (se retiró enfermo a San Nicolás); Cristóbal  Altamirano, santafesino; Pedro Mola y José Domenech, aragoneses, y José Oregio, flamenco.

MBORORÉ. PRIMERA CAMPAÑA 1640-1641

A fines de agosto o principios de septiembre de 1640 partió de San Paulo de Piratininga la gran bandeira con rumbo a las reducciones del Alto Uruguay, bajo el mando de Jerónimo Pedroso de Barros y de Manuel Pérez. Por el camino del occidente de las sierras de la costa del Atlántico cruzó el Alto Iguazú, acampando en las nacientes del Apiterebí o Chapecó, donde hicieron el campamento principal. Bordeando este arroyo bajaron a su desagüe en el río Uruguay, construyeron "ranchadas", y con maderas, tacuaras y lianas de la región hicieron canoas, balsas, arcos y flechas.

Una partida de paulistas, en canoas, bajaron al impulso de la creciente, a la reducción de la Asunción del Acaraguá, abandonada con anterioridad por sus moradores, que se ubicaron en las cercanías del arroyo Mbororé; en aquélla construyeron empalizadas para encerrar cautivos y luego regresaron a las ranchadas del Chapecó.

La toma de algunas canoas y balsas con flechas y enseres, desprendidas de su amarradero por la creciente del río, confirmó la información de los "bomberos" o espías, la presencia de los paulistas bandeirantes en las proximidades. El superior de las Misiones, padre Claudio Ruyer, el 8 de enero de 1641 ordenó la urgente concentración de 4.200 indios guaraníes de las reducciones, efectivos del ejército misionero, bajo las órdenes de los capitanes Abiarú y Ñeenguirú.

El superior padre Ruyer, con estos dos oficiales indígenas, en una flotilla de canoas tripuladas con los primeros 2.000 neófitos concentrados, remontan el Uruguay hasta el arroyo Acaraguá, donde se les incorporó el padre Cristóbal Altamirano con algunos padres al frente de una pequeña flotilla indagadora del enemigo en las costas del río. Una ligera partida de soldados misioneros remontan el río hasta las cercanías de las bases enemigas en la confluencia del Apiterebí o Chapecó y velozmente, aguas abajo, vuelven con noticias precisas sobre los bandeirantes.

El padre Ruyer detenidamente las considera, y resuelve el repliegue de las fuerzas a las bases artilladas de Mbororé, actual arroyo Once Vueltas, afluente de la ribera derecha del río Uruguay en nuestra provincia de Misiones. Dejó frente a las empalizadas de Acaraguá quince canoas de guerra al mando de Abiarú y el padre Altamirano. Los paulistas bandeirantes, desde la confluencia del Chapecó en su flotilla de canoas y balsas, impulsadas por la corriente del río crecido, bajan al Acaraguá; su vanguardia, en un aparatoso despliegue de guerra, choca con la vanguardia fluvial misionera.

Abiarú, en una rápida maniobra de audacia, pericia y valor, hunde algunas canoas enemigas. Cuando el enemigo reacciona para un combate formal, el padre Altamirano ordenó al capitán Abiarú regresar a las bases de Mbororé. Perseguido, consigue atraer a los invasores y con delantera llega y se pone al frente de la escuadrilla fluvial de Mbororé. El día 7 de marzo de 1641 un violento temporal cayó sobre el campamento paulista, lo que permitió la concentración de contingentes de las reducciones para completar el número de guerreros convocados.

El combate

El día 11 de marzo de 1641, a las 14, la escuadra fluvial paulista bandeirante de 300 canoas y muchas balsas, tripuladas con 450 hombres bien armados con fusiles y el concurso de 2.500 indios tupís flecheros, ataca a la escuadra fluvial misionera de 70 canoas tripuladas con 800 misioneros guaraníes, sostenidos por 3.400 combatientes fortificados en tierra.

El cañoncito de una balsa blindada, con sus balas encadenadas, los cañoncillos de tacuaruzú retobados con cuero en otras balsas y la fusilería misionera hundieron varias canoas, desconcertaron el frente de ataque e introdujeron cierto desorden en la retaguardia de los invasores. El jefe bandeirante Jerónimo Pedroso de Barros se vio obligado a bajar a tierra, cruzar un arroyo grande y atacar por la retaguardia a un grupo de tiradores que acosaban a sus tropas; consigue disolverlos, pero el grupo de fusileros reacciona, contraataca al jefe Pedroso de Barros, que se ve compelido a refugiarse en una empalizada hecha por sus pontoneros al inicio del combate.

La lucha en el río y en tierra se generalizó con furia y encarnizamiento, suspendida a la entrada de la noche. Los contendientes buscaron descanso en sus respectivos refugios, con guardia en acecho. Al día siguiente, 12 de marzo, traban combate implacable durante las horas de sol, en días seguidos, hasta el séptimo, con la mayor agresividad por ambas partes. En las altas horas de la madrugada, vísperas del octavo día consecutivo de pelea, los paulistas bandeirantes, cuyas canoas fueron copadas con anterioridad y rechazado un pedido de parlamento, huyen por la izquierda del arroyo Mbororé u Once Vueltas, hacia el interior del bosque.

Los misioneros los persiguen entre las marañas, en lucha furiosa cuerpo a cuerpo. En una de estas acciones, cayeron prisioneros de los bandeirantes los capitanes Abiarú y Ñeenguirú. Sus compañeros, en un gran esfuerzo de audacia y valor, recuperan a los dos adalides, que con el más arriesgado empeño alentaron el seguimiento de los enemigos, hasta una legua del desagüe del Mbororé.

Los perseguidos, en derrota, en la oscuridad de la noche, despistan a sus perseguidores y por las serranías boscosas, en cinco días de marcha muy penosa, llegan a las empalizadas de la Asunción del Acaraguá; al otro día, considerándose libres del perseguimiento, comienzan el ornamento del campamento, para rememorar la Semana Santa, cuando son atacados por Abiarú con 150 misioneros de guerra y el padre Cristóbal Altamirano. La lucha es desesperada para los sitiados, que ante el empuje de los atacantes, abandonan las empalizadas y nuevamente se internan en las serranías boscosas.

En una marcha más larga y más dolorosa, llegan al Gran Salto del Uruguay o salto Yarequitaguazú o Moconá o el salto denominado Tucu-má por los brasileños; por un paso angosto cruzan este salto a la margen izquierda del Uruguay y, en marcha forzada, recruzan el mismo río, se acampan en las ranchadas de la confluencia del Apiterebí o Chapecó y luego siguen hasta el campamento de las nacientes de este último río. El padre Altamirano y Abiarú con sus fuerzas regresan al Mbororé, a celebrar la victoria, con un Tedeum festivo.

SEGUNDA CAMPAÑA DEL COMBATE DE MBORORÉ 1641-1642

Bandeira paulista de socorro

Sabedor de la derrota de la bandeira de Mbororé, San Pablo mandó una bandeira de socorro que llegó al campamento de la primera de las nacientes del Apiterebí o Chapecó, poco antes de finalizar 1641. Los derrotados son incorporados a la nueva expedición paulistana, y ésta, ansiosa de cautivar indios y vengar las derrotas de su antecesora, baja por otro camino a las ranchadas de la barra del Apiterebí, rehace las anteriores empalizadas, construye nuevas balsas y canoas, arcos y flechas, desciende navegando hasta la barra del arroyo Yabotí, afluente de la margen derecho del Uruguay, en nuestra provincia de Misiones; allí levanta una fuerte empalizada, última tarea preparatoria para el avance a las reducciones del sur.

En momentos en que los paulistas bandeirantes esperaban concentrar las fuerzas de ambas bases, el Estado Mayor de guerra de los misioneros, informado por los "bomberos" o espías sobre las actividades de los invasores, destaca al supervisor de guerra padre Cristóbal Altamirano y al capitán Abiarú con 150 aguerridos guaraníes cristianos contra los invasores en el Yabotí. Abiarú, en un arriesgado ataque bien concebido, y bien ejecutado, hizo desalojar a los paulistas bandeirantes de la empalizada y huir a las serranías boscosas.

En una marcha más larga y más penosa que la de los derrotados de Mbororé-Acaraguá-Yarequitaguazú (o Moconá), buscaron el auxilio de los compañeros de las bases del Apiterebí. El padre Altamirano, con Abiarú y 150 combatientes guaraníes, atacan con incontenible intrepidez las estacadas de estas bases, haciéndolas desocupar. Los derrotados, nuevamente se internan en las selvas, perseguidos por las fieras, los indios guayanás y los misioneros hasta más allá de las ranchadas del primer campamento de las cabeceras del Apiterebí o Chapecó, de regreso a la ciudad de San Pablo, Brasil.

Importancia de la victoria de Mbororé

El historiador brasileño Alfonso de E. Taunay en su "Historia das Bandeiras Paulistas" menciona que el gobernador del Paraguay, Gregorio de Hinestrosa, el 6 de septiembre de 1641, en una carta a la Audiencia de Charcas, decía. . . "que los paulistas tan pronto no volverían a la carga. Durísima les fuera la lección. La victoria trajo las más importantes consecuencias para la seguridad del Paraguay, Buenos Aires y Perú".

El rey de España, Felipe IV, por cédula del 7 de abril de 1643, resolvió que "durante diez años no se cobrasen tributos a los indios del Plata y del Paraguay ni fuesen encomendados en testimonio de reconocimiento por lo que ocurriera".

El padre Pablo Hernández, S.J., en su obra "Organización Social de las Doctrinas Guaraníes de la Compañía de Jesús" expresa: "Con la batalla de Mbororé terminó para los paulistas el propósito de destrucción de las reducciones. Puede fijarse, pues, en esta época el establecimiento definitivo de las Doctrinas en los parajes que ocuparon hasta la expulsión de los jesuítas".

El padre Guillermo Furlong, S.J., académico y ex presidente de la Academia Nacional de la Historia, que ha poco visitó las ruinas de Loreto, en su compendio de historia regional: "Misiones y sus Pueblos de Guaraníes" declara: "La gran batalla naval de Mbororé fue la primera en los fastos navales argentinos".

Vivencia

Al poco tiempo del primer gran hecho de armas del ejército guaraní misionero, en nuestro río Uruguay, las crónicas registran algunos fenómenos acústicos en el ambiente del escenario del combate de Mbororé.

En cierta hora y temperatura del día o de la noche de silencio y calma, se oyen periódicamente disparos de cañón y fusilería, entrechocar de armas, voces de mando, gritos, imprecaciones y ayes que se ahogan sobrecogedoras en las selvas circundantes y en la cristalina faz del Uruguay. . . ¡es el registro en el gran disco de la naturaleza de una vivencia de historia!