ALMIRANTE GUILLERMO BROWN. UN PRAGMATICO VIRTUOSO.

         
      Muchas veces  hacemos resaltar del Almirante Brown  los rasgos descollantes de su personalidad, el heroísmo como combatiente y su ideario como ciudadano, basándonos en los laureles obtenidos en su profesionalismo naval, capacidad de conducción de hombres, en su audacia  ante el enemigo, o por su comportamiento como político o en su rol como jefe de familia;  pero ¿conocemos la concepción  mental  y espiritual del hombre pensante que lo lleva a diferenciarse entre sus pares?,  ¿conocemos al personaje en su sentir interior?, ¿o la basamos únicamente por lo que responde en  cada acción,  sin buscar las razones de sus  elucubraciones que todo ser humano hace antes de actuar? Esa intangibilidad luminosa es lo que me atrae y a ello, es donde quiero llegar; al Brown  en el escenario de sus circunstancia ¿lo dominaba el criterio? la intuición? la inteligencias?  el sentido práctico? ¿En qué atributos basaba la idoneidad profesional que exhibía sin “escuela” previa conocida? Recorramos parte del camino y escarbemos algo de historia.

Corría  1776  y ante las incursiones que sufrían las costas de América del sur y las reiteradas muestras de rebeldía que reflejaban sus habitantes, España decide consolidar sus dominios creando  el cuarto virreinato que se denominaría  Virreinato del Río de la Plata y al mismo,  tiempo establece con base en Montevideo,  el Apostadero Naval  del Atlántico Sur. Brown aún no había nacido; pero es interesante presentar el teatro donde el gran marino iniciaría sus hazañas.

Montevideo se convertía así,  en una escala obligada en el paso de barcos mercantes de diversas nacionalidades, cazadores de lobos y de otras especies hacia el sur, mantenía el control del ingreso al Río de la Plata y vías fluviales al interior y fijaba pautas para el tráfico marítimo, ejercía   el control total del comercio y aguas que afectaban la amplia jurisdicción del virreinato. Bajo el dominio español, Malvinas era controlada   desde  ese apostadero.

Montevideo, desde un punto de vista político,  se convertía de esta manera en una plaza tan o más importante que Buenos Aires que era la capital del virreinato.

Montevideo, para las arcas del gobierno español por lo que representaba en la economía y el tráfico marítimo,  era más importante que Buenos Aires. Las facilidades de acceso a su puerto la hacían  mucho más  ventajosas ante un puerto de Buenos Aires,  con dificultades por el calado de los grandes barcos y por la presencia de bancos y estrechez de canales.  

El Río de la Plata era y es complejo para su navegación. Hoy no se entra sin práctico a bordo y no solo uno, hay tramos que se necesitan dos. Brown, a pesar de ser avezado conocedor del gran río, también sufrió dificultades y lo interesante de ello, es que ante esta certeza, previó a bordo material y personal para esas contingencias. Surge el hombre pensador,  al calcular riesgos que sus ocasionales enemigos no tenían en cuenta.

Si bien se supone el quehacer de Brown desde 1788  a 1809, aceptamos con seguridad que su andar marinero no tuvo pausas. Tanto lo podemos imaginar en escasa edad, con avezados y audaces  tripulantes en diversos buques mercantiles de nacionalidad inglesa  o tripulando, quizás,  alguna nave de la escuadra de esa bandera  comandada por el Almirante Jorge Nelson en 1805 en la gran victoria  de Trafalgar sobre la escuadra franco / española,  deteniendo las ambiciones napoleónicas de invadir Inglaterra.

Pero si Brown no actuó en esa contienda, demuestra en su acción futura, que conocía en detalle las argucias de ese almirante inglés,   marino ejemplar y modelo para todas las armadas del mundo.

Muchas cosas, sin dudas,  se conjugaron en  Brown, inmerso en la contienda que ofrecía el mar desde los 10 años,  su mejor escuela para aumentar sus conocimientos, tener un panorama amplio de las potencias dominantes y sentirse capacitado profesionalmente,  para conjeturar en ese gran concierto de poderes que presentaba  la situación internacional y tomar partido con decisión meditada. ¿Aparece un Brown autodidacta? ¿Estudioso en detalle de los secretos del mar y del mejor empleo de los medios en ese infinito teatro que tanto lo atraía?

En sus pensamientos y análisis,  lo imagino entusiasmado  por comprobar las oportunidades  materiales que ofrecían estas tierras lejanas, de las que muchos marinos le hablaban y que guardaban tantas riquezas sin explotar.

Estoy convencido  además, que  se informó que existían gobiernos que en su opresión,  reclamaban terminar con la presión  de los poderosos que él bien los conocía  y eso, para un hombre sediento de libertad como buen irlandés que era, operó como un imán para sus energías,  convirtiéndose en un plus de entusiasmo ante lo desconocido.

¿Fue esto lo  que lo llevó a Brown en 1809/1812, recién casado, aparecer en estas costas y radicarse  en Montevideo? Es muy probable.

Pues bien, tomemos como inicio de investigación de la larga trayectoria triunfal browniana,  su campaña naval en el Río de la Plata y su campaña de corso por el Pacífico,  ya que ellas nos brindan la máxima cantidad de hechos y circunstancias diversas, que tuvo que afrontar Brown y nos permite, en sus variados comportamientos como marino,  crear un perfil que mantuvo incólume hasta su muerte.

Amor por la libertad

Era un adicto a la libertad de toda opresión política y se solidarizaba con oprimidos por la misma razón.

Las reiteradas fugas de la cárcel que soportó antes de arribar a nuestras costas,  valiéndose de sutilezas de quienes los custodiaban, no solo ratifican su espíritu libertario sino su sagacidad para superar los malos momentos. 

Cuando arriba a nuestras costas, comprobamos en Brown, que en un principio y con finalidad comercial,  se establece y se contacta  con el pueblo criollo y español que  ocupaba esa plaza.  Ve, convive, es testigo  y sufre en carne propia,    las dificultades y los grandes inconvenientes que imponían los españoles  para poder desarrollar la actividad marinera comercial que le permitía lograr ingresos para el hogar recién formado.  Eso no lo podía  soportar y fue un incentivo en su futuro.

Así quedó demostrado en su actividad mercantil entre Montevideo  y Buenos Aires,  como así también en las costas del país oriental y  los puertos en los ríos Paraná y Uruguay.   Decidido en su convicción, adoptó severas medidas en defensa de su patrimonio y en más de una ocasión tuvo que hacer uso, con suma audacia de la fuerza,  para escapar del riguroso asedio español en las aguas del Plata.

En todas sus participaciones, ya sea en combate, en el terreno  político o ciudadano,  tomó nuestra bandera como propia. Ella se convirtió en fuente inspiradora de sus actos y guía en su andar. Al frente del gobierno de Buenos Aires, mostró claramente que sufría por los desencuentros políticos internos y odiaba el derramamiento de sangre entre hermanos.

Hago la suposición de que esta sed libertaria le viene de sus ancestros, de su etnia, es más fuerte que él y la embanderó con los colores celestes y blanco. Su sangre vikinga lo delata como un irlandés audaz y valiente, dispuesto a todo, con una tozudez calculada y nunca improvisada.

Prestigio reconocido

En dos años aproximadamente, se creó en el almirante, profundo odio a esa persecución al trabajo y la falta de libertad que imponía a todo un pueblo,  al estar  sometido a la voluntad del más fuerte; por eso,  llegada la ocasión,  no titubeó en aceptar la responsabilidad de enfrentarlo con todas sus posibilidades. Culminaba una ansiedad y se iniciaba lo que tanto deseaba.

A medida que se estrechaban las esperanzas de libertad para los criollos, en ambas orillas crecía el prestigio de este irlandés con sabor a mar. Tanto en las costas del hoy Uruguay como en nuestro territorio,  se comentaban sus enfrentamientos con escasos medios propios y como se hacía respetar,  en un teatro dominado por los realistas. Llegado el momento, este prestigio sirvió como factor fundamental para su elección para comandar la flota nacional.

Ese mismo prestigio, ratificado en los distintos teatros de operaciones en que actuó,  motivó el reconocimiento y admiración de sus circunstanciales oponentes hasta el día de su muerte. En esta ocasión Don Bartolomé Mitre al despedir sus restos dijo: Brown parado en la cubierta de su nave capitana, valía por toda una flota.

Concepción estratégica y sus firmes convicciones en las decisiones

1812 es un año clave y trascendente para nuestro país. Brown con sus ahorros adquiere   una quinta en Barracas donde erige su vivienda definitiva en Buenos Aires.

No puede alejarse del río y a pocos metros de la casa,  las aguas del Riachuelo de los Navíos,  fueron testigo desde entonces hasta su muerte en 1857,  de los grandes acontecimientos que lo llevaron a padecer o disfrutar  en vida.

Casualidad o no, la cercanía con ese brazo del río,  le daría motivo para sufrir una gran pérdida, su hija Eliza y a la vez le daba tener acceso directo a  un lugar oculto, casi secreto, que   luego,  en un momento crucial, le permitió usarlo de apostadero para el armado y preparación  de sus naves.

Brown tuvo la certeza que nada cambiaría si la llave de ese gran estuario- Montevideo- seguía en manos españolas y en Alvear, un hombre joven, patriota, ajeno al gobierno,  pero influyente en él,   encontró el eco oportuno para este desafío que al parecer lo obsesionaba.  Clara concepción estratégica.

Este joven, tan entusiasta como Brown para terminar con el dominio español, educado en Europa,  fue el motor que necesitaba sus inquietudes. A pesar de otras prioridades y otras opiniones, los conceptos estratégicos de Brown y Alvear se impusieron hasta con la posición contraria del mismo gobierno y con el criterio de expulsar hasta el último barco español,  se creó la flota nacional que tendría como objetivo final la toma del Apostadero de Montevideo.

Hubo otros posibles comandantes; pero fue Brown   el elegido para  comandarla:   1º  por su extraordinario  prestigio ganado en poco tiempo  2º  por la firmeza de sus convicciones 3º por las seguridades que brindaba su gran amor propio ante un enemigo veterano del mar y bien pertrechado.

A Brown,  nada ni nadie  lo conocía como Comandante de una flota de guerra. Su sabiduría, si la tenía, era la experiencia marinera de muchos años; pero… ¿había combatido alguna vez? Este gran secreto se desconoce hasta el día de hoy; pero si se lo califica por sus actuaciones al frente de la flota nacional, es indudable que su participación previa en combates navales, se da por aceptada.

Aquí nos detenemos y nos preguntamos. Brown, en sus acalorados sueños,  ¿pensó alguna vez, ante el asedio español que sufría Buenos Aires, que sería el  comandante de la escuadra que los vencería? cuando vivía en la costa oriental hasta 1812, al venir a estas tierras ¿imaginó por anticipado que el riachuelo de los navíos era el lugar ideal para radicarse o lo hizo por otro motivo?, ¿cómo dio con Alvear para coincidir en el mismo objetivo? En fin, son muchas cosas  para ser casuales en un hombre que en cada momento y en cosas nimias, actuaba  con una certeza desconcertante. Sin dudarlo afirmo, que Brown tenía un plus de sentido común que le permitía actuar con premeditación y exactitud. Todo lo apreciaba  por anticipado y de allí que nada es casualidad.

Capacidad de comando  en operaciones tácticas y óptima visión  geopolítica que lo muestran como gran estratega

En Brown, en variadas ocasiones,  se muestra que nada hacía a ciegas o impulsado por algo que no sea su previo análisis. Tal cual lo expresado, una vez que decidía  el qué hacer se imponía inteligentemente el cómo hacerlo. Más allá de lo explicitado, realizó  demostraciones diversas  de arrojo, intrepidez o heroísmo en sus variadas  campañas; pero todas iban acompañadas por una razón de ser, con un cómo hacerlo claro y preciso que contemplaba todos los detalles. Caso al caer prisionero en Guayaquil, al cubrir su cuerpo desnudo con la bandera argentina y con tea ardiendo en su diestra,  amenazó con reventar la santabárbara que provocaría,  no solo la muerte de los que allí estaban, sino que su estallido iba provocar la voladura de todas las viviendas de madera próximas. Sembró un terror controlado.

Nada improvisaba y sus condiciones para superar situaciones difíciles, provocaban en el oponente, considerarlo un gran estratega, temible profesional, intrépido en lo táctico e imprevisible en sus reacciones al comando de una flota. A la luz de evitar cometer errores; Brown se preocupaba en hacer cometer errores al enemigo.

Tomemos como ejemplo la campaña naval del Plata; porque aquí se visualiza, con la toma de Martín García y el bloqueo a Montevideo,  las capacidades del gran almirante, en el empleo de los diversos medios navales, sus respuestas a los requerimientos tácticos y su concepción estratégica.

Decide tomar primero la isla como necesidad imperiosa para dividir las fuerzas del enemigo y luego bloquear Montevideo y con intenso fuego naval, apoyar a las fuerzas patriotas en la toma de esa plaza fuertemente defendida.  Así lo pensó y así lo hizo.

Consideremos aspectos generales y de detalle en las  operaciones en el Plata.

Mantiene hasta último momento el secreto de la operación- Esconde sus medios bélicos de las vistas de criollos que aún preferían el dominio español. Creó un código de señales que motivó el  desconcierto  del enemigo al ver maniobras rápidas y coordinadas. Supo con agudeza mental superar el grado de analfabetismo de sus tripulaciones, poniéndole nombre de naipes a las velas, Derrotó la adversidad al quedar expuesto ante el cañoneo enemigo,  con coraje y convicción del triunfo,  supo con idoneidad  salir de una doble varadura de su nave capitana.  Fue previsor en superar averías con material previsto a bordo. Fue enérgico en el hacer cumplir a sus comandantes las órdenes impartidas, señalando errores y cobardías. Supo sacar experiencia de combates anteriores (informe de Bouchard) en  la importancia de llevar tropa de infantería a bordo para tomar objetivos en tierra. Sabía y superó con creatividad las dificultades que presenta el combate nocturno en tierra al no poder contar con puntos de referencia por falta de luz (redoble y pífano para evitar la dispersión y despertar el patriotismo). Aplicó movimiento de buques en forma grupal y asignó distintos comandos para cada situación del plan de operaciones,  para desconcierto  y confusión  del enemigo. Eligió él, el lugar más adecuado para el desembarcó y mandó a priori tropas (hoy comandos) que en sigilosa tomaron el corral con caballos que luego,  permitieron hacer una persecución rápida del enemigo que se replegaba. Usa el fuego naval de parte de sus naves en apoyo del desembarco, mientras otra parte de sus buques, en maniobra de diversión, provoca la confusión de Romarate, comandante de la flota realista, que se da a la fuga.   Provoca la división de fuerzas navales enemigas,  como necesidad imperiosa para debilitarlas, evitándole   su empleo en conjunto.

Tomada  la isla y en la certeza que el enemigo no la podía tomar nuevamente por encontrase impedido de ello, ante las dudas del gobierno que consulta,  decide por propia iniciativa abandonarla,  para atacar la parte de la flota realista que había quedado defendiendo Montevideo.

Solicita  refuerzos  para imponer su decisión de bloquear el apostadero,  a pesar de sugerencias del propio gobierno argentino que esperara  y no correr más riesgos ante una flota poderosa como la española. Visión estratégica que muchos no veían. Obstinado hasta el extremo de tener que ir personalmente a explicar lo que el gobierno no entendía.

Con este pensamiento de tomar y dejar, ¿inventó la incursión anfibia como una operación de IM con objetivo limitado, como se la denomina hoy? Los infantes de marina coincidirán conmigo que su acción se identifica totalmente con este tipo de operación anfibia actual y que ante la necesidad de emplear el máximo poder naval de ataque,  no titubeó en retirarla de un lugar para emplearla con todo su poderío en el objetivo final que era Montevideo,  que lo sabía debilitado defensivamente.

En todos los combates posteriores que se conocen a Brown, Los Pozos- Juncal –Quilmes- y otros menores en su trascendencia, más  su heroica campaña por el Pacífico hace de la rapidez de la maniobra, el fundamento principal para obtener la  sorpresa,  una de las herramientas más importantes  para  para sorprender  a sus oponentes  y llevarlos a cometer errores.  Sabe sacar provecho del conocimiento del medio y lo explota al máximo y conoce el poder naval de cada uno de sus buques hasta en los mínimos detalles, haciendo en diferentes circunstancias,  traspaso de su insignia  según la elección más conveniente que aconsejaba el  combate.

Aquí la táctica y la estrategia, en lo conceptual,  conforman  ese juego previo que al parecer motivaba al almirante,  en las grandes tomas de decisiones.

Su campaña de corso por el océano Pacífico, lo muestran a Brown haciendo alardes de conocimientos geopolíticos que como estratega, hasta ese momento,  eran ignorados en ámbitos políticos. Sale con la finalidad de hostigar a cuanto buque español pudiese y principalmente, dar a conocer nuestra revolución y como apoyo anticipado a la campaña terrestre sanmartiniana,  que al postergarse, no merma en su decisión de continuarla y encara hacia los puertos de américa en el Pacífico sedientos de libertad; Chile, Perú Ecuador y Colombia. Fortalece el concepto americanista y entusiasma no solo a los habitantes de América bajo el dominio español, sino también  a nuestros patriotas,  para que el 9 de julio de 1816 declaren, bajo ese designio, la independencia nacional. “Nos los representantes de las Provincias Únicas de Sud América” clara manifestación americanista.

El poder psicológico en el combate naval como estímulo para ganar lo que pareciera ser para él  un juego supremo

Brown en la mayoría o mejor dicho, en todos los casos,  enfrenta al enemigo en inferioridad de condiciones. El poder relativo desfavorable pareciera que era un estímulo e incentivo en ese juego supremo que se le presentaba. ¿Por qué este aspecto tan significativo se reitera en todos sus combates?

El estar en inferioridad de condiciones se exigía más,  se agudizaba en él su capacidad de profesional naval y en particular, como combatiente.

Experto en el conocimiento de sus propios medios, ante esta inferioridad, pensaba una y mil veces  la forma de su empleo, buscaba hasta el cansancio la debilidad del enemigo dentro de esa gran demostración de fuerzas, las capacidades del comandante que comandaba  y cuál podría ser su reacción ante una u otra forma de atacarlo. Siempre respetó y admiraba a los buenos profesionales porque los estudiaba previamente.

Ante situaciones en inferioridad de condiciones, para Brown la sorpresa era decisiva. Si lograba sorprender con la maniobra rápida en un lugar inesperado, sabía que podía hacer equivocar al enemigo. Pareciera que ello fuera se eje directriz para disponer de cada buque, del volumen de fuego de  sus armas y  de la velocidad en el movimiento en conjunto.  Sabía que así podía lograr esos “milagrosos” triunfos que lo llevaron a reconocerlo como Padre de la Patria en el Mar.

Creo también que ese poder relativo desfavorable, provocaba una particular excitación en su espíritu y que, como contrapartida,  él debía superar con sangre fría,  tozudez de valiente y capacidad profesional,  los inconvenientes que se presentaban para el combate.

Asimismo, esa diferencia entre barcos propios y enemigos,  de personal  y armas, le servía al almirante para despertar con su arenga, la valentía de sus hombres y llevarlos a cometer los actos de arrojo que nos brinda el historial naval que acompañó a Brown. Obtenía del conjunto y de cada oficial o tripulante,  un doble rendimiento, porque sabe que el patriotismo es contagioso ante la adversidad.  Utilizaba la acción psicológica como un arma más, para favorecer a sus propias fuerzas, el estado de ánimo de sus tripulaciones  y exaltar el patriotismo.

Su arenga antes de los Pozos lo dice todo. “Marinos y soldados de la República ¿Veis esa gran montaña flotante? ¡Son 31 buques enemigos! Mas no creáis que vuestro general abriga el menor recelo, pues que no duda, de vuestro valor y espera que imitareis a la 25 de mayo, que será echada a pique antes que rendida. Camaradas: confianza en la victoria, disciplina y tres ¡VIVAS A LA PATRIA!”

Brown,  humano por excelencia

El almirante tenía un gran sentido de lo humano. Sabía conducir a sus hombres, obtener de ellos sus mejores cualidades, era enérgico y riguroso; pero su vida está marcada por mil ejemplos de actitud humana.

En una ocasión dispone el desembarco de cuatro desertores en un determinado lugar; pero dispone que con ellos quede también,  alimentos que les permita sobrevivir.

Conocía a cada hombre, premiaba sus cosas buenas y como gran conductor, sabía exigir de cada uno, lo mejor de sí.

Sus hombres lo admiraban y seguían. Era un jefe; pero más era reconocido como líder. Guayaquil es modelo demostrativo de esa lealtad hacia su persona, cuando no querían dejarlo solo cuando fue detenido.

Dentro de ese marco de enfrentamiento que  imponía el combate, reconocía las cualidades del adversario y hacía muestras claras de admiración ante la valentía, el coraje y de sus capacidades. Así como al principio hablé de su prestigio, daba sensación que él disfrutaba de tener un comandante enemigo de prestigio similar.

En más de una ocasión hace muestras de respeto y solidaridad con el comandante, oficiales y tropa enemiga, llegando hasta dar dinero de su peculio personal para ayudar a sus vencidos.

Síntesis de una personalidad descollante

  • Prestigioso marino con gran sentido práctico y creativo.
  • Autodidacta, con gran experiencia profesional y elevado sentido común, lo que lo muestra en los vaivenes de la  contienda,  un agudo sentido de  sagacidad en lo táctico y en lo estratégico.
  • Nunca improvisaba, hacía empleo de la inteligencia previa, una necesidad imperiosa para obtener el triunfo.
  • En sus informes escuetos pero muy explícitos, destacaba siempre el valor de sus hombres y denunciaba a quienes no habían cumplido con su deber.
  • Su figura crece en cada acción, en cada combate y finaliza con el respeto de sus hombres, quienes le temían; pero también adoraban.
  • Nunca, en sus diversas facetas como hombre de mar, político o ciudadano,  actuó para beneficio personal. Asumía con grado extremo de responsabilidad los deberes según la función que ocupase,  y demandaba de sus colaboradores la misma  obligación. Pide a su hermano Miguel, en Guayaquil, al caer prisionero, que se retire con la flota hacia su patria, pide unos pesos y que atiendan a su familia, renunciando a toda posible negociación.
  • El país lo requiere como gobernante  en un momento muy crítico. Su neutralismo político lo muestra como el más equilibrado en el enfrentamiento entre hermanos; pero sus ideas se ven superadas por el odio que los enceguecía  y circunstancias que lo destacan como impoluto y adusto hombre de negocios, lo llevan a ser Director del actual Banco de la Provincia de Buenos Aires.
  • Brown era tan detallista en el planeamiento de sus operaciones,  que parecía introducirse en la psiquis del contrincante para detectar ventajas y desventajas. Para él, sin  la  bibliografía preparatoria y que la experiencia era la verdadera escuela, conocer detalles de la personalidad del comandante enemigo, era fundamental para poder realizar el adecuado empleo de los medios.
  • Que el poder relativo entre el enemigo y sus fuerzas le fuera siempre negativo, lo lleva a extremar al máximo el empleo de sus medios, no dejando nada al azar que pudiera sorprenderlo. Todo lo contrario, buscaba en la sorpresa a provocar, la llave del éxito.
  • Los comandantes enemigos, conocían las cualidades de Brown y le temían. Ese “loco irlandés” era capaz de todo y así como logró el temor del enemigo, consiguió la admiración de toda una ciudad, como la de Buenos Aires, que tras sus heroicos combates, en reiteradas oportunidades lo llevaron en andas desde el puerto hasta su domicilio.
  • Los valientes lo conocían por su intolerancia a la cobardía y así como siempre estuvo al frente en su nave capitana, era severo con quienes no lo acompañaban en el arrojo.
  • Las diversas enfermedades que padeció y las heridas de  combates que marcaron su cuerpo,  lo muestran en sus últimos años, en Casa Amarilla, cuidando su quinta y casi sin relaciones sociales. El “loco irlandés”, con cierto grado de locura senil en el ocaso de su vida,  sufre las críticas de los resentidos, de los ciegos por el odio, se recluye en su chacra, en compañía de su esposa, con la visita del padre Fahy y la compañía de Dios, que como gran cristiano, se cobijaba en él en señal de amor y protección, a sabiendas de que éste no le iba a fallar, y no le falló, en sus brazos alcanzó las máximas alturas.